Fuego de los caídos CAPÍTULO 22 #4
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CAPÍTULO 22 #4

Jen lo observó desde la distancia, sintiendo ese calor en el pecho que todavía le resultaba extraño, como un huésped que ha llegado sin avisar y que ahora se niega a marcharse.

Kaeros era diferente. No físicamente: las mismas cicatrices, los mismos ojos grises, la misma mandíbula tensa.

Pero algo dentro de él había cambiado. Algo que no se podía ver pero que se podía sentir.

Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

*Esto es lo que se siente*, pensó Jen, mirando cómo Kaeros hablaba con los soldados y cómo las sombras se movían a su alrededor con esa calma nueva que era marca de la purificación.

*Esto es lo que se siente cuando alguien decide luchar.

No por poder. No por venganza. Sino por algo más profundo. Algo más suyo.*

*Algo que tiene un nombre.*

*Y ese nombre es esperanza.*

Se acercó a él. Kaeros la vio venir y algo en su expresión cambió: los ojos grises se suavizaron, la mandíbula se relajó ligeramente, las sombras se movieron hacia ella como animales que reconocen a alguien.

—Bien —dijo Jen—. ¿Y ahora qué?

—Ahora —respondió Kaeros, con una voz que ya no tenía nada de comandante—, nos preparamos. Tres días. Seiscientos soldados. Seis comandantes. Un ejército que viene a destruirnos.

—¿Y podemos ganar? —preguntó Jen.

Kaeros la miró un momento largo. Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre. El agua dentro de Jen vibraba con la proximidad de su cuerpo.

—No lo sé —respondió Kaeros, con una honestidad que le supo a sangre—. Pero sé que vamos a intentarlo. Y sé que no estamos solos.

Jen miró a su alrededor. Gorath estaba de pie junto a una mesa, señalando un mapa con los dedos regordetes y explicando algo a un grupo de soldados que asentían con gravedad.

El elfo mayor de pelo blanco hablaba con un par de artesanos que prometían fabricar armas antes del amanecer.

La mujer joven de los ojos grandes limpiaba sus lágrimas con el dorso de la mano y ayudaba a mover mesas para crear espacio de entrenamiento.

Brokk estaba en su rincón habitual, medio desplomado sobre un barril vacío, con una copa de cerveza en la mano y las tres trenzas de la barba reposando sobre el pecho.

*No estamos solos*, pensó Jen. *Por primera vez en mi vida, no estoy sola.*

—Malachi —dijo Jen de repente.

—¿Qué pasa con Malachi? —preguntó Kaeros.

—Tiene que enterarse. Tiene que saber lo de la resistencia. Tiene que saber que hemos conseguido lo que queríamos.

—Malachi ya lo sabe —respondió Kaeros.

—¿Cómo?

—Porque Malachi siempre sabe. Es su sexto sentido. Su superpoder. Su única habilidad útil aparte de beber cerveza y hacer chistes inapropiados.

Jen casi sonrió. Casi.

—Volvamos a la torre —dijo—. Hay que planear. Hay que entrenar. Hay que...

—Descansar —interrumpió Kaeros, con una firmeza que no admitía réplica—. Primero descansas. Después planeamos. Después entrenamos. Pero primero descansas.

—No tengo tiempo para descansar.

—Tienes tres días. Tres días es mucho tiempo si lo usas bien.

—¿Y qué es usarlo bien?

Kaeros la miró. Y por primera vez desde que Jen lo conocía, la sonrisa que esbozó no era fría ni distante ni irónica. Era una sonrisa pequeña, cansada, como la primera grieta en una pared que lleva siglos sin reparar. Pero estaba ahí.

—Pasar tiempo conmigo —respondió Kaeros—. Porque si vamos a morir en tres días, al menos que muramos habiendo pasado tiempo juntos.

—No vamos a morir —dijo Jen.

—No vamos a morir —confirmó Kaeros.

Y se fueron de la panadería juntos, con el sol de la mañana calentándoles la cara y el peso de tres días aplastándoles los hombros y la certeza de que, por primera vez en cuatrocientos años, algo estaba cambiando en el mundo.

No sabían qué.

No sabían cómo.

Solo sabían que el ejército venía.

Y que ellos, por primera vez, iban a luchar juntos.

Detrás de ellos, en el sótano de la panadería, Brokk se quedó solo. Las cincuenta personas habían subido las escaleras, dejando tras de sí el olor a sudor y a cerveza vieja y a la determinación acumulada de personas que llevan demasiado tiempo esperando algo que por fin había llegado.

Brokk bebió el último trago de cerveza. Dejó la copa vacía sobre el barril. Se quedó mirando la puerta por la que Jen y Kaeros habían salido, con la expresión de alguien que ha visto algo que no puede olvidar.

—Mira por donde —susurró para sí mismo, con una voz que sonaba a alivio y a esperanza y a algo que llevaba ochenta años esperando decir—. Mira por dónde, Edrin. Tu hija ha resultado ser más persona que tú. Y tu arma ha resultado ser más valiente que tu ejército.

Se levantó del barril con un crujido de articulaciones. Se sacudió la túnica. Se ajustó las trenzas de la barba.

—Y ahora —dijo, con una voz que ya no tenía nada de enano borracho—, ahora a beber otra copa. Porque si vamos a salvar el mundo, al menos que lo hagamos con alcohol en la sangre.

Y subió las escaleras del sótano con la determinación de un hombre que ha decidido que el mundo merece ser salvado.

Incluso si el mundo no lo sabe todavía.