CAPÍTULO 17
“El agua y la sombra”
Kaeros llegó a las mazmorras como una tormenta.
Las sombras lo precedieron, entrando por las rendijas de la puerta como serpientes negras, enroscándose en los barrotes, trepando por las paredes, llenando cada rincón con una oscuridad que era más densa que la noche.
Los guardias de la resistencia, los mismos que habían escoltado a Jen hasta la celda, retrocedieron con los ojos muy abiertos y las manos temblando sobre las empuñaduras de sus espadas.
No sirvió de nada.
Las sombras los alcanzaron como dedos largos y fríos, envolviéndolos, comprimiéndolos, empujándolos contra las paredes con una fuerza que no dejaba espacio para la resistencia. Los hombres cayeron al suelo, aturdidos, con la respiración cortada y el terror grabado en los rostros.
Kaeros pasó entre ellos sin mirarlos.
Las puertas de las celdas se abrieron antes de que él las tocara.
Las cerraduras se rompieron como ramas secas.
Los barrotes se doblaron como alambres. Las sombras obedecían su voluntad con una precisión que era mitad poder y mitad rabia, porque Kaeros estaba furioso.
No la furia fría y contenida del comandante que gobierna Draevorn.
La furia caliente y salvaje de un hombre que ha descubierto que alguien a quien ama está a punto de morir.
La encontró en la última celda.
Jen estaba sentada en el suelo de tierra, con las rodillas contra el pecho y las cadenas en las muñecas.
Las cadenas eran de hierro, gruesas, oxidadas, con eslabones que le habían dejado marcas rojas en la piel.
Tenía el pelo enmarañado, la cara sucia, los ojos hinchados por el llanto que no había querido delante de la resistencia.
Pero cuando vio a Kaeros, sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, cansada, como la primera luz del amanecer después de una noche larga.
Pero estaba ahí. Y Kaeros la vió y sintió que algo dentro de él se rompía y se reconstruía al mismo tiempo, como un muro que se derrumba y que alguien decide reconstruir inmediatamente, piedra a piedra, con más cuidado que antes.
—Has venido —dijo Jen, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía.
—Las sombras me lo dijeron —respondió Kaeros, arrodillándose frente a ella con una parsimonia que contrastaba con la violencia del rescate—. Me dijeron que la resistencia te iba a matar. Y yo...
Se detuvo. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.
—¿Y tú? —preguntó Jen.
—Y yo no podía permitirlo —terminó Kaeros, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. No después del lago. No después del helado. No después del beso.
Jen no dijo nada. Se quedó mirándolo con esos ojos del color del cielo nublado que le habían visto todo: el dolor, la soledad, la esperanza, el beso.
Kaeros sacó un cuchillo del cinto. Las sombras se movieron alrededor de él, ayudándolo, guiando la hoja hacia los eslabones de las cadenas. El metal crujión y se partió con un sonido seco, como un hueso rompiéndose. Las cadenas cayeron al suelo con un tintineo lastimero.
Jen se miró las muñecas. Las marcas rojas brillaban bajo la piel como brasas.
—Puedes irte —dijo Kaeros, guardando el cuchillo—. Puedes irte de Drakheim. Puedes irte de Draevorn. Puedes irte de Elyrion. Nadie te detendrá.
Jen lo miró. Luego miró las puertas abiertas de la celda. Luego miró las cadenas rotas en el suelo. Luego volvió a mirar a Kaeros.
—No quiero irme —respondió.
—¿Por qué?
—Porque aquí estás tú.
El silencio que siguió fue tan denso que Kaeros pudo oír el latido de su propio corazón.
—Ven —dijo, tendiéndole la mano—. Vamos a casa.
Jen tomó su mano. Los dedos de ella eran pequeños, fríos, con las uñas rotas y los nudillos marcados. Los dedos de él eran grandes, callosos, con cicatrices de quemaduras antiguas. Las dos manos se encajaron como piezas de un puzzle que ha estado separado durante demasiado tiempo.
Y Kaeros la llevó a su torre.
Los aposentos de Kaeros eran exactamente lo que Jen esperaba: espartanos, oscuros, con la misma austeridad que el resto de su vida.
Una cama de madera con sábanas grises. Un arcón con su ropa.
Una mesa con mapas. Una estantería con libros de estrategia.
Nada personal. Nada que lo delatara como ser humano.
Excepto una cosa.
En la mesilla de noche, junto a la vela que parpadeaba débilmente, había un dibujo. Un dibujo viejo, amarillento, con los bordes desgastados por el paso de los siglos. Era el retrato de una mujer joven, con los ojos del color de la miel y una sonrisa que iluminaba la cara como un sol pequeño.
Aelith.
Jen lo vio y no dijo nada. Se quedó mirando el dibujo durante un momento largo, sintiendo que algo dentro de ella se movía, algo cálido y doloroso que se parecía a la comprensión.
—Es ella —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. La única imagen que me queda.
Jen apartó la vista del dibujo y miró a Kaeros. Los ojos grises la encontraron en la penumbra, brillando como plata fundida bajo la luz de la vela.
