Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 2
5%

2

En solo tres meses, Nash había pasado de no tener presencia pública a convertirse en uno de los empresarios más influyentes del continente.

Sylvan y Evangeline fueron los primeros en ver su potencial.

Nash no solo era un artista con talento excepcional, sino un estratega.

Sylvan le entregó todo el dinero que necesitaba para iniciar su negocio.

Evangeline, ya posicionada como CEO en el sector floral, ofreció a Nash acceso directo a fábricas, contactos y a la élite comercial.

Ahora, la imagen pública de Nash Chase estaba consolidada.

Su línea de ropa dominaba el mercado de lujo en Jangwa.

En cuanto a lidiar con la prensa y los admiradores, Nash lo hacía con arrogancia y un carisma irresistible. Hablaba, sonreía, provocaba. Disfrutaba haciendo temblar tanto a fans como a rivales en la industria.

Lo entretenía ser adorado. Sabía que lo deseaban y que incluso los que lo odiaban iban a comprar todo lo que llevara su firma.

Aunque la línea de ropa y los perfumes ya generaban ganancias que superaban lo esperado, Nash estaba lejos de terminar.

Tenía una meta. Una rival a la que alcanzar.

Fiona Tempest, la mujer de veintidós años con el título de Miss Nallane, la celebridad más famosa no solo del lejano reino de Salamat, sino de todo Nallane.

Nash la había conocido hacía apenas cuatro meses, cuando él no era nadie aún y ella lo escogió como capricho por una noche. Se había retado a sí mismo a alcanzar su fama.

No era venganza, no era amor ni nada semejante. Le encantaba su actitud, su destreza, su popularidad. Fiona era inolvidable, y él quería ser lo mismo. No para ella. Para el mundo entero.

Hoy, al inspirarse en las flores y el Lutecio que le había traído Juanito, Nash estaba listo para desarrollar una nueva fragancia unisex.

Cuando el ascensor se abrió con un sonido suave como un jadeo, en la entrada lo recibieron plantas carnívoras gigantescas que se movían, observaban y masticaban peces en silencio. Tenían genes de Lutecio y él las había obtenido en el mercado negro de la mafia de su tío.

El laboratorio, sumido en luz azul, tenía una mesa central de mármol blanco cuyo veteado parecía un relámpago atrapado bajo la piedra.

Encima de la mesa trabajaba un robot redondo y pesado. Su forma recordaba al caldero de un brujo, pero sus paneles y sensores revelaban que era una pieza de tecnología avanzada. Del interior se elevaba un vapor azul que se retorcía hacia el techo.

Al otro lado de la sala flotaban pantallas. Gráficos, fórmulas y datos se desplegaron en tonos eléctricos cuando Nash se acercó.

Detrás de la mesa central se extendía una estantería llena de frascos de vidrio. La luz de las tiras LED entre las baldas las hacía brillar como si contuvieran oro fundido.

Cada objeto parecía esperar el momento exacto en que Nash decidiera comenzar el siguiente experimento.

Marcó el número de Fiona. Una videollamada.

—El laboratorio ha quedado perfecto —aprobó ella, que estaba en la cama, porque en Salamat era de noche, mirándolo como una depredadora educada.

Nash vestía una camisa suelta, ancha. Tenía un estilo provocador incluso cuando solo estaba trabajando, concentrado como un alquimista sensual.

—Fiona, te haré venir a buscarme. El perfume que estoy diseñando no dejará a nadie indiferente. Mucho menos a ti.

Los músculos de Nash estaban tensos bajo su camisa suelta y las venas de sus brazos marcadas como un mapa que invitaba a su piel caliente. Cada vez que se inclinaba hacia el frasco y su espalda se arqueaba… Fiona lo imaginaba dentro de ella. Se delataba en su sonrisa.

Ella solo estaba tapada por una sábana negra y su cabello pelirrojo caía desordenado sobre sus senos. A su lado, su enorme marido estaba dormido boca abajo, ajeno a lo que estaba ocurriendo. Se quedó observándola, en la pantalla de su móvil, mientras trabajaba.

—Rubito, sabes que solo necesito una pequeña excusa para volar a Jangwa y venir a verte. No me hagas esperar —susurró Fiona.

