CAPÍTULO 23 #2
El interior era oscuro. Denso. Con un olor a tierra húmeda y a algo más oscuro que Jen no supo identificar hasta que dio tres pasos dentro de la cueva y el olor la golpeó como una pared.
Sangre.
No sangre fresca. Sangre vieja. Sangre seca. Sangre que llevaba ahí el tiempo suficiente para convertirse en parte de la cueva, en parte de la piedra, en parte del olor que Jen siempre había asociado con su infancia y que ahora, de repente, tenía un nombre nuevo: muerte.
Jen se detuvo. El corazón se le paró.
—No —susurró.
Kaeros se detuvo a su lado. Las sombras se movieron con más agitación, como animales que detectan algo que no quieren ver.
—Jen...
—No —repitió Jen, con una voz que ya no era un susurro sino un grito ahogado—. No. No. No.
Avanzó. Tres pasos más. Cinco. Diez. El olor a sangre se intensificó con cada paso, como si la cueva la estuviera guiando hacia algo que no quería encontrar pero que necesitaba encontrar.
La encontró en el fondo.
La parte más profunda de la cueva, donde el techo era tan bajo que Jen tenía que agacharse, donde las velas de sebo iluminaban el espacio con una luz temblorosa que proyectaba sombras largas en las paredes.
Allí, en el suelo de tierra, con la cabeza apoyada contra la pared de piedra y los ojos cerrados y la boca entreabierta y la piel del color de la cera vieja, estaba su madre.
Jen se quedó de pie frente al cuerpo durante un momento largo, con la boca abierta y los ojos muy grandes y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las puntas de los dedos.
Su madre estaba muerta.
No era una metáfora. No era un sueño. No era una pesadilla de la que pudiera despertar gritando en la cama de "La Cama Dura".
Era real. Era concreto. Era el cuerpo de una sirena que había dejado de vivir, con la piel del color de la cera vieja y los ojos cerrados y la boca entreabierta como si hubiera muerto a medio de decir algo que no había tenido tiempo de terminar.
Jen se arrodilló.
No porque quisiera. Porque las piernas se le doblaron.
Porque el peso de la verdad era demasiado grande para sostenerlo de pie.
Porque el cuerpo de su madre estaba ahí, frío, inmóvil, sin el brillo húmedo que las sirenas tenían cuando estaban vivas, y Jen necesitaba estar cerca de él.
Necesitaba tocarlo. Necesitaba confirmar que era real.
Tocó la mano de su madre. La piel estaba fría. Más fría de lo que debería estar. No era el frío de la piedra ni el frío del agua. Era el frío de algo que ha dejado de vivir y que todavía no ha aprendido a dejar de existir.
—Mamá —susurró Jen.
La palabra le supo a sangre. A soledad. A algo que se había roto dentro de ella y que no sabía cómo reparar.
Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, como si incluso el dolor tuviera miedo de ser escuchado.
No era el llanto escandaloso de alguien que pide atención.
Era el llanto silencioso de alguien que ha aprendido que llorar en voz alta trae consecuencias.
El mismo llanto que había llorado en la cueva cuando era niña, con los dedos ensangrentados y el cuerpo dolorido y el cartel del helado a su derecha.
Pero ahora no había cartel. No había helado. No había nada excepto el cuerpo de su madre y el olor a sangre seca y el peso de una verdad que Jen no quería aceptar pero que no tenía más remedio que aceptar.
—Ha sido el Conquistador —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro.
Jen no se giró. No podía. Los ojos estaban clavados en el rostro de su madre, en las líneas de su cara, en las orejas ligeramente puntiagudas, en la piel del color de la cera vieja.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jen, con una voz que sonó rota.
—Porque es lo que hace —respondió Kaeros—. Cuando alguien se desvía, cuando alguien deja de obedecer, el Conquistador no castiga al traidor. Castiga a lo que el traidor ama. Para que tenga un motivo. Para que el traidor busque venganza. Para que vuelva a ser útil.
Jen cerró los ojos. Las lágrimas le caían por las mejillas sin ruido, mezclándose con el polvo del suelo y el olor a sangre seca.
—Edrin —susurró—. Le ha dado un motivo a Edrin.
—Sí —confirmó Kaeros—. Le ha dado un motivo para matarnos. A ti o a mí. No importa cuál. Lo que importa es que Edrin tenga algo que perseguir. Algo que lo convierta de nuevo en un arma.
Jen abrió los ojos. Miró a su madre. Miró la piel del color de la cera vieja.
Miró la boca entreabierta. Miró las manos, que estaban cruzadas sobre el pecho con una delicadeza que sugería que alguien las había colocado ahí después de la muerte.
Alguien que quería que su madre pareciera dormida.
Alguien que quería que su madre pareciera en paz.
*Alguien que la amó*, pensó Jen, y la idea le supo a algo que no sabía nombrar.
Entonces lo vio.
El colgante.
