Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4) 1
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Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4)

Fuego Exquisito (Saga Chase nº 4)

Por Zou Nallane

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Era una noche de verano. En la casa de Nash Chase, decorada como un templo oscuro y sensual, Naomi había colocado una pirámide de copas y botellas de vodka de la mejor calidad del reino a doquier.

—¡Los sábados son gloriosos días de vodka a partir de hoy! —anunció, mientras repartía las copas.

Naomi tenía veinte años y era de todo excepto una dama. Llevaba un conjunto de casa sofisticado, con pantalones anchos. Tenía la piel oliva, una melena negra, rasgos genéricos y un aire de mapache hiperactivo que siempre se salía con la suya. Se sentó de forma exageradamente cómoda en el sofá.

Hoy, habían venido de visita Sylvan y Shery, como solían hacer los fines de semana.

—Estuve casada en la Tierra, ¿sabéis? Mi marido murió en una avalancha —empezó a contar Naomi, sin contexto—. Teníamos vodka los sábados, y los domingos, y los lunes…

—Qué pena que ese tipo muriera, porque ahora eres un incordio para Nash —dijo Shery, sin miedo a expresar lo mucho que odiaba a Naomi por ser la elegida de Nash.

Shery llevaba un vestido rosa y sus largas piernas estaban hidratadas, después de haber pasado todo el día en el balneario.

Estaba siempre impecable. Llevaba la manicura y la pedicura perfectas. Su cabello castaño olía a coco. Tenía un aire de chica dulce. No lo era.

—El pobre me quería mucho —prosiguió Naomi—. Pero no era bueno en la cama.

—Bueno, apuesto a que era perfecto para alguien mediocre como tú —comentó Shery, riéndose con esa vocecita fina que tenía cuando lanzaba dagas verbales.

Naomi era de la Tierra, pero ya vivía en Nallane, un mundo en otro espacio y tiempo con tecnología más avanzada y más lujos. No podía regresar, pero ella no deseaba volver.

En el sofá delante de ellas estaban los gemelos Chase.

Sylvan y Nash.

Esa noche, Sylvan observaba a las chicas y su duelo verbal, entretenido.

Ellas no estaban borrachas todavía. Él se inclinó hacia Nash, con una sonrisa maliciosa, y sugirió:

—Intercambiemos. A ver cuánto tardan en notarlo.

Nash se fijó en Shery, la novia de Sylvan, de forma que no era nada inocente. Ella estaba riéndose de Naomi, con las mejillas rojas, el cabello echado hacia atrás y el brillo labial reluciendo bajo la luz cálida de la sala.

Nash decidió mandar al carajo la máscara de decencia que llevaba puesta desde varios meses, porque su hermano se lo estaba ofreciendo.

Los gemelos desaparecieron por el pasillo.

En la sala de estar, Naomi se calló porque no quería hablar con Shery. Las dos esperaron a los gemelos, mirándose con puro desprecio, que no ocultaban cuando ellos no estaban.

Unos minutos después, Nash y Sylvan regresaron.

Estaban vestidos con la ropa del otro. Incluso se habían cambiado el peinado rápidamente. Sylvan se había quitado sus pendientes negros y se los había puesto a Nash con pegamento.

Bajaron aún más las luces. La atmósfera se volvió… sospechosamente romántica.

Nash, que en realidad era Sylvan, se acercó a Naomi y la tomó por la cintura.

—No bebas tanto —susurró en su oído—. Si te agotas, no podré mostrarte la nueva posición que estuve imaginando.

Naomi sonrió, embelesada, y se dejó tocar.

—¡Eh, Nash! —exclamó Shery, desde el sofá—. ¡Deja de ser tan explícito en público con tu chica! ¡Que alguien me traiga un bozal para este degenerado!

Shery solía meterse con Nash, y él lo disfrutaba.

Mientras tanto, Sylvan, que en realidad era Nash, se sentó a su lado. La rodeó con el brazo y tocó sus senos con descaro.

—¿Qué haces? —protestó Shery, pero no apartó sus manos—. No copies a tu hermano. Es una pésima influencia.

—Cállate —le susurró él, y la besó de golpe. Profundo. Agresivo. Metiéndole la lengua.

La seguía tocando mientras deslizaba las manos por sus muslos y las metía bajo la falda. Sus largos dedos exploraron sin ningún tipo de límite.

Shery se preguntaba por qué su elegante novio era tan sinvergüenza hoy, pero se dejó llevar por el placer cuando él restregó los dedos por encima de su ropa interior con precisión.

