Fuego de los caídos CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

—Pero ahora lo entiendo —continuó Jen—. Entiendo que me entrenabas porque querías que sobreviviera.

Entiendo que me hacías sufrir porque querías que fuera fuerte.

Entiendo que el canto de control era tu forma de quererme.

Torpe. Dolorosa. Imperfecta. Pero era amor.

Era lo único que sabías hacer. Y lo hiciste lo mejor que pudiste.

Jen se incorporó. Miró el colgante. Miró el mechón de pelo. Miró la inscripción.

*Mi pequeña. Mi agua. Mi luz.*

—Tu luz —susurró Jen—. Yo era tu luz. Y tú eras la mía. Solo que no lo sabía. Solo que no lo supe hasta que era demasiado tarde.

Jen cerró el colgante. Lo apretó contra su pecho, contra la marca del Conquistador, contra el lugar donde el agua dentro de ella vibraba con cada latido del corazón.

—Voy a sacarte de aquí —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—. Voy a sacarte de esta cueva. Voy a llevarte a un lugar donde no haya dolor. Donde no haya entrenamientos. Donde no haya canto de control. Donde no haya nada excepto agua y silencio y la paz que mereces.

Jen se inclinó sobre el cuerpo de su madre y lo levantó.

No era pesado. Las sirenas eran ligeras, con huesos huecos como los pájaros y una piel que olía a sal marino incluso cuando estaban muertas. Jen la sostuvo en brazos, con la cabeza de su madre apoyada contra su hombro y el pelo oscuro cayendo sobre su brazo como una cortina de seda negra.

Kaeros se acercó. Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Kaeros.

—No —respondió Jen—. Ella es mía. Yo la llevo.

Kaeros asintió. No dijo nada más. No hacía falta. Las sombras se movieron alrededor de Jen y de su madre, envolviéndolas, protegiéndolas, creando un espacio que era solo de ellas dos.

Jen salió de la cueva con el cuerpo de su madre en brazos.

El sol de la mañana le golpeó la cara, cálido, cegador, con esa intensidad que solo tiene cuando el mundo ha cambiado y el sol no lo sabe todavía.

El Lago Espejo extendía ante ella su superficie inmóvil, cristalina, con las montañas reflejadas en el agua como un cuadro perfecto que nadie ha pedido.

Jen caminó hasta la orilla del lago. Se arrodilló en las rocas mojadas. Depositó el cuerpo de su madre en el agua, con la cabeza apoyada en la orilla y los pies rozando la superficie cristalina. El agua la recibió con la misma calma con la que recibe todo: sin preguntas, sin sorpresas, sin juicios.

—Nerithim —dijo Jen, usando el nombre real de su madre por última vez—. Descansa. Descansa en el agua. Descansa en el silencio. Descansa en la paz que mereces.

El agua se movió. No porque Jen la moviera. No porque el canto de control la obligara. Se movió sola, como si el lago mismo quisiera acariciar a la sirena que había muerto en sus orillas, como si el agua quisiera decirle algo que las palabras no podían decir.

Jen se quedó arrodillada en la orilla durante un momento largo, con las manos en el agua y los ojos clavados en el rostro de su madre y el corazón latiéndole con un ritmo que no reconocía.

Las lágrimas le caían por las mejillas sin ruido, mezclándose con el agua del lago y el sol de la mañana y el peso de una verdad que había tardado veintitrés años en llegar.

*Mi madre me amó*, pensó Jen, por segunda vez.

*Me amó a su manera. Me amó con lo que tenía.

Me amó con el canto de control y los entrenamientos y los dedos sangrados.

Y eso no era crueldad. Eso era supervivencia.

Eso era el amor de alguien que no tenía otra forma de querer.

El amor de alguien que sabía que el mundo era peligroso y que quería que su hija fuera lo suficientemente fuerte como para sobrevivirlo. *

*Y ahora está muerta.*

*Y el Conquistador la ha matado.*

*Para darle a Edrin un motivo.*

*Para convertir a mi padre en un arma.*

*Para que me mate.*

Jen apretó los puños. El agua dentro de ella hirvió, no con rabia sino con algo más antiguo, más profundo, más suyo. Algo que se parecía peligrosamente a la determinación.

*No*, pensó Jen. *No voy a dejar que el Conquistador gane. No voy a dejar que la muerte de mi madre sea en vano. No voy a dejar que Edrin se convierta en un arma contra mí o contra Kaeros. No voy a dejar que cuatrocientos años de mentiras sigan funcionando.*

*Voy a luchar. Por mí. Por Kaeros. Por Nerithim. Por todo lo que me han quitado.*

Jen se incorporó. Miró el lago. Miró las montañas. Miró el cielo gris. Miró a Kaeros, que estaba de pie detrás de ella, con las sombras moviéndose a su alrededor como un manto silencioso y los ojos grises clavados en ella con una intensidad que era mitad preocupación y mitad algo más cálido.

—Vámonos —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—. Vámonos a Drakheim. Vámonos a luchar.

Kaeros asintió. Las sombras se movieron alrededor de los dos, cálidas, protectoras, como un abrazo de oscuridad.

Jen se quitó el colgante del cuello de su madre. Lo puso en el suyo. La plata brilló contra su piel con una luz tenue que parecía un suspiro.

*Nerithim*, pensó Jen, tocando el colgante con los dedos. *Voy a llevarte conmigo. Voy a llevarte a donde quiera que vaya. Voy a llevarte a la batalla y a la victoria y a la paz que mereces. Porque tú me amaste. Y yo te quiero. Y eso es lo único que importa.*

Jen se giró hacia Kaeros. Los ojos grises la encontraron en la luz de la mañana, y por un instante, solo un instante, Jen vio en ellos algo que no había visto antes: la determinación de alguien que ha decidido que ya no va a huir.

—Vamos —dijo Jen—. El ejército viene. Y nosotros tenemos un reino que liberar.

Kaeros extendió la mano. Jen la tomó. Los dedos de ella eran pequeños, fríos, con las uñas rotas y los nudillos marcados.

Los dedos de él eran grandes, callosos, con cicatrices de quemaduras antiguas.

Las dos manos se encajaron como piezas de un puzle que ha estado separado durante demasiado tiempo.

Y se fueron del Lago Espejo, con el sol de la mañana calentándoles la cara y el colgante de Nerithim brillando contra el pecho de Jen y la certeza de que, por primera vez en su vida, algo estaba cambiando en el mundo.

No sabían qué.

No sabían cómo.

Solo sabían que el ejército venía.

Y que ellos, por primera vez, iban a luchar juntos.

A sus espaldas, el Lago Espejo permanecía inmóvil.

Su superficie cristalina reflejaba las montañas con una fidelidad casi obscena, como si el lago quisiera demostrar que podía hacerlo mejor que el mundo real.

Y en algún lugar de esa superficie, en algún punto donde el agua tocaba la orilla y el sol de la mañana brillaba con más fuerza, un reflejo apareció por un instante: el rostro de una sirena con los ojos del color del fondo del mar y una sonrisa que Jen nunca había visto en vida.

Luego, el reflejo se disipó.

Y el lago quedó en silencio.