CAPÍTULO 26 #2
Jen extendió las manos hacia el guardián.
El agua brotó de sus dedos como una presa rota: torrentes, cascadas, ríos líquidos que cruzaron la distancia entre ella y el gigante de piedra con una velocidad que habría cortado la piedra.
El agua golpeó el cuerpo del guardián con una fuerza que habría derribado a un hombre, que habría partido la madera, que habría hecho que cualquier cosa normal retrocediera con un grito de terror.
El guardián no se movió.
El agua se estrelló contra su cuerpo de piedra negra y se dispersó en espuma y vapor, como una ola que se rompe contra un acantilado. El gigante no retrocedió. No se tambaleó. No hizo nada excepto seguir golpeando la muralla con la parsimonia de un reloj que marca el tiempo.
—¡No funciona! —gritó Jen, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía.
—Lo sé —respondió Kaeros—. La piedra del Conquistador absorbe la magia. Tu agua es magia. Las sombras son magia. Nada de lo que tenemos puede dañarlos.
—Entonces, ¿cómo los matamos?
Kaeros no respondió durante un momento largo. El guardián seguía golpeando la muralla. Un segundo bloque de granito se desprendió y cayó al vacío con un estruendo que resonó en todo el campo de batalla.
—Malachi —dijo Kaeros, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. Necesitamos a Malachi.
Malachi apareció en la muralla sur como una aparición de fuego y de ruido.
No caminaba. Rebotaba. Con ese paso que era mitad andar y mitad rebotar, como si el suelo fuera un trampolín y él estuviera considerando seriamente usarlo.
El pelo rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse.
Las manos vendadas brillaban con un resplandor anaranjado que sugería que el fuego dentro de él estaba más vivo que nunca.
Y la sonrisa torcida seguía en su sitio, clavada en su cara como un clavo en una pared.
—Vaya —dijo Malachi, mirando al guardián que seguía golpeando la muralla—. ¿Qué es eso? ¿Una estatua que ha decidido que la vida sedentaria no es para ella? ¿Un trozo de carbón que ha ido al gimnasio? ¿Una roca con aspiraciones de humanoide?
—Un guardián de la torre —respondió Kaeros—. Piedra del Conquistador. Absorbe la magia. No se puede dañar con agua, con sombras ni con fuego.
—¿Con fuego? —Malachi la miró con una expresión de incredulidad sagrada—. ¿Me estás diciendo que mi fuego no funciona contra eso? ¿Mi fuego? ¿El fuego que ha calcinado a treinta y cinco elfos oscuros? ¿El fuego que ha convertido a un emisario de cristal en polvo de hadas? ¿Ese fuego?
—Ese fuego —confirmó Kaeros.
—Mierda —dijo Malachi.
—Exacto.
Malachi miró al guardián. El guardián seguía golpeando la muralla con la parsimonia de un reloj que marca el tiempo. Un tercer bloque de granito se desprendió y cayó al vacío con un estruendo que resonó en todo el campo de batalla.
—Vale —dijo Malachi, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. Si el fuego no funciona, el agua no funciona y las sombras no funcionan, entonces necesitamos algo que funcione. Algo que no sea magia. Algo que sea solo carne y hueso y determinación.
—Exacto —confirmó Kaeros—. Algo como lo que hiciste con el emisario. Agarrarlo con las manos. Romperlo con las manos.
—Con las manos —repitió Malachi, mirándose las manos vendadas—. Con estas manos. Las manos que todavía tienen las cicatrices del cristal. Las mismas que todavía tiemblan cuando intento agarrar algo. Esas manos.
—Esas manos —confirmó Kaeros.
Malachi miró al guardián. El guardián seguía golpeando la muralla. Un cuarto bloque de granito se desprendió y cayó al vacío.
—Vale —dijo Malachi, con una voz que pretendía ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—.
Entonces vamos a hacer algo estúpido. Algo que probablemente nos mate.
Algo que probablemente sea la peor idea que he tenido en cuatrocientos años.
Y he tenido muchas ideas malas. Incluida la de beber cerveza a las siete de la mañana durante trescientos años consecutivos.
—¿Qué idea? —preguntó Jen.
Malachi la miró. La sonrisa torcida se movió ligeramente, como un animal que detecta algo interesante.
—Jen, tú enguachinas al guardián —dijo Malachi, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. No para dañarlo. Para enfriarlo. Para que la piedra se contraiga. Para que aparezcan grietas. Y luego yo...
Se detuvo. Miró sus manos vendadas. Miró al guardián. Miró a Jen. Miró a Kaeros.
—...me lanzo contra él —terminó Malachi—. Con el fuego. No para quemarlo. Para fundirlo. Para meter el fuego en las grietas que el agua ha abierto. Para que el fuego se expanda dentro de la piedra y la rompa por dentro.
—Eso te matará —dijo Kaeros, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme.
—Probablemente —respondió Malachi—. Pero es mejor que quedarse de pie mirando cómo un montón de rocas con patas nos destruye la muralla. ¿No?
