CAPÍTULO 12
"El lago de los susurros"
El lago estaba escondido en un pliegue de las montañas que rodeaban Drakheim, como una lágrima atrapada en la arruga de una cara vieja.
Jen lo encontró por accidente, o al menos eso creía.
Llevaba una semana en la ciudad, una semana de calles empinadas y tabernas con olor a cerveza rancia y noches en "La Cama Dura" mirando el techo sin dormir, y necesitaba agua.
No el agua del grifo de Drakheim, que sabía a hierro viejo y a siglos de tuberías oxidadas.
Necesitaba agua de verdad. Agua que no perteneciera a nadie.
Agua que no tuviera la marca del Conquistador ni el sabor de la ciudad ni el peso de todo lo que le habían contado sobre sí misma.
Necesitaba el lago.
No el Lago Espejo, que estaba a días de camino y que olía a su infancia y a dolor. Otro lago. Un lago que no conociera. Un lago que no le recordara nada.
Siguió un sendero que salía de Drakheim por la puerta este, un sendero que apenas era un rastro de tierra pisada entre rocas grises y arbustos retorcidos por el viento.
El sendero subía, luego bajaba, luego giraba a la derecha alrededor de un afloramiento de granito negro que parecía un diente de dragón, y de pronto, sin previo aviso, el paisaje se abrió como una cortina que alguien aparta para revelar lo que hay detrás.
El lago.
Era pequeño, apenas un estanque amplio, con las aguas tan quietas que parecían de cristal líquido.
Las montañas se reflejaban en la superficie con una fidelidad casi obscena, como si el lago quisiera demostrar que podía hacerlo mejor que el mundo real.
Los árboles que rodeaban la orilla eran pinos viejos, retorcidos, con las ramas bajas rozando el agua como dedos curiosos.
No había ruido. No había viento. No había nada excepto el agua, los árboles y el silencio.
Y Kaeros.
Estaba sentado en una roca junto a la orilla, con los pies descalzos rozando el agua y las manos apoyadas en los muslos.
No llevaba la túnica negra de comandante.
Vestía una camisa de lino gris, desabotonada en el cuello, con las mangas arremangadas hasta los codos.
El pelo oscuro le caía sobre la frente sin peinar.
Y lo más extraño, lo más inquietante, lo más imposible: no había sombras alrededor de él.
Ninguna.
Las sombras que siempre lo acompañaban, que se movían como un manto vivo, que se arrastraban por las paredes y se enroscaban en los muebles y leían los deseos de las personas, esas sombras no estaban.
Kaeros estaba solo. Sin sombras. Sin poder.
Sin la armadura de oscuridad que llevaba cuatrocientos años construyendo alrededor de sí mismo.
Era, pensó Jen con una claridad que le quitó el aliento, un hombre.
Solo un hombre.
Sentado en una roca, con los pies en el agua, mirando el horizonte con la cara de alguien que ha dejado de buscar pero que no ha dejado de mirar.
Jen se detuvo en el borde del claro. El corazón le latía con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.
Las manos le temblaban. No de frío. De algo más.
De la sensación de estar viendo algo que no debería ver, algo íntimo, algo privado, algo que Kaeros no le había mostrado a nadie en cuatrocientos años.
*Debería irme*, pensó. *Debería dar la vuelta y volver a Drakheim y fingir que no he visto nada. Debería...*
—Puedes quedarte.
La voz de Kaeros le llegó desde la roca, grave, raspada, sin la frialdad habitual. No se había girado. No la había mirado. Simplemente había hablado, como si supiera que ella estaba ahí desde el primer momento.
*Las sombras*, pensó Jen. *Aunque no las vea, siguen aquí. Siguen sintiendo. Siguen escuchando.*
—¿Cómo sabes que estoy? —preguntó Jen, porque no sabía qué otra cosa decir.
—Te huelo —respondió Kaeros, y la respuesta fue tan directa, tan desnuda, que Jen sintió que las mejillas le ardían—. Hueles a agua. A agua fresca. A algo que no huele a Drakheim.
Jen no supo qué hacer con esa información. Se quedó de pie en el borde del claro, con las manos colgando a los lados y el corazón latiéndole con un ritmo que no reconocía.
