CAPÍTULO 26
"Sangre en la piedra"
La niebla se levantó con el sol y reveló lo que escondía.
Jen lo vio desde la muralla sur, con las manos apoyadas en la piedra fría y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.
El campo de batalla se extendía ante ella como una herida abierta en el costado de las montañas: tierra removida, sangre seca, cadáveres que la niebla había mantenido escondidos durante la noche y que ahora el sol revelaba con la crueldad de alguien que levanta una sábana para mostrar lo que hay debajo.
Los muertos no tenían caras.
Eso fue lo primero que Jen notó. No porque las hubieran quitado.
Sino porque la distancia, la oscuridad y el horror de la batalla anterior les habían borrado los rasgos, convirtiéndolos en siluetas oscuras sobre la tierra removida, como sombras que alguien hubiera fijado al suelo con clavos invisibles.
Soldados de Drakheim y soldados del ejército yacían juntos, mezclados, enredados como amantes que han muerto abrazados sin quererlo.
*Miro*, pensó Jen, y la idea le supo a sangre. *Miro lo que hemos hecho. Miro lo que la guerra hace. Miro los muertos y no reconozco cuáles son nuestros y cuáles son suyos. Porque en la muerte no hay bandos. En la muerte solo hay cuerpos.*
—No los mires —dijo Kaeros, apareciendo a su lado con la parsimonia de quien camina por un parque y no por una muralla que está a punto de ser atacada por segunda vez.
—Tengo que mirarlos —respondió Jen—. Si no los miro, no recuerdo por qué luchamos.
Kaeros no respondió. Se quedó de pie a su lado, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos grises clavados en el horizonte.
Las sombras se movían a su alrededor con más agitación que de costumbre, como animales que detectan algo que no quieren ver.
Las grietas en sus hombros eran más visibles bajo la camisa de lino gris, oscuras, con sombras moviéndose dentro como peces atrapados en un estanque demasiado pequeño.
—Hoy será peor —dijo Kaeros.
—Ya me lo dijiste ayer —respondió Jen.
—Ayer fue verdad. Hoy también. Mañana probablemente también. Cada día será peor que el anterior hasta que la guerra termine o nos mate. Es la naturaleza de las guerras. Son escaleras que solo bajan.
—Gracias por la analogía reconfortante.
—De nada. Es mi especialidad. Las analogías deprimentes y las sombras que protegen. Los dos servicios que ofrezco sin cargo adicional.
Jen casi sonrió. Casi.
El ejército esperaba en la distancia, como una mancha oscura contra el horizonte.
No se había movido desde la noche anterior.
No había catapultas disparando. No había soldados avanzando.
No había seres mágicos emergiendo de la oscuridad.
Solo había silencio. Un silencio que no era paz sino preparación.
El silencio de alguien que está afilando un cuchillo antes de usarlo.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Jen.
—Esperando —respondió Kaeros—. El Conquistador no tiene prisa. Nunca la tiene. Cuatrocientos años de control absoluto le han enseñado que el tiempo es su aliado. Cuanto más esperan, más se desgastan los defensores. Cuanto más esperan, más crece el miedo. Cuanto más esperan, más fácil es ganar.
—Entonces, ¿por qué no atacan?
—Porque el Conquistador quiere que suframos primero —respondió Kaeros, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. Quiere que miremos los muertos. Quiere que olamos la sangre. Que escuchemos el silencio y que el miedo haga su trabajo antes de que las espadas empiecen a hacer el suyo.
Jen apretó los puños contra la piedra de la muralla.
El agua dentro de ella vibró, no con miedo sino con algo más antiguo, más profundo, más suyo: rabia.
Una rabia fría, como el agua de un lago en invierno.
Una rabia que no iba dirigida al ejército, ni a los soldados, ni a los seres mágicos.
Iba dirigida al Conquistador. Al ser que controlaba todo desde la niebla.
Al que había matado a Nerithim. Y también a la persona que había convertido a Edrin en un arma.
Que también había controlado a Kaeros durante cuatrocientos años.
*Voy a matarlo*, pensó Jen, y la certeza de esa idea le supo a algo que no sabía nombrar. *No sé cómo. No sé cuándo. No sé con qué. Pero voy a matarlo. Por Nerithim. Por Edrin. Por Kaeros. Por mí.*
—Jen —dijo Kaeros, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. El ejército se mueve.
Jen miró. Tenía razón. La mancha oscura contra el horizonte se estaba moviendo, como una marea que se acerca a la orilla. Lentamente, sin prisa, con la parsimonia de quien sabe que tiene tiempo y que la ciudad no va a irse a ninguna parte.
Pero esta vez no había catapultas. No había piedras cayendo del cielo como meteoritos. Lo que había era peor.
La torre.
La torre de cristal negro se movía por el centro del ejército como un barco sobre un mar de carne y metal.