Kaeros lo miró un momento largo. Las sombras se movían a su alrededor con más agitación, como animales que detectan algo que no quieren ver.
—No —dijo Kaeros—. No voy a dejarte morir.
—No me vas a dejar morir —respondió Malachi—.
Me vas a dejar vivir. Hay una diferencia.
Una diferencia muy grande. Unos cuatrocientos años.
De todas las veces que me has salvado la vida y todas las veces que yo te he salvado la tuya.
Una diferencia de amistad, de lealtad y de cerveza mala y de bromas inapropiadas, más de todo lo que nos hace ser lo que somos.
Kaeros no respondió. Se quedó mirando a Malachi con esos ojos grises que parecían atravesarlo hasta el alma. Y entonces, con una voz que ya no tenía nada de comandante, dijo:
—Hazlo.
Malachi sonrió. La sonrisa más amplia, más honesta, más cálida que Jen le había visto.
—Trato hecho —dijo.
Lo que pasó después Jen lo recordaría durante el resto de su vida como una sucesión de instantes congelados, como fotografías que alguien hubiera tomado en medio del caos y que luego hubiera ordenado en un álbum que nadie querría abrir.
El primer instante: Jen extendió las manos hacia el guardián y el agua brotó de sus dedos, no como torrentes sino como nieve, como escarcha, como hielo líquido que se movió hacia el gigante de piedra negra con la precisión de un cirujano.
El agua golpeó el cuerpo del guardián y empezó a enfriarlo, a contraerlo, a hacer que la piedra se encogiera como piel de gallina.
Las grietas aparecieron: finas, casi invisibles, como los hilos de una telaraña que alguien ha tejido sobre la superficie de un lago.
El segundo instante: Malachi corrió. No caminó.
No rebotó. Corrió. Con la velocidad de alguien que ha decidido que la velocidad es más importante que la supervivencia, con la determinación de alguien que sabe que lo que va a hacer probablemente lo mate pero que ha decidido que morir por algo es mejor que vivir sin nada.
Las llamas brotaron de sus manos, no como un fuego salvaje y descontrolado sino como una antorcha que alguien ha encendido con propósito: rojo, naranja, blanco, con una intensidad que hizo que el aire a su alrededor vibrara.
El tercer instante: Malachi se lanzó contra el guardián.
No contra su cuerpo. Contra las grietas que Jen había abierto.
Las manos de Malachi, envueltas en fuego, se clavaron en las fisuras de la piedra negra con una fuerza que era mitad determinación y mitad desesperación.
El fuego entró en las grietas como agua en un agujero: imparable, urgente, devastador.
La piedra empezó a derretirse, a resquebrajarse, a romperse por dentro como un huevo al que alguien le ha dado un martillazo.
El guardián rugió.
No con voz. No con boca. Con el cuerpo. Un rugido que sacudió la tierra, que hizo temblar la muralla, que resonó en todo el campo de batalla como un trueno.
El gigante de piedra negra se tambaleó por primera vez desde que había empezado a avanzar, con las piernas temblando como troncos de un árbol que está a punto de caer.
Malachi no soltó.
Las manos le ardían. La piel se le quemaba.
Las vendas se encendieron como papel y cayeron al suelo en cenizas.
La carne de sus palmas se enrojeció, se ampolló, se descompuso.
Pero Malachi no soltó. Apretó más fuerte.
Los nudículos se pusieron blancos. Los dientes se apretaron.
Los ojos de carbón brillaron con una intensidad que era más poderosa que cualquier fuego.
—¡ROMPE! —gritó Malachi, con una voz que resonó en el campo de batalla como un trueno.
Y el guardián se rompió.
No todo. No el cuerpo entero. Solo el pecho.
Donde las manos de Malachi estaban clavadas, la piedra se partió por la mitad con un sonido que era mitad explosión, mitad canción y los fragmentos cayeron al suelo del campo de batalla como lluvia de obsidiana, brillando bajo el sol de la mañana con una belleza que contrastaba con la violencia del momento.
El guardián retrocedió, con el pecho abierto y la luz interior brillando con una intensidad enfermiza, después al fin se derrumbó.
La caída fue lenta, casi poética. El cuerpo de piedra se inclinó hacia adelante, con los brazos extendidos y las manos abiertas.
El impacto contra el suelo fue un terremoto que sacudió la muralla, que levantó nubes de polvo y de tierra, que hizo que los soldados del ejército retrocedieran como una ola que se retira de la orilla.
El guardián no se levantó.
Malachi se quedó de pie frente al cadáver de piedra, con las manos destruidas y la sonrisa torcida puesta, habló.
—Creo que he roto al gigante.
Y luego se desplomó.
Jen lo alcanzó antes de que tocara el suelo. El agua brotó de sus manos como una corriente protectora, envolviendo a Malachi, sosteniéndolo, amortiguando la caída. Lo sostuvo en brazos, con las manos temblando y el corazón latiéndole con un ritmo que no era el suyo.