Estaba en el cuello de su madre, medio escondido bajo el cuello de la túnica, con una cadena de plata fina que brillaba débilmente a la luz temblorosa de las velas. El colgante era pequeño, del tamaño de una moneda, con una forma ovalada y un grabado que Jen no podía distinguir desde donde estaba.
Jen extendió la mano. Los dedos le temblaron. Tocó el colgante. La plata estaba fría, más fría que la piel de su madre, como si el metal hubiera absorbido algo más que el frío de la cueva.
Lo sacó de debajo de la túnica. Lo giró entre los dedos. Lo miró.
El grabado era una palabra.
Nerithim.
Jen la leyó tres veces. Cada vez le dolía un poco más, aunque no sabía por qué.
No conocía esa palabra. No sabía qué significaba.
Pero algo en su interior, algo más antiguo que sus años y más profundo que su entrenamiento, algo que no tenía nombre pero que se parecía peligrosamente al reconocimiento, le dijo que esa palabra era importante.
—Nerithim —susurró Jen—. ¿Qué es eso?
Kaeros se acercó. Miró el colgante. Las sombras se movieron alrededor de la palabra, como si quisieran leerla, como si quisieran entenderla.
—Es un nombre —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. Un nombre de sirena. Un nombre antiguo. Un nombre que significa...
Se detuvo. Las sombras se tensaron alrededor de él.
—¿Qué significa? —preguntó Jen.
—La que llora sin agua —respondió Kaeros—. La que guarda el dolor en el pecho. La que llora por dentro porque no puede llorar por fuera.
Jen sintió que el corazón se le paraba.
*Nerithim. La que llora sin agua. La que guarda el dolor en el pecho.*
—Es el nombre de mi madre —susurró Jen—. El nombre real de mi madre. El nombre que nadie conocía. Que ella guardaba en un colgante, escondido debajo de la túnica, como un secreto que no quería que nadie viera.
Jen abrió el colgante.
Dentro había un mechón de pelo. Un mechón pequeño, oscuro, del color de la noche, atado con un hilo de plata. Y debajo del mechón, una inscripción diminuta que Jen tuvo que acercar a la vela para leer:
*Mi pequeña. Mi agua. Mi luz.*
Jen cerró los ojos. Las lágrimas le cayeron por las mejillas como una presa rota, silenciosas, calientes, cayendo sin ruido porque incluso el dolor tenía miedo de ser escuchado.
*Mi pequeña. Mi agua. Mi luz.*
Era su pelo. El pelo de Jen cuando era bebé.
Un mechón que su madre había cortado cuando era demasiado pequeña para recordar, que había guardado en un colgante de plata, que había llevado escondido debajo de la túnica durante veintitrés años.
Un mechón de pelo de su hija que su madre había guardado como quien guarda una vela encendida en una habitación oscura: con cuidado, con la certeza de que si la suelta, se apagará y no habrá forma de encenderla de nuevo.
*Mi madre me amó*, pensó Jen, y la idea le supo a algo que no sabía nombrar. *No como un arma. No como una herramienta. Como una hija. Me amó. A su manera. A su manera torpe y dolorosa e imperfecta. Pero me amó.*
*El canto de control. Los entrenamientos.
Los dedos sangrados. Todo eso. Todo eso era su forma de quererme.
Su forma de asegurarse de que sobreviviera.
Su forma de hacerme fuerte. No porque el Conquistador se lo ordenara.
No porque Edrin se lo pidiera. Sino porque ella quería que yo viviera.
Que yo sobreviviera. Que yo fuera lo suficientemente fuerte como para no morir. *
*Y ahora está muerta.*
*Y el Conquistador la ha matado para darle a Edrin un motivo.*
*Para convertir a mi padre en un arma.*
*Para que me mate.*
Jen abrió los ojos. El cuerpo de su madre seguía ahí, frío, inmóvil, con la piel del color de la cera vieja y la boca entreabierta. El colgante de plata brillaba en su mano con una luz tenue que parecía un suspiro de plata.
—Nerithim —dijo Jen, usando el nombre real de su madre por primera vez en su vida.
La palabra sonó en la cueva como una campana que alguien ha hecho sonar muy lejos, tan lejos que apenas la oyes pero que no puedes dejar de oírla.
—Nerithim —repitió Jen—. Ese es tu nombre. Tu nombre real. El nombre que nadie conocía. El nombre que guardabas en un colgante debajo de la túnica. El nombre que significaba "la que llora sin agua".
Jen se inclinó sobre el cuerpo de su madre. Besó su frente. La piel estaba fría, más fría de lo que debería estar. Pero debajo del frío, debajo de la muerte, debajo de todo lo que el Conquistador le había quitado, Jen sintió algo. Algo cálido. Algo que se parecía peligrosamente al amor.
—Lo siento —susurró Jen contra la piel de su madre—. Lo siento por no entender. Lo siento por odiarte. Lo siento por creer que no me amabas. Lo siento por todo.
Las lágrimas le cayeron por las mejillas, mezclándose con el polvo de la cueva y el olor a sangre seca y el frío de la muerte.