De repente, al notar el olor del perfume Etéreo, Shery se dio cuenta de que no se trataba de Sylvan. No lo detuvo. Se derritió más en sus brazos.

Mientras tanto, Sylvan, pretendiendo ser Nash, se inclinó y besó a Naomi.

Lento pero hondo. Naomi sintió que el suelo se colapsaba a sus pies.

Nash siempre había sido delicioso, pero hoy…

sabía a bendición divina. A agua sagrada.

Y ella… podía reconocer ese beso. Agarró su camisa y lo acercó más, hundiéndose en él.

Ninguna de las dos iba a detenerlos.

Hasta que... uno de los pendientes negros se despegó poco a poco de la oreja de Nash. Ni él ni Shery, que seguían besándose, se dieron cuenta.

El pendiente cayó. El pequeño sonido metálico resonó en la sala.

Los cuatro se congelaron al mismo tiempo. El pendiente ya estaba en el suelo, justo delante de ellos. Hubo un momento de silencio absoluto.

Dos estrategas brillantes habían sido derrotados por pegamento escolar.

Shery alzó la mirada hacia el gemelo al que estaba besando, respiró hondo y explotó teatralmente:

—¡Nash! ¡Te pusiste los pendientes de mi novio! ¡Con pegamento! —agarró cojines de tres en tres—. ¡Hoy te mueres!

Naomi jadeó, fingiendo que era por shock. En realidad, lo hacía porque se había interrumpido la fantasía perfecta antes de llegar al final.

La fantasía de que se apagara la luz y ella no pudiera distinguir cuál de los gemelos estaba tomándola.

Porque ambas opciones eran igual de apetecibles.

Shery golpeó a Nash con los cojines y él se protegió con los brazos, riéndose.

—No finjas que eres pura, cuñada. ¡Lo estabas disfrutando!

Shery lo embistió con otro cojín. Lo empujó al sofá, se sentó encima de él a horcajadas. Él fingía que era un juego. Ella también.

Las mejillas estaban sonrojadas por la excitación, no por el enfado.

Naomi, por su parte, miraba a Sylvan fascinada. Se dejó caer sobre el sofá. Se mordió el labio y respiró hondo para calmarse. No funcionó. Sus piernas seguían temblando.

Ninguna de ellas conocía la verdad completa.

Cada una creía que solo ella había cruzado la línea con el gemelo prohibido.

Shery y Naomi no eran damiselas. Eran feroces. Desquiciadas. Territoriales. Si alguna se enteraba de que la otra había tocado a su hombre, la borraría de forma brutal.

Los gemelos se asegurarían de que eso no ocurriera. Estaban unidos.

Tenían el control.

■ ■ ■

Naomi tenía resaca, pero le daba igual. No era la primera vez que despertaba así. Tenía todavía una mano esposada a la cama y tardó un buen rato en encontrar la llave bajo las almohadas.

Nash seguía dormido. Naomi se puso una bata larga de seda y fue a la cocina por café y analgésicos. Su espalda y sus piernas estaban hechas polvo, pero a ella le encantaba ese dolor.

Nash siempre le hacía el amor exactamente como ella quería. La complacía con creces y la trataba bien… pero ella sabía que lo que a él le atraía era su personalidad y su actitud. No su cuerpo.

No era amor. No era obsesión. No era lujuria. Era… comodidad. Afecto. Tenía la corona de “novia”, pero no era un cuento de hadas.

Naomi no se engañaba. Sabía cómo Nash se sentía, pero escogía quedarse cada día. Era ambiciosa y quería conquistarlo. Era el objetivo principal de su nueva vida en Nallane. Volverse imprescindible para Nash. Costara lo que costara. Tardara lo que tardara.

Sonó el timbre. Eran las seis de la mañana y ella solo tenía ganas de regresar a la cama para abrazar a Nash.

Al oír una voz conocida, dejó de estar medio dormida y abrió la puerta alegremente.

—¡Naomi! ¡Me mudé! —exclamó Juanito, con una sonrisa de oreja a oreja y una canasta llena de flores púrpuras en sus enormes manos.

Juanito solía ser un guerrero en la dimensión sobrenatural de Nash, la Cárcel de Fracasos.

Tenía veinticinco años, enormes músculos bronceados y un aire de toro bonachón.

Para Naomi, había sido un gran aliado. Aquel que nunca le había fallado en aquella dimensión sobrenatural que Nash había dejado atrás.

—Aww, ¿te mudaste por mí? —asumió Naomi, ya que Juanito vivía en Salamat, un reino al otro lado del océano—. Eres lo mejor que me ha pasado después de los pantalones de seda de Nash. ¿Esas flores son para mí?