Era la misma torre que Jen había visto el día anterior: alta, translúcida, con arcoíris diminutos que bailaban sobre su superficie como mariposas de color.
La torre se deslizaba sobre el suelo con una suavidad que era mitad belleza y mitad horror, dejando a su paso un rastro de cristales diminutos que brillaban bajo el sol como estrellas caídas.
Y detrás de la torre, algo nuevo.
Figuras. No soldados. No seres mágicos. Algo diferente. Algo que Jen no había visto nunca.
Eran altas. Más altas que los ogros, más altas que los elfos oscuros, más altas que cualquier cosa que Jen hubiera visto en su vida.
Tenían cuerpos de piedra negra, como los ogros, pero más delgados, más elegantes, con extremidades que se movían con una fluidez que sugería que la piedra no era sólida sino líquida, como lava que se ha enfriado a medias.
Los rostros eran lisos, sin rasgos, sin ojos ni boca ni nariz, como máscaras de obsidiana que alguien hubiera colocado sobre cuerpos que no les pertenecían.
Las manos eran largas, con dedos que terminaban en puntas afiladas como cuchillos de piedra.
Había seis.
Seis gigantes de piedra negra, avanzando por el campo de batalla con la parsimonia de montañas que deciden caminar. El suelo temblaba bajo sus pies con cada paso, como si la tierra misma tuviera miedo de lo que venía.
—Los guardianes —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. Los guardianes de la torre. Son los que protegen el portal. Son los que impiden que nadie se acerque a la torre sin permiso del Conquistador.
—¿Son matables? —preguntó Jen.
—Todo es matable —respondió Kaeros—. La pregunta es cuánto cuesta matarlos.
—¿Cuánto cuesta?
—Demasiado.
Jen miró los guardianes. Los guardianes le devolvieron la mirada, con sus rostros lisos y sin rasgos y sus cuerpos de piedra negra que se movían con la fluidez de la lava enfriada a medias. Eran hermosos. Eran la cosa más hermosa y más aterradora que Jen había visto en su vida.
—Malachi —dijo Jen, sin girarse.
—Lo sé —respondió Kaeros—. Malachi está en la muralla este. Viendo lo mismo que tú. Preguntándose lo mismo que tú. Preparándose para lo mismo que tú.
—¿Puede quemarlos?
—Puede intentarlo —respondió Kaeros—. El fuego puede dañar la piedra. Pero estos guardianes no son piedra normal. Son piedra del Conquistador. Piedra que se alimenta de magia. Piedra que crece con cada hechizo que le lanzas.
—Entonces, ¿cómo los matamos?
—Con fuerza bruta —respondió Kaeros—. Con algo que no sea magia. Con algo que sea solo carne y hueso y determinación.
—¿Como Malachi con el emisario?
—Como Malachi con el emisario —confirmó Kaeros—. Pero más grande. Más fuerte. Más determinado.
Jen miró los guardianes. Los guardianes le devolvieron la mirada, con sus rostros lisos y sin rasgos y sus cuerpos de piedra negra que se movían con la fluidez de la lava enfriada a medias.
—Bien —dijo Jen—. Entonces peleamos con lo que tenemos.
—Con lo que tenemos —confirmó Kaeros.
El primer guardián llegó a la muralla sur a las ocho de la mañana.
No fue un ataque. Fue un paseo. El gigante de piedra negra cruzó el campo de batalla con la parsimonia de quien pasea por un parque, dejando a su paso huellas en la tierra que parecían cráteres de meteoritos.
Los soldados de Drakheim le lanzaron flechas que se estrellaron contra su cuerpo de piedra como plumas contra una pared.
Le lanzaron piedras desde las catapultas que rebotaron contra su piel como canicas contra un acantilado.
Le gritaron insultos que no llegaron a sus oídos porque los guardianes no tenían oídos.
El guardián no se detuvo.
Llegó a la muralla, levantó una mano, y golpeó.
El impacto sacudió la muralla como si alguien hubiera dado un puñetazo en una mesa llena de cristalería.
Las piedras se resquebrajaron. Las almenas temblaron.
Los soldados que estaban encima cayeron al suelo como hojas en una tormenta.
Un bloque de granito negro se desprendió de la muralla y cayó al patio de armas con un estruendo que hizo temblar los cimientos de la torre.
—¡Atrás! —gritó Kaeros, desde su posición en la muralla—. ¡Tras la muralla sur!
Las sombras se movieron alrededor de Jen como un escudo, envolviéndola, protegiéndola, creando una burbuja de oscuridad que amortiguó la onda expansiva de los siguientes impactos.
El guardián seguía golpeando la muralla con una calma ficticia que era más aterradora que cualquier violencia: un golpe, pausa, otro golpe, pausa, otro golpe.
Como un reloj que marca el tiempo que le queda a la muralla.