Fuego de los caídos CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

"El lago que llora"

Jen se despidió de Malachi en el rellano de la escalera de la torre.

El semihumano de fuego estaba sentado en su escalón habitual, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas sobre la piedra.

Las manos vendadas descansaban sobre sus rodillas, con las cicatrices del emisario de cristal brillando ligeramente a la luz de la mañana.

No tenía cerveza. Eso significaba que estaba preocupado, porque Malachi sin cerveza era como un lago sin agua: técnicamente posible, pero profundamente incorrecto.

—Vamos —anunció Jen, deteniéndose frente a él—. Kaeros y yo nos vamos a las montañas.

—Lo sé —respondió Malachi, con una voz que pretendía ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—. Las sombras me lo han dicho. Las sombras me lo dicen todo. Las sombras son los chismorreos más eficientes del mundo.

—Nos vamos al Lago Espejo —continuó Jen—. A buscar a mi padre. A enfrentarlo. Y a sacar a mi madre de ahí.

Malachi la miró. Los ojos de carbón la encontraron en la penumbra del rellano, y Jen vio en ellos algo que no había visto antes: la preocupación de alguien que sabe que no puede acompañarte y que no sabe cómo vivir con eso.

—¿Y yo? —preguntó Malachi.

—Tú te quedas —respondió Jen—. Gestionando el reino. Gestionando a los soldados. Gestionando a Brokk. Gestionando todo lo que Kaeros y yo no podemos gestionar desde aquí.

—¿Me estás diciendo que me quede de niñera? —preguntó Malachi, con una voz que pretendía ser ofendida y sonaba a alivio.

—Te estoy diciendo que eres la única persona en este castillo que sabe cómo hablar con la gente sin que la gente le tenga miedo. Kaeros intimida. Yo confundo. Tú... tú haces que la gente se ría. Y la gente que se ríe es más fácil de movilizar que la gente que tiene miedo.

Malachi la miró un momento largo. Luego, con una lentitud deliberada, asintió.

—Vale —dijo—. Me quedo. Pero quiero que sepas una cosa antes de que te vayas.

—¿Qué?

—Que si tu padre te hace daño, voy a ir al Lago Espejo y voy a hacerle una barbacoa con sus propias orejas puntiagudas.

Y si el Conquistador te hace daño, voy a ir a la niebla y voy a hacerle una barbacoa con sus propias sombras.

Y si nadie te hace daño, voy a quedarme aquí bebiendo cerveza y esperando a que volváis para contaros un chiste terrible que todavía no he inventado.

Jen sintió que los ojos se le humedecían.

—Malachi...

—No me digas "Malachi" con esa cara. Si me dices "Malachi" con esa cara, voy a llorar.

Y si lloro, se me queman las lágrimas. Y si se me queman las lágrimas, tengo que ir a Kaeros a que me cure con sus sombras.

Y si voy a Kaeros a que me cure con sus sombras, me dice que soy un idiota.

Y si me dice que soy un idiota, le digo que es un sentimental disfrazado de tirano.

Y si le digo que es un sentimental disfrazado de tirano, me dice que me calle.

Y si me dice que me calle, yo no me callo.

Y si no me callo, él me lanza una sombra.

Y si me lanza una sombra, me caigo escaleras abajo.

Y si me caigo escaleras abajo, me rompo algo.

Y si me rompo algo, necesito que me curen. Y así empieza todo de nuevo.

Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio y la ternura y algo que se parecía peligrosamente al amor.

—Gracias, Malachi —dijo—. Por quedarte. Por cuidar el reino. Por ser tú.

Malachi la miró un momento largo. Luego, con una sonrisa que era mitad triste y mitad algo más cálido, respondió:

—De nada, niña del agua. Ahora vete. Y cuando vuelvas, tráeme una botella de aguardiente de los mercaderes del sur. Porque si voy a gestionar un reino durante tres días, voy a necesitar algo más fuerte que cerveza.

Jen se giró hacia la escalera. Dio tres pasos. Se detuvo.

—Malachi.

—¿Qué?

—Cuida de Brokk.

—Siempre —respondió Malachi—. El enano y yo tenemos un pacto: él no me cuenta sus secretos y yo no le cuento los míos. Es la amistad más honesta que he tenido en cuatrocientos años.

Jen bajó las escaleras sin mirar atrás. Las sombras de la torre se movían a su alrededor con más calma que de costumbre, como animales que la reconocen y que la escoltan hasta la puerta.

El camino al Lago Espejo era más corto de lo que Jen recordaba.

No porque la distancia hubiera cambiado.

Las montañas seguían ahí, grises, imponentes, con las cumbres perdidas entre las nubes como dedos señalando un cielo que no escuchaba.

Los senderos seguían siendo los mismos: estrechos, pedregosos, con rocas que sobresalían como dientes de dragón y arbustos retorcidos por el viento que se agarraban a la ladera como náufragos a un salvavidas.

Era más corto porque Jen ya no caminaba sola.

Kaeros iba a su lado, con su parsimonia habitual, ese paso lento y deliberado que era su marca, su firma, su forma de moverse por el mundo.

