Fuego de los caídos CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

"El ejército de las tinieblas"

Kaeros nunca había aprendido a consolar a alguien.

No porque no quisiera. No porque no le importara.

No porque el dolor ajeno le resultara ajeno.

No había aprendido porque nunca había tenido la oportunidad.

Durante cuatrocientos años, Kaeros había vivido rodeado de soldados que no lloraban, de comandantes que no se quejaban, de ciudadanos que no se acercaban lo suficiente como para que él pudiera ver sus lágrimas.

La soledad no era solo su estado natural.

Era su disciplina. Su armadura. Su forma de sobrevivir.

Y ahora, sentado en el asiento de un carro de mercaderes que habían alquilado en un pueblo de camino a Drakheim, con Jen dormida contra su hombro y el peso de la muerte de Nerithim colgando sobre ambos como una losa de piedra, Kaeros descubría que la soledad no le había enseñado nada sobre cómo sostener a alguien que se está rompiendo.

Jen no lloraba en voz alta. Nunca lo hacía.

Kaeros lo sabía porque las sombras se lo habían contado, porque las sombras le contaban todo lo que Jen sentía con la precisión de un espejo que no miente: el dolor de perder a su madre, la rabia contra el Conquistador, la culpa de no haber llegado antes, el peso de un colgante de plata que olía a sal marino y a amor imperfecto.

Pero Jen no lloraba en voz alta. Lloraba por dentro.

Como Nerithim. La que llora sin agua. La que guarda el dolor en el pecho.

*Y yo no sé cómo ayudarla*, pensó Kaeros, mirando el perfil de Jen contra su hombro. *No sé qué decir. No sé qué hacer. Cuatrocientos años de poder, de sombras, de control absoluto, y no sé cómo hacer que una mujer deje de sufrir.*

El carro avanzaba por el camino de montaña con la parsimonia de quien no tiene prisa.

El mercader, un hombre viejo con una barba que le llegaba al pecho y una expresión de aburrimiento supremo, guiaba a los caballos con la pereza de alguien que ha recorrido el mismo camino miles de veces y que ya no ve nada interesante en él.

Las montañas se extendían a ambos lados como paredes de una habitación gigante, grises, imponentes, con las cumbres perdidas entre las nubes.

Jen se despertó cuando el carro pasó sobre una piedra grande que lo sacudió con la violencia de un puñetazo en el estómago. Los ojos se abrieron de golpe, del color del cielo nublado, con esa expresión de alguien que ha dormido sin querer dormir y que se ha despertado sin querer despertar.

—¿Dónde...? —preguntó, con la voz roca del sueño.

—En el camino —respondió Kaeros—. Cerca de Drakheim. Dormiste tres horas.

Jen se incorporó. Se pasó la mano por el pelo enmarañado.

Miró a su alrededor con la expresión de alguien que no recuerda dónde está ni por qué está ahí.

Luego, como si alguien hubiera encendido una vela dentro de ella, los ojos se le llenaron de algo que no era sueño ni confusión sino algo más oscuro, más profundo: el recuerdo.

—Nerithim —susurró, tocándose el cuello donde el colgante brillaba contra su piel.

—Sí —confirmó Kaeros—. Nerithim.

Jen no dijo nada durante un momento largo. Se quedó mirando el paisaje que se movía frente a ella con esa expresión de alguien que ha visto algo que no puede olvidar y que no sabe cómo vivir con ello.

—Lo siento —dijo Kaeros.

No sabía qué más decir. No tenía palabras para esto. No tenía palabras para la muerte de una madre que había amado a su hija con la torpeza de quien no sabe querer de otra manera. No tenía palabras para el dolor de una mujer que había descubierto demasiado tarde que había sido amada.

—No lo sientas —respondió Jen, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme—. No es culpa tuya. Es culpa del Conquistador. Es culpa de Edrin. Es culpa de cuatrocientos años de mentiras.

—Lo siento igual —insistió Kaeros—. Lo siento porque no llegamos antes. Lo siento porque no pude protegerla. Lo siento porque...

—Para —interrumpió Jen, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—. No te disculpes por algo que no has hecho. No te disculpes por la muerte de alguien que no has matado. No te disculpes por el Conquistador. No te disculpes por Edrin. No te disculpes por nada de lo que no es culpa tuya.

Kaeros cerró la boca. Las sombras se movieron a su alrededor con más agitación, como animales que detectan el dolor de su dueño y no saben cómo aliviarlo.

—Lo que puedes hacer —continuó Jen, con una voz más suave— es estar aquí. A mi lado. Con tus sombras. Con tu silencio. Con todo lo que eres. Eso es lo que puedes hacer. Y eso es suficiente.

Kaeros sintió que algo dentro de él se movía. Algo cálido. Algo vivo. Algo que se parecía peligrosamente al amor.

—Siempre —dijo, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía—. Siempre estaré a tu lado.