Nash apareció en lo alto de las escaleras de moqueta casi mágica, como arenas movedizas. Llevaba su camisa de pijama abierta, el cabello rubio desordenado, tan sexualmente ofensivo como siempre, y gruñó suavemente.

—¿Con quién estás hablando a las seis de la mañana?

Juanito vio a Nash y su rostro se iluminó incluso más que antes.

—¡Nash! ¡Me mudé por ti! ¡Puedo verte todos los días desde mi ventana, aunque necesite un telescopio!

—exclamó Juanito, empujó a Naomi a un lado y avanzó hacia él, no sin antes quitarse los zapatos para no manchar la moqueta de arena movediza—.

¡Mira, te he traído flores como las que había en la Cárcel de Fracasos!

Las encontré en un bosque en Salamat, mientras me perseguía un grupo de osos pequeños.

Nash se acercó, tomó una flor púrpura y la frotó entre sus dedos.

—Hmm, esto huele interesante.

—Sí, solo tú puedes oler flores salvajes y pensar “hmm, esto sería delicioso sobre la piel de alguien” —comentó Naomi, y se fue a la cocina a preparar más café.

—He estado pensando en un nuevo perfume desde hace tiempo. Algo diferente. Algo que arrase el reino —dijo Nash, y siguió analizando las flores.

Juanito se marchó de repente, descalzo.

Poco después, apareció en la cocina empapado, con un enorme coral multicolor sobre sus hombros. Tan grande como un árbol. Goteando agua salada y algo rojo.

Naomi y Nash levantaron la vista de sus tazas.

—¡¿Qué diablos es eso?! —gritó Naomi, furiosa.

—¡Esto también huele bien! ¡Nash, úsalo como ingrediente para tus perfumes! —exclamó Juanito, ilusionado por estar ayudando.

Nash hizo un gesto de aprobación y señaló hacia el sótano, donde estaba su laboratorio.

—Vale, ponlo ahí.

Juanito se esfumó otra vez. Naomi se quedó mirando a Nash, confundida.

—¿No te molesta que se comporte como un idiota?

Nash se encogió de hombros y siguió tomando su café helado.

—La casa parece más viva cuando hay gente armando jaleo y haciendo locuras. Juanito puede unirse a nuestro grupo de amigos divertidos.

Juanito regresó a la cocina. Esta vez venía arrastrando algo gigantesco, mojado, vivo, enfadado, lleno de tentáculos. Se escuchaban fuertes chirridos.

—¡Un Lutecio! —gritó Naomi, corriendo hacia la encimera para agarrar un cuchillo—. ¡Juanito, has traído un puto monstruo marino a mi casa!

El Lutecio, uno de los abundantes seres sobrenaturales de diferentes especies que habitaban en las afueras de las ciudades, escapó y se deslizó por las paredes, lanzando ácido de color morado y arruinando la decoración de la cocina llena de robots.

Los electrodomésticos chillaron de pánico. Naomi lanzó el cuchillo al Lutecio, pero el monstruo lo esquivó, demasiado veloz de repente, y Naomi gritó por el horror.

—¡Nash! ¡Mata a esa cosa!

—¡No! ¡Huele muy bien! ¡Sus orificios generan un líquido perfumado! —exclamó Juanito, defendiendo a la criatura maligna y descontrolada.

Nash se estaba muriendo de risa detrás de su taza, sin moverse del asiento.

Naomi lanzó más cuchillos al Lutecio, que era tan grande como un coche pequeño.

Juanito lo defendió y se lo llevó, cargándolo sobre sus hombros como un bebé gigante y viscoso, al sótano.

Nash seguía riéndose.

Naomi resopló y se dejó caer sobre la silla. Casi se le olvidaba que Juanito estaba completamente perdido por Nash. Era su simp, por eso estaba haciendo esas locuras. Para hacerlo reír. Para recibir su aprobación. Para alegrarle el día.

Naomi lo entendía. Le parecía irritante, pero sabía que Nash era tan encantador que todos deseaban su atención. Juanito no era una amenaza.

Pero… sí que existía una amenaza en su vida. Una mujer de ojos verdes y trenza perfecta que vivía en la misma playa y era familia. Una mujer que lo había besado anoche.

Por eso pensó, apretando otro de sus cuchillos dorados en la mano:

No voy a permitir que nadie toque a mi hombre.

Y siguió preparando el desayuno con ayuda de los robots traumatizados por el caos. Desde el sótano, se escuchaban chillidos y golpes secos y mojados.