CAPÍTULO 26 #3
—Malachi —dijo Jen, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. Malachi, mírame.
Malachi abrió los ojos. Los ojos de carbón brillaban con menos intensidad que antes, como brasas que se están apagando.
—Tranquila, niña del agua —murmuró, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Solo son las manos. Las manos de nuevo. Siempre son las manos. Es su trabajo. Romperse cuando hago algo estúpido.
—Estás destruido —dijo Jen, mirando las manos de Malachi, que estaban cubiertas de quemaduras profundas, algunas tan hondas que se veía el hueso. La sangre manchaba la túnica de Malachi, el suelo del campo de batalla, las manos de Jen.
—Sí —confirmó Malachi, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más tierno—. Pero el gigante se fue. Y la muralla sigue en pie, tú sigues viva. Y Kaeros sigue siendo un sentimental disfrazado de tirano. Así que creo que es un buen trato.
Jen sintió que los ojos se le humedecían.
—Malachi...
—No me digas "Malachi" con esa cara. Si me dices "Malachi" con esa cara, voy a llorar.
Y si lloro, necesito cerveza y no la tengo, entonces me deprimiré.
Y si me deprimo, dejo de hacer bromas. Y ese será el momento en el que todo el mundo se pone triste y perderemos la guerra. Así que, por favor, no me hagas llorar.
Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio y el dolor y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.
—Eres un idiota —dijo Jen.
—Soy tu idiota —respondió Malachi—. Y el idiota de Kaeros. Y el idiota de Brokk. Y el idiota de todos los soldados de Drakheim. Soy el idiota universal. Es mi vocación. Mi cruz. Y la única cosa que hago bien.
Kaeros apareció a su lado. Las sombras se movieron bajo el cuerpo de Malachi, sosteniéndolo, protegiéndolo, creando una red de oscuridad que amortiguaba el dolor.
—Malachi —dijo Kaeros, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme.
—¿Qué?
—Eres un idiota.
—Ya me lo has dicho. Muchas veces. En muchos siglos. En muchos idiomas. Incluido en elfo antiguo, que es un idioma muy bonito para insultar a alguien.
—Y eres el hombre más valiente que he conocido —reconoció finalmente Kaeros.
Malachi parpadeó. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir.
—Gracias, Thalion —dijo, usando el nombre real de Kaeros.
—De nada, Emeric —respondió Kaeros, usando el nombre real de Malachi.
Las sombras de Kaeros se movieron bajo el cuerpo de Malachi, sosteniéndolo, protegiéndolo, creando una red de oscuridad que le permitió moverlo sin que el dolor fuera demasiado grande.
Jen lo sostuvo por un lado. Kaeros por el otro.
Y los tres se movieron hacia la muralla con la parsimonia de quien ha decidido que la urgencia es una ilusión y que todo llega a su debido tiempo si esperas lo suficiente.
El ejército se retiró al mediodía.
No porque hubiera perdido. No porque los guardianes hubieran caído.
No porque las catapultas hubieran sido destruidas.
Se retiró porque el Conquistador decidió que el día había tenido suficiente sangre.
Porque sabía que los defensores estaban agotados, que las murallas estaban debilitadas, que Malachi estaba destruido y que Jen estaba vacía.
Sabía que otro día de batalla podía romperlos.
Y el Conquistador prefería romperlos un día más, cuando estuvieran más cansados, más asustados y más solos.
Jen se dejó caer contra la pared de la muralla.
Las piernas no la sostenían. Las manos le dolían como si alguien las hubiera metido en un torno y las hubiera apretado hasta que los huesos crujieran.
El antebrazo le ardía donde los vasos sanguíneos se habían roto bajo la presión del agua.
Una línea de sangre oscura le bajaba por la muñeca hasta los nudillos, mezclándose con el sudor y el polvo y la sangre de otros que no era suya.
Kaeros se dejó caer a su lado. Las sombras se movieron entre los dos, cálidas, lentas, como animales que han terminado de trabajar y que ahora quieren descansar.
Las grietas en sus hombros eran más visibles bajo la camisa de lino gris, oscuras, con sombras moviéndose dentro como peces atrapados en un estanque demasiado pequeño.
En la muralla este, Malachi estaba tumbado en una camilla improvisada, con las manos vendadas por los curanderos de la ciudad y la sonrisa torcida puesta. Dormía. O se había desconectado. Con Malachi nunca se sabía.
—Hoy has matado a un gigante —dijo Kaeros, rompiendo el silencio.
—Malachi mató al gigante —respondió Jen—. Yo solo le abrí las grietas.
—Sin las grietas, Malachi no habría podido hacer nada. Sin el agua, el fuego no habría servido. Sin los dos, el gigante seguiría golpeando la muralla.
—El agua y la sombra —dijo Jen.
—El agua y el fuego —corrigió Kaeros—. Y las sombras. Los tres juntos. Como siempre.
Jen miró el campo de batalla. Los muertos seguían ahí, con los rostros borrados por la distancia y la oscuridad y el horror.
Los restos del gigante de piedra negra yacían frente a la muralla sur, brillando bajo el sol de la tarde como diamantes caídos.
La torre de cristal negro seguía en la distancia, translúcida, brillante, esperando.
—Mañana —dijo Jen—. Mañana vendrán más.
—Así es —confirmó Kaeros.
—¿Y nosotros?
—Nosotros seguiremos aquí —respondió Kaeros—. Donde siempre hemos estado. Donde siempre estaremos. Luchando. Sobreviviendo. Resistiendo.
Jen lo miró. Los ojos grises la encontraron en la luz de la tarde, brillando como plata fundida. Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre, como animales que han encontrado por fin un lugar donde descansar.
—Kaeros —dijo Jen.
—¿Qué?
—Malachi ha dicho que quemar enemigos es mejor que el sexo.
—Malachi dice muchas cosas. La mayoría estúpidas. Algunas verdaderas. Pocas ambas.
—Creo que esta vez tenía razón.
Kaeros casi sonrió. Casi.
—No se lo digas —respondió Kaeros—. Si se lo dices, no para de hablar durante una semana. Y no queremos eso, no sabes como son cuatrocientos años lidiando con su carácter.
Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio, el agotamiento y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
Los dos se quedaron sentados contra la pared de la muralla, con las sombras y el agua moviéndose entre ellos como un abrazo de oscuridad, luz y no dijeron nada más porque no hacía falta.
El ejército esperaba en la oscuridad.
Pero ellos estaban vivos.
Y eso era suficiente.