—Gracias —dijo Jen—. Por venir a buscarme.
—No me lo agradezcas —respondió Kaeros—. Las sombras me dijeron que estabas en peligro. Y yo no puedo permitir que te pase algo. No después de...
Se detuvo. Las palabras se le atascaron en la garganta.
—¿No después de qué? —preguntó Jen.
—No después de haberte encontrado —terminó Kaeros, con una voz más baja que nunca—. He pasado cuatrocientos años buscando algo que no sabía qué era. Y ahora que te he encontrado, no pienso dejar que me lo quiten.
Jen sintió que el corazón se le aceleraba.
—Kaeros...
—Thalion —la interrumpió él—. Mi nombre es Thalion. Quiero que me llames así.
—Thalion —repitió Jen, y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar—. Thalion. ¿Puedes...? ¿Puedes curarme las muñecas?
Thalion miró las marcas rojas en las muñecas de Jen.
Las cadenas habían dejado surcos profundos en la piel, zonas donde el hierro había rozado tanto que la carne estaba al descubierto, rosada y dolorida.
El agua dentro de Jen vibraba con cada latido del corazón, como si quisiera salir pero no supiera cómo.
—Sí —respondió Thalion, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. Puedo.
Se sentó en el borde de la cama. Jen se sentó a su lado. El espacio entre ellos era de unos centímetros, lo suficiente para sentir el calor del cuerpo del otro sin llegar a tocarlo.
Thalion tomó la mano izquierda de Jen con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes y callosas. La sostuvo como si fuera de cristal, con los dedos apenas rozando la piel, y empezó a mover las sombras.
Las sombras emergieron de sus manos como hilos de seda negra, envolviendo las muñecas de Jen con una suavidad que era casi cariñosa.
No eran las sombras del templo, que eran raíces brutales y poderosas.
Eran sombras suaves, cuidadosas, como las manos de un curandero que sabe exactamente dónde presionar y dónde dejar espacio.
Jen sintió un cosquilleo en las muñecas. El dolor empezó a retroceder, como una marea que se retira de la orilla. Las sombras no curaban la herida, la contenían, formando una capa protectora sobre la piel dañada que impedía que la infección se extendiera.
—Gracias —susurró Jen.
—No me lo agradezcas —respondió Thalion, sin dejar de trabajar—. Las sombras hacen lo que yo les digo. Y yo les digo que te protejan.
Jen sintió que algo dentro de ella se movía. No era el agua. No era la marca. Era algo más profundo, más antiguo, algo que había estado dormido durante mucho tiempo y que ahora despertaba, como una flor que abre sus pétalos después de un invierno largo.
—Thalion —dijo Jen.
—¿Qué?
—¿Puedes...? ¿Puedes curar el resto?
Thalion la miró. Los ojos grises recorrieron su cuerpo, no con lascivia sino con preocupación: las marcas en los hombros donde las cadenas la habían sujetado, los rasguños en los brazos donde los guardias la habían agarrado, la mancha de sangre seca en la túnica donde una herida se había abierto durante el traslado.
—Sí —respondió, con una voz que sonaba rota—. Pero tendrás que...
—Lo sé —interrumpió Jen, con una voz que ya no temblaba—. Tendré que quitarme la túnica.
Thalion no dijo nada. Se quedó mirándola con esos ojos grises que parecían plata fundida bajo la luz de la vela.
Jen se quitó la túnica.
No hubo coquetería. No hubo juego. No hubo nada de lo que los cuentos hablan cuando hablan de mujeres que se desnudan delante de hombres.
Fue un gesto práctico, funcional, como quien se quita una chaqueta porque hace calor.
La túnica cayó al suelo, y Jen se quedó en camisola, con los hombros descubiertos y las marcas de las cadenas brillando bajo la piel como brasas.
Thalion no se movió durante un momento largo. Sus ojos grises recorrieron la piel de Jen con una intensidad que era mitad preocupación y mitad algo más profundo, algo que estaba debajo de la preocupación y que no necesitaba ser nombrado para ser real.
—Las sombras —dijo Thalion, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro—. Necesitan contacto directo. Para curar.
—Lo sé —respondió Jen.
Thalion extendió las manos. Las sombras emergieron de sus dedos como hilos de seda negra, moviéndose con una lentitud deliberada hacia los hombros de Jen.
Cuando las sombras tocaron su piel, Jen sintió un escalofrío que no era de frío.
Era de algo más. Algo cálido. Algo que se parecía peligrosamente al reconocimiento.
Las sombras se movieron sobre su piel como dedos de terciopelo, acariciando las marcas, envolviendo los hombros, bajando por los brazos hasta las muñecas.
Donde las sombras tocaban, el dolor retrocedía.
Donde las sombras tocaban, la piel se suavizaba.
Donde las sombras tocaban, algo dentro de Jen se movía, algo cálido y líquido, como agua que busca salida.
—El agua —susurró Jen—. Siento el agua.
—Déjala salir —respondió Thalion—. Déjala que limpie.