CAPÍTULO 24 #2
Cuando Jen desapareció por la puerta de la torre, Kaeros se quedó solo con Malachi en el patio de armas.
El sol de la tarde les calentaba la cara.
Los soldados se movían por las murallas con la parsimonia de quienes preparan algo que no saben cómo preparar.
El olor a metal frío y a humo de chimenea impregnaba el aire.
Malachi lo miró. La sonrisa torcida seguía en su sitio, pero debajo de ella había algo que rara vez se veía en Malachi: la preocupación de alguien que sabe que el peligro es real y que no hay broma que lo disimule.
—Bien —dijo Malachi—. Dime. ¿Qué ha pasado en el lago?
Kaeros se apoyó contra la pared de piedra. Las sombras se movieron a su alrededor con más calma que de costumbre, como animales que han aprendido a no temer a su dueño.
—Ya te hemos hecho un resumen. La madre de Jen está muerta —dijo Kaeros—. Nerithim. Ese es su nombre. El Conquistador la mató. Para darle a Edrin un motivo. Para convertirlo en un arma contra nosotros.
Malachi no se movió. No dijo nada durante un momento largo. Luego, con una voz que ya no tenía nada de humorística, preguntó:
—¿Edrin sabe?
—Edrin sabe —confirmó Kaeros—. Sabe que su esposa está muerta. Sabe que nosotros éramos en el lago. Sabe que el Conquistador quiere que nos mate.
—Entonces viene —dijo Malachi, con la voz de alguien que ha visto demasiadas guerras y que sabe exactamente qué significa eso.
—Edrin viene —confirmó Kaeros—. Junto al ejército. Junto a los seiscientos soldados. Junto a todo lo que el Conquistador ha reunido contra nosotros.
Malachi se quedó en silencio durante un momento largo. El viento soplaba entre las almenas, trayendo el olor a hierba húmeda y a tierra mojada. Los soldados se movían por las murallas con la parsimonia de quienes preparan algo que no saben cómo preparar.
—Bien —dijo Malachi, con una voz que pretendía ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—. Entonces nos preparamos. Tres días. Seiscientos soldados. Seis comandantes. Y un traidor con ganas de venganza. Nada que no hayamos visto antes.
—Sí lo hemos visto —respondió Kaeros—. Seis veces. Y nos fue justo.
—Las seis veces no teníamos a Jen —respondió Malachi—. Las seis veces no teníamos a la niña del agua. No teníamos a alguien capaz de purificar tus sombras.
Kaeros casi sonrió, pudo considerarse un leve espasmo.
—Malachi...
—¿Qué?
—Gracias. Por quedarte. Por cuidar el reino. Por no emborracharte del todo.
—Me he emborrachado un poco —admitió Malachi, con una sonrisa que era mitad vergüenza y mitad orgullo—.
Solo un poco. Lo justo para sobrevivir a tres días de burocracia sin cerveza.
¿Sabes lo que es gestionar un reino sin cerveza?
Es como nadar sin agua. Es como respirar sin aire.
Es como vivir sin bromas. Es insoportable.
—Malachi...
—¿Qué?
—Eres el mejor amigo que he tenido en cuatrocientos años.
Malachi parpadeó. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir. Luego la sonrisa torcida volvió, más amplia que nunca, más honesta que nunca, más cálida que nunca.
—Claro que sí —respondió Malachi—. Soy tu único amigo. Ser el mejor de uno es fácil. Es como ser el más alto de un grupo de enanos. No tiene mérito.
—Malachi...
—¿Qué?
—Cállate.
—Me callo.
No se calló. Nunca se callaba. Pero Kaeros lo seguía intentando.
La preparación de Drakheim empezó esa misma tarde.
Kaeros convocó a los soldados en el patio de armas.
Eran doscientos. No muchos, comparados con los seiscientos que se acercaban.
Pero eran los mejores de Draevorn: guerreros curtidos en siglos de batallas contra bandidos y bestias y el ejército regular del Conquistador que patrullaba las fronteras.
Tenían armaduras de hierro negro, espadas de acero forjado en las fraguas de Drakheim y esa expresión de quienes saben que van a morir pero que han decidido que la muerte es preferible a la rendición.
Jen apareció en el patio de armas con la túnica gris de siempre y el colgante de Nerithim brillando contra su pecho.
No había cambiado de ropa. No se había lavado la cara.
No se había peinado el pelo. Pero había algo diferente en ella: una determinación que no había tenido antes, una firmeza en la mirada, una rectitud en la espalda que sugería que algo dentro de ella se había roto y se había reconstruido con más fuerza que antes.
Los soldados la miraron cuando entró en el patio. No con hostilidad. No con desconfianza. Con curiosidad. La misma curiosidad que habían mostrado cuando Kaeros había dicho, delante de todos, que Jen era su aliada y que quien la tocara tendría que pasar por él.
—Bien —dijo Kaeros, subiendo a una plataforma de piedra que servía de tribuna—. Escuchad.
Los doscientos soldados se callaron. El silencio que llenó el patio de armas fue tan profundo que Kaeros pudo oír el crepitar de las antorchas y el sonido del viento entre las almenas.