Jen no respondió. Se quedó mirando el paisaje, con el colgante de Nerithim brillando contra su pecho y el agua dentro de ella vibrando con cada latido del corazón.

Y Kaeros se quedó a su lado, con las sombras moviéndose a su alrededor como un manto silencioso, y no dijo nada más porque no hacía falta.

A veces el silencio es más elocuente que cualquier palabra.

Drakheim apareció ante ellos como un cuervo posado en un hombro: inmóvil, vigilante, con los ojos medio cerrados pero sin dormir nunca.

Los tejados de pizarra negra brillaban bajo el sol de la tarde, y el olor a metal frío y a humo de chimenea les golpeó la cara como una bofetada educada cuando el carro cruzó los portones de la ciudad.

Jen se sentó más derecha. Kaeros hizo lo mismo.

El peso de lo que venía se instaló entre los dos como una pared invisible: el ejército, los seiscientos soldados, los seis comandantes, los tres días que quedaban.

El dolor de la muerte de Nerithim tendría que esperar.

No porque no importara. Sino porque ahora había algo más urgente que el dolor: la supervivencia.

Malachi los esperaba en la puerta de la torre.

Estaba de pie, con la espalda contra la pared de piedra y los brazos cruzados sobre el pecho.

Las manos vendadas descansaban sobre los antebrazos, con las cicatrices del emisario de cristal brillando ligeramente a la luz de la tarde.

El pelo rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse, y los ojos de carbón brillaban con esa luz que parpadeaba en el fondo como una chispa que no quiere morir.

No tenía cerveza. Eso significaba que estaba preocupado.

—Han llegado —dijo Malachi, cuando Jen y Kaeros bajaron del carro.

No fue una pregunta. Fue una constatación. Como quien dice "llueve" o "el sol se ha puesto" o "el mundo se está cayendo a pedazos y no sé cómo sostenerlo".

—Han llegado —confirmó Kaeros.

Malachi los miró. Miró a Jen. Vio el colgante de plata brillando contra su pecho. Vio los ojos hinchados por el llanto que Jen no había querido mostrar delante del mercader. Vio la expresión de alguien que ha perdido algo que amaba y que no sabe cómo vivir sin ello.

—La madre —dijo Malachi y no fue una pregunta.

—Muerta —respondió Jen, con una voz que pretendía ser neutra y sonaba a cristal rompiéndose.

Malachi cerró los ojos durante medio segundo.

Luego los abrió. La sonrisa torcida apareció en su rostro, pero era una sonrisa diferente: más pequeña, más honesta, como la de alguien que ha decidido que la sonrisa es lo único que le queda y que, por lo tanto, debe protegerla con más cuidado que nunca.

—Lo siento —dijo Malachi.

—No lo sientas —respondió Jen—. No es culpa tuya.

—Lo siento igual —insistió Malachi—. Lo siento.

Jen tragó saliva. Las lágrimas le apretaban detrás de los ojos, pero no lloró. No podía. No ahora. No delante de la ciudad, delante de los soldados, delante del mundo.

—Kaeros —dijo Jen, girándose hacia él con una voz que pretendía ser firme—. Necesito un favor.

—¿Cuál?

—Aunque quiero reírme no dejes que Malachi me haga reír.

—Malachi —interrumpió Kaeros—. Malachi es Malachi. No sabe ser suave ni aunque la vida le vaya en ello.

—Pues que aprenda —respondió Jen, con una voz que pretendía ser severa y sonaba a cualquier cosa menos severa y se le escapaba un sollozo—. Porque Malachi se ha quedado solo tres días cuidando un reino con las manos vendadas y sin cerveza. Y eso merece cariño, pero yo ahora mismo no puedo.

Kaeros la miró un momento largo. Luego, con una voz que sonó como si le hubieran pasado papel de lija por dentro, respondió:

—Lo intentaré.

—No lo intentes. Hazlo.

—Lo haré.

Jen asintió.

Malachi seguía en shock porque hablaban de él como si no pudiera escucharlos.

Kaeros se acercó a Malachi, le puso una mano en el hombro y dijo, con una voz más suave que Kaeros le había oído nunca:

—Gracias, Malachi. Por cuidar el reino. Por quedarte. Por ser tú.

Malachi lo miró. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir. Luego la sonrisa torcida volvió, más amplia que antes, más honesta que antes, más cálida que antes.

—Para eso están los amigos —respondió Malachi—.

Para cuidar reinos sin cerveza. Y para que te digan "gracias" cuando vuelven de una misión que probablemente los ha destrozado por dentro, pero que no lo admiten porque son demasiado orgullosos o demasiado rotos o demasiado Jen.

Y que habléis delante de mí como si no estuviera es aterrador, chicos.

Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio y el dolor y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

—No quería reír —sollozó y Kaeros tuvo que abrazarla.

Luego se fueron hacia la torre, con los pasos ligeros de alguien que ha decidido que el dolor puede esperar pero que la batalla no.