CAPÍTULO 12 #2
—Todas acaban igual —dijo, con una voz más baja—.
Todos mueren. Todos. Los líderes, los soldados, los simpatizantes, los que creen en la causa y los que solo quieren un salario.
Todos mueren. Porque el Conquistador no tolera la desobediencia.
Y cuando una resistencia falla, el Conquistador no castiga a los líderes.
Castica a todos. Quema pueblos. Envenena pozos.
Desaparece familias. Para que la próxima vez que alguien piense en rebelarse, mire a su alrededor y recuerde lo que pasó la última vez.
Jen sintió que el estómago se le cerraba como un puño.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú las acabas? ¿O las deja el Conquistador?
Kaeros la miró un momento largo. Luego respondió, con una voz que ya no tenía nada de comandante:
—Yo las acabo. Porque si no lo hago, las acaba él. Y cuando las acabo yo, al menos puedo elegir cómo. Puedo minimizar el daño. Puedo salvar a algunos. No a todos. Pero a algunos.
Jen no dijo nada. Se quedó mirando al lago, sintiendo que las palabras de Kaeros le llegaban como piedras cayendo en un pozo: una a una, lentas, pesadas, con un sonido que retumbaba en la distancia.
*Seis resistencias*, pensó. *Seis grupos de personas que creyeron en algo y que murieron por ello. Y Kaeros las acabó a todas. No porque quisiera. Porque era lo único que podía hacer.*
—¿Por qué? —preguntó Jen, y la pregunta le salió del alma sin que pudiera detenerla.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no te rebelas tú? ¿Por qué no luchas contra el Conquistador? ¿Por qué aceptas ser su perro?
Kaeros no respondió durante un momento largo. El viento soplaba entre los pinos, trayendo el olor a resina y a tierra húmeda. El lago estaba inmóvil, como si contuviera la respiración.
—Porque me quitó algo —dijo al fin, con una voz que sonaba como si le hubieran arrancado las palabras de la garganta—. Algo que no puedo recuperar. Algo que me mantuvo vivo durante cuatrocientos años. Algo que...
Se detuvo. Apretó los puños sobre los muslos. Los nudillos se le pusieron blancos.
—Algo que ya no recuerdo —murmuró—. Esa es la peor parte. No es que me lo quitara. Es que me hizo olvidar que lo tenía.
Jen lo miró. La cara de Kaeros era un mapa de dolor: las cicatrices que surcaban su piel como ríos secos, los surcos de cansancio bajo los ojos, la tensión de la mandíbula que nunca se relajaba del todo.
Pero debajo de todo eso, debajo de la dureza y la frialdad y los cuatrocientos años de soledad, había algo que Jen reconocía.
Algo que ella misma sentía cada vez que miraba el cartel del helado en la pared de la cueva.
El dolor de desear algo que ya no existe.
—Kaeros —dijo Jen, con una voz que sonó más suave de lo que pretendía.
—¿Qué?
—¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Por qué no me encierras? ¿Por qué no me entregas al Conquistador? ¿Por qué me dejas sentada aquí, en tu lago, escuchándote hablar de resistencias y de muerte y de cosas que no debería saber?
Kaeros la miró. Y por primera vez desde que Jen lo conocía, la sonrisa que esbozó no era fría ni distante ni irónica. Era una sonrisa triste, como una vela que se apaga pero que todavía humea.
—Porque tú eres la primera persona en cuatrocientos años que me ha dicho la verdad —respondió—. Sin pedirme nada. Sin esperar nada. Solo la verdad. Y yo llevo cuatrocientos años sin que nadie me diga la verdad.
Jen sintió que los ojos se le humedecían.
—¿Y por qué te importa la verdad? —preguntó—. ¿No eres el tirano de Draevorn? ¿No eres el monstruo que todos temen?
—Lo soy —respondió Kaeros—. Pero los monstruos también se cansan. Y yo estoy cansado de ser mentira.
Jen no dijo nada. Se quedó mirando al lago, sintiendo que las palabras de Kaeros le llegaban como piedras cayendo en un pozo.
Entonces Kaeros preguntó:
—¿Por qué quieres matarme?
La pregunta le golpeó como un puñetazo. Jen abrió la boca. La cerró. La abrió de nuevo.
—Porque me enseñaron que eres el enemigo —respondió, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—. Porque me dijeron que, si te mataba, el mundo sería libre. Porque mis padres me entrenaron durante años para ese propósito. Porque es lo único que sé hacer.
Las palabras salieron de su boca como un mecanismo, como una máquina que repite lo que le han programado. Jen las dijo con la convicción de alguien que ha repetido una mentira tantas veces que ya no sabe que es mentira.
Pero en su cabeza, en algún lugar profundo de su mente donde la verdad vive sin permiso de nadie, otra voz respondió:
*Miento. No quiero matarte. Nunca he querido matarte.
Quiero saber cómo se siente que alguien te comprenda.
Quiero saber cómo se siente estar sentada junto a alguien que no te mira como un arma.
Quiero saber cómo se siente tener agua en las manos y no sentirla como una cadena.
Quiero saber cómo se siente ser vista. De verdad.
No como una herramienta. No como un arma. Como una persona.*
*Eso es lo que quiero. Y no sé cómo decirlo.*
Kaeros la miró un momento largo. Luego, con un movimiento que era mitad resignación y mitad algo más tierno, negó con la cabeza.