—En tres días —continuó Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—, un ejército llegará a Drakheim.
Seiscientos soldados. Seis comandantes. Vinieron a destruirnos.
Vinieron a matarnos. Vinieron a acabar con todo lo que hemos construido durante cuatrocientos años.
Los soldados no se movieron. No murmuraron. No intercambiaron miradas. Se quedaron inmóviles, con las espadas desenvainadas y las caras de piedra y los ojos fijos en Kaeros con una intensidad que era más poderosa que cualquier discurso.
—Pero no vienen solos —continuó Kaeros—. Vienen con una orden del Conquistador. Una orden que dice que yo soy un traidor. Que Jen es una amenaza. Que Draevorn se ha rebelado. Y que hay que acabar con nosotros antes de que el resto del continente se contagie.
Hizo una pausa. El silencio era absoluto.
—Os voy a decir la verdad —dijo Kaeros, con una voz más baja—. La verdad que el Conquistador no quiere que sepáis. La verdad que llevo cuatrocientos años escondiendo. La verdad que me ha costado todo lo que tengo.
Los soldados no se movieron. No dijeron nada. Solo esperaron.
—El Conquistador me controla —dijo Kaeros—. Desde hace cuatrocientos años. Desde que acepté la inmortalidad. Su voluntad fluye por mis venas como niebla. Su poder se mueve por mis sombras como un parásito. Y durante cuatrocientos años, he obedecido. No porque quisiera. Porque no podía evitarlo.
El murmullo que recorrió el patio fue más suave que el que había habido en el sótano de la panadería. No era indignación. No era enfado. Era algo más parecido a la comprensión.
—Pero ahora —continuó Kaeros, con una voz más firme—, algo ha cambiado. Algo dentro de mí. Algo que el Conquistador no esperaba. Las sombras se han calmado. Su control se ha debilitado. Y ahora puedo elegir. Por primera vez en cuatrocientos años, puedo elegir no obedecer.
Hizo una pausa. El silencio era absoluto.
—Y he elegido luchar —dijo Kaeros—. Contra él. Contra el Conquistador. Contra el ejército que se acerca. Contra cuatrocientos años de mentiras. Por vosotros. Por Draevorn. Por la libertad.
El murmullo que recorrió el patio fue más intenso que antes. Los soldados intercambiaron miradas, murmuraron entre sí, movieron las cabezas con esa expresión que estaba a medio camino entre la duda y la determinación.
—Pero no puedo hacerlo solo —continuó Kaeros—.
Necesito vuestra ayuda. Necesito vuestras espadas.
Necesito vuestra lealtad. Necesito que luchéis conmigo, no contra mí.
Necesito que creáis en algo que no habéis creído nunca: que el tirano de Draevorn es, por primera vez en cuatrocientos años, vuestro aliado.
El silencio se alargó. Un segundo. Dos. Cinco. Cada uno de ellos eterno, cada uno de ellos cargado de una tensión que hacía que el aire fuera tan denso que Kaeros podía casi sentirlo.
Y entonces un soldado levantó la espada.
Era un hombre joven, con la cara marcada por cicatrices que sugerían que había visto más batallas que cumpleaños. Levantó la espada hacia el cielo con un gesto que era mitad saludo y mitad promesa y gritó, con una voz que resonó en el patio como un trueno:
—¡Por Draevorn!
Otros soldados siguieron su ejemplo. Uno a uno, como velas encendiéndose en una habitación oscura, las espadas se levantaron hacia el cielo. Doscientas espadas. Doscientas voces. Doscientas promesas.
—¡Por Draevorn! —gritaron los soldados.
—¡Por Draevorn! —repitió Kaeros, con una voz que ya no sonaba como la del tirano sino como la de un hombre que ha decidido, por primera vez en cuatrocientos años, que merece algo mejor que la soledad.
Jen se acercó a él. Las sombras se movieron hacia ella, como animales que reconocen a alguien. El agua dentro de ella vibró con la proximidad de su cuerpo.
—Bien —dijo Jen, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme—. Ahora las murallas. Las trincheras. Las catapultas. Las barricadas. Todo lo que necesitemos para defender la ciudad.
—Ya lo estamos haciendo —respondió Kaeros—.
Malachi ha empezado esta mañana. Ha organizado a los artesanos, a los herreros, a los carpinteros.
Ha mandado construir barricadas en las calles principales.
Ha ordenado que llenen los pozos con agua.
Ha dicho que si el ejército quiere entrar en Drakheim, va a tener que nadar.
Jen casi sonrió. Casi.
—Malachi es Malachi —dijo.
—Malachi es Malachi —confirmó Kaeros—. Y es exactamente lo que necesitamos.
Alguien que haga reír a la gente cuando todo lo demás se cae a pedazos.
Alguien que convierta el miedo en determinación.
Alguien que diga "vamos a hacer una barbacoa con los huesos del emisario" y que lo diga con la seriedad de alguien que realmente planea hacerlo.
—¿Y tú? —preguntó Jen—. ¿Tú qué eres?
Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la luz de la tarde, brillando como plata fundida. Las sombras se movían a su alrededor con más calma que de costumbre.