Fuego de los caídos CAPÍTULO 25 #4
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CAPÍTULO 25 #4

El ejército se retiró quinientos metros.

No mucho. No lo suficiente para sentirse seguro.

Pero lo suficiente para que las catapultas dejaran de disparar, para que los soldados dejaran de trepar, para que los seres mágicos se replegaran hacia la oscuridad que precedía a la formación como animales que vuelven a su guarida después de una cacería fallida.

Jen se dejó caer contra la pared de la muralla.

Las piernas no la sostenían. Las manos le dolían como si alguien las hubiera metido en un torno y las hubiera apretado hasta que los huesos crujieran.

El antebrazo le ardía donde los vasos sanguíneos se habían roto bajo la presión del agua.

Una línea de sangre oscura le bajaba por la muñeca hasta los nudillos, mezclándose con el sudor y el polvo y la sangre de otros que no era suya pero que se había adherido a su piel como una segunda capa.

El miedo seguía ahí. Pequeño. Frío. Sentado en algún lugar detrás de sus costillas.

Pero ya no paralizaba. Ahora era solo un latido más, un latido adicional que se sumaba al de su corazón y al del agua dentro de ella y al de las sombras de Kaeros que se movían a su alrededor como un manto protector.

Kaeros se dejó caer a su lado. Las sombras se movieron entre los dos, cálidas, lentas, como animales que han terminado de trabajar y que ahora quieren descansar.

Las grietas en sus hombros eran más visibles bajo la camisa de lino gris, oscuras, con sombras moviéndose dentro como peces atrapados en un estanque demasiado pequeño.

—Bien —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro.

—Bien —repitió Jen, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía.

No dijeron nada más durante un momento largo. Se quedaron sentados contra la pared de la muralla, con los pies colgando sobre el vacío y el sol de la tarde calentándoles la cara y el peso de la batalla aplastándoles los hombros como una losa de piedra.

—Hoy has matado a un ogro —dijo Kaeros, rompiendo el silencio.

—Hoy he matado a un ogro —repitió Jen, y la palabra le supo a algo que no sabía nombrar.

—Y has purificado su agua. Has hecho algo que nadie ha hecho nunca.

—Y me ha vaciado. Me ha sacado todo de una vez. No puedo volver a hacerlo.

—No tienes que volver a hacerlo —respondió Kaeros—. Para eso estoy yo. Para llenarte cuando estés vacía. Para sostenerte cuando no puedas sostenerte. Para luchar cuando tú no puedas.

Jen lo miró. Los ojos grises la encontraron en la luz de la tarde, brillando como plata fundida. Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre, como animales que han encontrado por fin un lugar donde descansar.

—Gracias —dijo Jen.

—No me lo agradezcas —respondió Kaeros—. Para eso estoy. Para las batallas y los helados y las sombras que te protegen.

Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio y el agotamiento y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

Fue una risa que no debería haber existido en medio de un campo de batalla, con los muertos todavía calientes y las catapultas todavía humeantes y el ejército todavía ahí, a quinientos metros, esperando a que amanezca para volver a atacar.

Pero existió.

Y Jen la guardó en algún lugar profundo de su memoria, junto al cartel del helado y al sabor del vino de la cena y al recuerdo de Kaeros cortándole la carne en silencio. Porque las risas en medio del horror son las más valiosas. Las que más cuestan. Las que más significan.

*Estamos vivos*, pensó Jen, mientras el sol se ponía sobre Drakheim y el ejército de las tinieblas esperaba en la oscuridad. *Estamos vivos. No hemos ganado. No hemos perdido. Pero estamos vivos.*

Y eso, en medio de una guerra que probablemente definiría el destino de Elyrion, era suficiente.

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En la muralla este, Malachi estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de piedra y una copa de cerveza en la mano que había aparecido de algún lugar imposible.

Las manos vendadas temblaban ligeramente.

El pelo rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse.

Y la sonrisa torcida seguía en su sitio, clavada en su cara como un clavo en una pared.

Un soldado se acercó a él, con la armadura cubierta de sangre que no era suya y la expresión de alguien que ha visto demasiado y que ha entendido demasiado poco.

—Malachi —dijo el soldado.

—¿Qué? —respondió el semihumano de fuego.

—Hoy has calcinado a treinta y dos soldados del ejército enemigo.

—¿Solo treinta y dos? —respondió Malachi, bebiendo un trago de cerveza—. Pensé que eran más. Necesito mejorar mi puntería. O beber más cerveza. Probablemente ambas cosas.

—Has dicho que era mejor que el sexo.

—He dicho que era mejor que el sexo. Y lo mantengo.

Aunque admito que no tengo mucho con qué comparar.

Cuatrocientos años sin sexo te dejan un poco oxidado en ese departamento.

Pero el fuego no. El fuego nunca se oxida.

El fuego siempre está listo. El fuego es el mejor amigo del hombre.

Junto con la cerveza. Y con Kaeros. Y con Jen.

Y contigo, supongo, aunque no te conozco mucho.

El soldado lo miró un momento largo. Luego, sin decir nada, se sentó a su lado. Sacó un odre de algún lugar de su armadura. Bebió un trago.

—Gracias —dijo el soldado.

—¿Por qué? —preguntó Malachi.

—Por hacerme reír. En medio de todo esto. Por hacerme reír.

Malachi lo miró. La sonrisa torcida se movió ligeramente, como un animal que detecta algo interesante.

—Para eso estoy —respondió Malachi—. Para hacer reír a la gente cuando todo lo demás se cae a pedazos. Es mi trabajo. Mi vocación. Mi cruz. Y probablemente la única cosa que hago bien.

El soldado bebió otro trago. Malachi hizo lo mismo. Y los dos se quedaron sentados contra la pared de la muralla, con la cerveza en la mano y el sol de la tarde calentándoles la cara y el peso de la batalla aplastándoles los hombros.

Y en algún lugar de la muralla sur, Jen y Kaeros estaban sentados contra la pared de piedra, con las sombras y el agua moviéndose entre ellos como un abrazo de oscuridad y luz, y no decían nada porque no hacía falta.

El ejército esperaba en la oscuridad.

Pero ellos estaban vivos.

Y eso era suficiente.