CAPÍTULO 16 #2
—La resistencia ha decidido —sentenció, con una voz que pretendía ser solemne y sonaba a sentencia—.
Jen Delay, hija de los héroes del Lago Espejo, has traicionado a la causa.
Has besado al enemigo. Has revelado secretos de la resistencia.
Has acusado a tus propios padres de farsantes.
Y has rechazado la oportunidad de defenderte.
Hizo una pausa. El silencio era absoluto.
—Por estos crímenes —continuó Gorath—, la resistencia te condena a muerte.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo.
Jen no se movió. No parpadeó. No apartó la vista.
Se quedó mirando a Gorath con la misma expresión neutra que había mantenido durante toda la conversación, como si la palabra "muerte" fuera tan relevante como la palabra "pan" o "mesa" o "cielo".
—¿No tienes nada que decir? —preguntó Gorath, con una voz que pretendía ser compasiva y sonaba a impaciencia.
Jen lo miró. Miró a Gorath. Miró al elfo mayor. Miró a la mujer joven. Miró a los treinta miembros de la resistencia que la rodeaban con caras de indignación y de miedo y de algo que se parecía peligrosamente a la vergüenza.
Y entonces habló.
—Tengo algo que decir —dijo Jen, con una voz que ya no temblaba—. Pero no es para vosotros. Es para mí.
El silencio era absoluto.
—He besado a Kaeros —dijo Jen—. Y no me arrepiento.
He sentido sus sombras alrededor de mí, cálidas, protectoras, como un abrazo de oscuridad.
He sentido su marca debilitarse cuando sus labios tocaron los míos.
He sentido el agua dentro de mí vibrar con una intensidad que no había sentido nunca.
Y he sentido, por primera vez en mi vida, que alguien me veía.
No como un arma. No como una herramienta.
Sino como una persona que merece un helado de fresa.
El silencio seguía siendo absoluto.
—Si eso es traición —continuó Jen—, entonces soy una traidora. Si eso es crimen, entonces soy una criminal. Si eso merece la muerte, entonces matadme. Pero no me pidáis que me arrepienta de lo único bueno que me ha pasado en veintitrés años.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el crepitar de las antorchas y el sonido lejano del horno de arriba y el latido de su propio corazón.
Y entonces Brokk habló.
—Esperad.
La voz del enano resonó en el sótano como un trueno en una botella.
Todos se giraron. Brokk estaba en el rincón más alejado del sótano, medio escondido detrás de un barril vacío, con una copa de cerveza en la mano y las tres trenzas de la barba reposando sobre el pecho.
No había dicho nada durante toda la conversación.
Se había quedado en silencio, bebiendo su cerveza, observando la escena con esos ojos de miel vieja que parecían leer más de lo que deberían.
Pero ahora hablaba.
—Esperad —repitió Brokk, levantándose del barril con un crujido de articulaciones—. Antes de que la condenéis, quiero decir algo.
Gorath lo miró con una expresión que era mitad impaciencia y mitad algo más oscuro.
—¿Qué quieres, Brokk? —preguntó, con un tono que pretendía ser calmado y sonaba a fastidio.
—Quiero decir que esta chica —respondió Brokk, señalando a Jen con la copa de cerveza— es la persona más valiente que he conocido en ochenta años de vida.
El silencio que siguió fue más profundo que todos los anteriores.
—¿Valiente? —repitió Gorath, con una incredulidad que le hacía subir el tono—. ¿Valiente? ¿La traidora que ha besado al tirano?
—La traidora —respondió Brokk, con una voz que ya no tenía nada de humorística— que ha dicho la verdad delante de treinta personas que no quieren oír la verdad.
La traidora que ha acusado a sus propios padres de ser monstruos delante de un grupo de gente que los venera como héroes.
La traidora que ha rechazado la oportunidad de mentir para salvar su pellejo. Esa traidora. Esa valiente.
Gorath abrió la boca para responder, pero Brokk se adelantó.
—Yo la conozco —continuó el enano, con una voz que sonaba a algo que no sabía nombrar pero que se parecía peligrosamente al orgullo—.
La conozco desde que llegó a Drakheim con su túnica gris y sus manos huesudas y su cara de "no sé dónde estoy, pero voy a seguir caminando".
La he visto en la taberna, bebiendo agua mientras el mundo a su alrededor se caía a pedazos.
La he visto buscar a un contacto que se había mudado a Valcorin sin avisar.
La he visto perderse por los pasillos de Drakheim como un ratón en un laberinto.
Y la he visto, cada mañana, levantarse y seguir adelante, a pesar de que todo lo que le habían contado sobre sí misma era mentira.
Brokk hizo una pausa. Bebió un trago de cerveza. Luego continuó.
—Jen no es una traidora —sentenció, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—.
Jen es la única persona en esta sala que ha dicho la verdad.
La única que ha mirado a Kaeros y ha visto a un hombre, no a un monstruo.
La única que ha mirado a sus padres y ha visto a personas que la usaron, no a héroes que la amaron.
Jen es lo mejor que le ha pasado a esta resistencia en años.
Y si la matáis, perderéis lo único bueno que tenéis.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar.
Gorath miró a Brokk. Miró a Jen. Miró a los treinta miembros de la resistencia que rodeaban el círculo con caras que oscilaban entre la duda y la indignación.
—La condena se mantiene —sentenció, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme—. Jen Delay será ejecutada al amanecer.
Brokk apretó los puños. La copa de cerveza tembló en su mano.
—Sois unos idiotas —espetó, con una voz que ya no tenía nada de humorística—.
Todos. Cada uno de vosotros. Sois idiotas porque creéis que matar a una chica de veintitrés años va a solucionar vuestros problemas.
Sois idiotas porque creéis que la resistencia lucha contra el Conquistador cuando trabaja para él.
Sois idiotas porque creéis que los padres de Jen son héroes cuando son monstruos.
Y sois idiotas porque creéis que Kaeros es el enemigo cuando el verdadero enemigo está aquí, en esta sala, sentado en una silla que crujía bajo su peso mientras mastica pollo y habla del destino del mundo.
Gorath palideció.
—Brokk...
—No —interrumpió el enano, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—.
No me digas "Brokk" con esa cara. He llevado ochenta años callándome la boca y bebiendo cerveza para no decir lo que pienso.
Pero hoy he decidido que la cerveza no es suficiente.
Hoy he decidido que la verdad es más importante que la comodidad.
Y la verdad es que Jen tiene razón. En todo. En cada palabra que ha dicho.