Las sombras se movían a su alrededor con más calma que antes de la purificación, lentas, perezosas, como animales que han aprendido a no temer a su dueño.

Las grietas en sus hombros eran más estrechas, pero seguían ahí, oscuras, visibles bajo la camisa de lino gris que llevaba en lugar de la túnica negra de comandante.

No hablaron durante las primeras horas. El silencio entre ellos no era incómodo. Era compartido. Era un espacio donde las verdades podían existir sin ser juzgadas, donde las palabras sobraban porque los cuerpos ya se decían todo lo que necesitaban decir.

Jen lo miraba de reojo mientras caminaban, catalogando detalles con la precisión de alguien que ha aprendido a leer las personas como quien lee un mapa: la línea de su mandíbula, la curva de su nariz, el mapa de cicatrices que le surcaba la piel como ríos secos.

Las sombras se movían a su alrededor con esa calma nueva que era marca de la purificación, y Jen sintió que el agua dentro de ella vibraba con la proximidad de su cuerpo, como una cuerda de arpa que alguien ha pulsado muy suavemente.

—Kaeros —dijo Jen, rompiendo el silencio cuando las montañas empezaban a cerrarse a su alrededor como paredes de una habitación gigante.

—¿Qué?

—¿Estás seguro de que quieres venir conmigo?

Kaeros no respondió durante un momento largo. El viento soplaba entre las rocas, trayendo el olor a hierba húmeda y a tierra mojada. El sol de la mañana se colaba entre las montañas como un invitado que cumple una obligación.

—No —respondió Kaeros, con una honestidad que le supo a sangre—. No estoy seguro. No de lo que vamos a encontrar. No de lo que voy a sentir. No de lo que Edrin me hará cuando me vea.

—No voy a enfrentarlo sola —dijo Jen—. Estoy contigo.

—Lo sé —respondió Kaeros—. Y eso es lo que me da miedo. No por mí. Por ti. Porque si Edrin te hace daño, no sé lo que haré. Y lo que no sé me aterra.

Jen sintió que el corazón se le aceleraba.

—No me va a hacer daño —dijo, con una firmeza que no sentía del todo.

—¿Cómo lo sabes?

—No lo sé. Pero sé que si lo intenta, tú estarás ahí. Y yo estaré ahí. Y el agua dentro de mí está más fuerte que nunca. Y tus sombras están más calmadas que nunca. Y juntos, el agua y la sombra pueden hacer cosas que ni el Conquistador puede prever.

Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la luz de la mañana, y por un instante, solo un instante, Jen vio en ellos algo que no había visto antes: la determinación de alguien que ha decidido que ya no va a huir.

—Tienes razón —dijo Kaeros—. Tenemos razón.

—Siempre la tenemos —respondió Jen—. Solo que a veces tardamos en darnos cuenta.

Kaeros casi sonrió. Casi.

El Lago Espejo apareció ante ellos como una herida abierta en el costado de las montañas.

Era exactamente como Jen lo recordaba: inmóvil, cristalino, con una superficie tan quieta que parecía de cristal líquido.

Las montañas se reflejaban en el agua con una fidelidad casi obscena, como si el lago quisiera demostrar que podía hacerlo mejor que el mundo real.

Los árboles que rodeaban la orilla eran pinos viejos, retorcidos, con las ramas bajas rozando el agua como dedos curiosos.

No había ruido. No había viento. No había nada excepto el agua, los árboles y el silencio.

Y la cueva.

Estaba allí, a pocos metros de la orilla, oculta entre rocas cubiertas de musgo, exactamente como Jen la recordaba.

La misma boca oscura. Las mismas piedras húmedas.

El mismo olor a tierra vieja y a olvido.

La cueva que había sido su hogar durante veintitrés años.

La cueva que había sido su prisión. La cueva donde había llorado, donde había sangrado, donde había aprendido a sufrir en silencio.

Jen se detuvo en el borde del claro. El corazón le latía con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes. Las manos le temblaban. No de frío. De algo más. De la sensación de estar volviendo a un lugar que conoces demasiado bien y que odias demasiado profundo.

Kaeros se detuvo a su lado. No dijo nada. Se quedó ahí, con las sombras moviéndose a su alrededor como un manto silencioso, y esperó.

—Aquí es —dijo Jen, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía.

—Lo sé —respondió Kaeros—. Las sombras lo sienten. Huele a dolor. A mucho dolor.

Jen tragó saliva. El aire del lago le supa a piedra mojada y a musgo húmedo y a algo más oscuro, algo que no podía identificar pero que le erizaba el vello de los antebrazos.

—Vamos —dijo, y la palabra sonó como una orden que se da a sí misma.

Avanzaron hacia la cueva.

La entrada era más pequeña de lo que Jen recordaba.

La boca de piedra apenas medía un metro de alto, lo que obligaba a agacharse para entrar.

Jen se agachó. Kaeros hizo lo mismo, aunque con más dificultad por su altura.

Las sombras se movieron por encima de ellos, colándose por las grietas de la roca como agua por una presa rota.