Fuego de los caídos CAPÍTULO 16 #3
48%

CAPÍTULO 16 #3

El silencio que siguió fue tan profundo que Brokk pudo oír el crepitar de las antorchas y el sonido lejano del horno de arriba y el latido de su propio corazón.

—La condena se mantiene —repitió Gorath, con una voz que ya no temblaba—. Jen Delay será ejecutada al amanecer. Y tú, Brokk, serás juzgado por traición si vuelves a hablar en su defensa.

Brokk miró a Gorath un momento largo. Luego dejó la copa de cerveza sobre el barril con un golpe seco.

—Haced lo que queráis —sentenció, con una voz que ya no tenía nada de enano borracho—. Pero cuando esto termine, cuando el Conquistador os haya usado y tirado como hace con todos, recordad que hubo una chica de veintitrés años que os dijo la verdad. Y que vosotros la matasteis por ello.

Y salió del sótano sin mirar atrás.

Jen se quedó de pie en el centro del círculo, con las manos a los lados y la espalda recta, mientras los miembros de la resistencia la rodeaban con caras de indignación y de miedo y de algo que se parecía peligrosamente a la vergüenza.

No dijo nada. No se defendió. No pidió clemencia.

Solo pensó en el beso.

En los labios de Kaeros, fríos como la piedra de las montañas, pero con algo cálido debajo, algo vivo, algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

En las sombras que se cerraron alrededor de los dos como un capullo, cálidas, protectoras, como un abrazo de oscuridad.

En la marca del pecho que brilló cuando las sombras la envolvieron, no con frialdad sino con calor.

En el helado de fresa que todavía sabía en su lengua.

Y pensó en sus padres.

En el padre que la golpeaba con un palo. En la madre que la entrenaba hasta que los dedos le sangraban. En los dos que la miraban como una herramienta y no como una hija

El agua dentro de ella hirvió.

No de miedo. No de tristeza. De rabia. Una rabia fría, profunda, como el agua de un lago en invierno.

Una rabia que no iba dirigida a Kaeros, que nunca había sido su enemigo.

Una rabia que iba dirigida a sus padres, que la habían usado.

A la resistencia, que la había traicionado.

Al Conquistador, que la había marcado. A todos los que la habían tratado como una herramienta en lugar de como una persona.

*Merecía un helado de fresa*, pensó Jen, y la idea le supo a algo que no sabía nombrar.

*Merecía un padre que no me golpeara. Merecía una madre que me cantara canciones de cuna en lugar de cadenas.

Merecía una infancia con amigos y juegos y risas.

Merecía todo eso. Y me lo quitaron. Me lo quitaron y me dijeron que era por mi bien.

Me lo quitaron y me dijeron que era mi propósito.

Me lo quitaron y me dijeron que era un sacrificio. *

*No era un sacrificio. Era un robo.*

*Y ahora me van a matar por haber besado a la única persona que me ha devuelto algo de lo que me quitaron.*

Jen cerró los ojos. La imagen de Kaeros apareció detrás de sus párpados, con sus ojos grises y su sonrisa triste y sus sombras moviéndose alrededor de él como un manto vivo.

*Si esta es la última noche que paso en este mundo*, pensó Jen, *al menos paso sabiendo que el helado de fresa sabe a algo bueno. Al menos paso sabiendo que las sombras pueden ser cálidas. Al menos paso sabiendo que alguien, en algún momento, me vio como una persona y no como un arma.*

*Y eso es más de lo que nunca esperé tener.*

Jen abrió los ojos. Miró a los treinta miembros de la resistencia que la rodeaban. Miró a Gorath, con su barriga y su vino y su expresión de quien cree tener razón. Miró al elfo mayor, con su cara de piedra y su resentimiento. Miró a la mujer joven, con sus ojos grandes y sus lágrimas.

Y dijo, con una voz que no temblaba:

—Haced lo que queráis. Pero recordad esto: cuando el Conquistador venga y os mate, como hace con todos, recordad que yo os dije la verdad. Y que vosotros me matasteis por ello.

Las mismas palabras de Brokk. Las mismas que ella había dicho sin saber que Brokk las había dicho antes. Como si la verdad fuera un eco que rebota entre las paredes de una cueva y que nunca se apaga del todo.

Los guardias la agarraron por los brazos.

Jen no se resistió. Se dejó llevar por el sótano, por la escalera, por la panadería, por la calle.

El sol de la mañana le golpeaba la cara.

El aire olía a pan caliente y a humo de chimenea.

Y en algún lugar de Drakheim, en una torre de cristal negro, un hombre de cuatrocientos años miraba al horizonte con la cara de alguien que busca algo que ya no existe.

*Kaeros*, pensó Jen, usando el nombre real de Kaeros por primera vez en su cabeza. *Ojalá supiera tu nombre real. Nos merecemos algo mejor que esto.*

Los guardias la llevaron hacia las mazmorras que escondían debajo de la panadería.

Jen caminó con la espalda recta y los ojos secos.

Y el agua dentro de ella hirvió de rabia, no contra el hombre que la había besado, sino contra el mundo que la había obligado a necesitar ese beso para sentirse viva.

Una sombra tocó su tobillo un instante, solo uno. Y Jen deseó que fuera él.