La puerta del laboratorio estaba abierta. Resonaba la voz de Naomi en las tuberías, gritándole a Juanito que devolviera al Lutecio con tentáculos y ácido morado al mar, o ella lo cocería.

Nash cortó la llamada. Seguía sonriendo, inspirado. Determinado a crear algo incomparable.

Sobre la gran mesa de mármol reposaban las flores púrpuras que Juanito trajo desde Salamat. Esa especie no era común. El aroma cambiaba de forma impredecible y podía durar horas. Pero necesitaba más ingredientes para controlarlo.

Nash, con las mangas remangadas, escribió fórmulas en la pantalla flotante, pensando:

Añadiré un toque que huela a piel mojada... después de la lluvia. También necesitaré un olor que haga caer en la tentación a cualquier persona, sin importar el género, la edad… ni la moral…

Nash continuó usando su máquina como un carcelero que acaba de encerrar almas y morales en su perfume.

Naomi se asomó por la puerta del laboratorio, que estaba abierta desde el principio. Las plantas carnívoras se agitaron como si temieran que ella las fuera a cocer.

—Nash, ¿cómo va todo? —preguntó alegremente.

—Muy bien. También le enseñé el laboratorio a Fiona.

Naomi no cambió mucho su expresión, pero agarró la puerta con más fuerza.

—Bueno, no hace falta que me cuentes eso.

Nash dejó el frasco que estaba a punto de derramar en la máquina y miró a Naomi. Las plantas carnívoras se habían encogido, revelando un robot en forma de pingüino que llevaba mucho tiempo escondido detrás de ellas.

—Te lo cuento porque no quiero ocultarte nada. Tú misma me dijiste que podía hacer lo que quisiera con Fiona —dijo Nash con tono suave.

—Sí, te dije que podías usarla todo lo que querías para beneficiar la marca N. También te dije que podías tocarla si se te lanzaba encima. No estoy cambiando las reglas ni retirando los permisos que escogí darte —replicó Naomi.

—¿Cómo es enseñarle el laboratorio peor que tocarla? —preguntó Nash, acercándose a ella y acariciando su cara.

—Es peor, sí, porque la invitas a una parte de tu vida que debería ser privada. Más íntima. Más… nuestra.

Nash no discutió. La entendía perfectamente. Naomi se sacudió la cabeza, como si no quisiera pensar más en ese tema, y se acercó al robot con forma de pingüino, que estaba a punto de huir espantado del laboratorio.

Naomi agarró el ala del pingüino justo antes de que él se escaqueara, y protestó:

—¡Atún, yo te adopté! ¿Por qué te escondes de mí todo el día?

El pingüino se estremeció. Parecía estar sudando.

—¿Atún? —repitió Nash y se fijó en el objeto—. ¿Le has puesto un nombre a este electrodoméstico?

—Sé que tiene espíritu, pero nadie me cree. Esto no está en su programación.

Naomi abrazó al robot y él chilló tan fuerte que todos los contenedores con ingredientes peculiares de Nash tintinearon.

—Tiene espíritu —aceptó él.

Naomi soltó al pingüino, que se fue corriendo, horrorizado.

—Sirve bebidas y verduras a todo el mundo, pero siempre grita así cuando yo lo abrazo.

Nash se rió y se encogió de hombros.

—Mis pobres oídos…

Naomi se llevó la mano a la cadera, pensativa, porque solucionar el misterio de Atún era otra de las misiones principales de su vida de ama de casa rica.

Nash continuó trabajando en su perfume, usando las complejas máquinas, y Naomi se quedó a su lado, sentada en su regazo.

Cada vez que él esperaba a que se completara alguna reacción química, ella lo besaba durante largo rato. Una y otra vez.

Horas después, el frasco definitivo estaba listo.

Lo primero que hizo Nash fue rociarlo sobre el cuello de Naomi.

La fragancia era tan intensa, tan deliciosa, tan perversa, que ella se quedó atónita.

—Huele a porno. Literalmente —opinó—. Véndelo si quieres, pero no te voy a dejar salir a la calle con esto puesto.

Nash esbozó una sonrisa de triunfo y concluyó el trabajo, por ahora.

—Aún no tiene nombre… pero lo decidiré pronto.