—Vengo a entrenar —dijo, porque era la verdad y porque la verdad era más fácil que cualquier mentira que pudiera inventar.
—Ya lo sé —respondió Kaeros—. El agua te llama. La siento desde aquí.
Jen avanzó hasta la orilla. Se arrodilló en las rocas mojadas y metió las manos en el lago.
El agua estaba fría, cristalina, con un sabor a mineral y a profundidad que le recordó vagamente al Lago Espejo pero que era diferente: más suave, más antiguo, como si el lago hubiera estado esperando durante siglos a que alguien lo tocara.
Convocó una ola pequeña. El agua se movió bajo sus palmas, obediente, cálida, como un animal que reconoce a su dueño.
Jen cerró los ojos y dejó que el poder fluyera, sin el canto de control de su madre, sin la presión de los años de entrenamiento, sin el peso de la marca en su pecho. Solo ella y el agua.
La ola creció. Se levantó sobre la superficie del lago como una serpiente líquida, brillando bajo el sol de la mañana, y luego cayó de nuevo con un chapoteo suave que hizo vibrar la superficie durante un momento antes de que la calma se restableciera.
—Bien.
La voz de Kaeros llegó desde la roca. Jen abrió los ojos y lo miró.
Seguía sentado, con los pies en el agua, sin sombras alrededor.
La miraba con una expresión que no era evaluación ni desprecio.
Era algo más parecido a la curiosidad de alguien que está viendo algo que no entiende pero que quiere entender.
—Tus padres te enseñaron bien —añadió Kaeros.
La frase le golpeó como un puñetazo. No por lo que decía, sino por lo que implicaba. Que él sabía sobre sus padres. Que él sabía sobre el entrenamiento. Que él sabía todo.
*Las sombras*, recordó Jen. *Las malditas sombras. Lo saben todo.*
—Mis padres —dijo Jen, y la voz le tembló ligeramente—. No me enseñaron. Me obligaron.
Kaeros no respondió. Se quedó mirándola con esos ojos grises que parecían atravesarla hasta el alma.
Jen no sabía por qué lo dijo. No sabía por qué, de repente, después de semanas de guardar silencio, de fingir, de mentir, de actuar como si todo estuviera bajo control, las palabras le salieron de la boca como agua de una presa rota.
Tal vez era el lago. Tal era el silencio.
Tal vez era la ausencia de sombras alrededor de Kaeros, esa vulnerabilidad que lo hacía parecer más humano y menos monstruo, lo que le daba permiso para ser vulnerable también.
—He vivido en una cueva —dijo Jen, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía—.
Toda mi vida. Desde que nací. Una cueva junto a un lago.
Mis padres me entrenaron desde que tenía seis años.
Cada día. Sin descanso. Sin juego. Sin amigos.
Sin nada que no fuera dolor y agua y la voz de mi madre diciendo "más, más, más".
Kaeros no se movió. No dijo nada. Solo escuchó.
—Me entrenaron para matarte —continuó Jen, y la palabra le supo a sangre—. Ese era mi propósito. Mi razón de existir. No me preguntaron si quería. No me dieron a elegir. Nací, me metieron el agua en las venas con el canto de control, y me dijeron que mi destino era acabar contigo.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el latido de su propio corazón como si estuviera en una habitación vacía.
Kaeros no se movió. No dijo nada. Pero algo cambió en su expresión.
Algo sutil, casi imperceptible, como una grieta en una pared que nadie ha reparado durante años.
No era sorpresa. No era enfado. Era algo más parecido al reconocimiento.
Como si él también supiera lo que es ser usado por alguien que no te pide permiso.
—¿Y ahora? —preguntó Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro.
—Ahora no sé qué quiero —respondió Jen, y la honestidad de esa confesión le dolió como un cristal clavándose en la palma de la mano—.
Ya no quiero matarte. Pero tampoco sé qué quiero en su lugar.
Solo sé que lo que mis padres me enseñaron es mentira.
Que la resistencia es mentira. Que todo lo que he creído sobre mí misma es mentira.
Y que estoy aquí, sentada en la orilla de un lago que no conozco, hablando con el hombre que debería matar, y no sé qué hacer.
Kaeros la miró un momento largo. Luego, con un movimiento lento, casi reluctante, se giró en la roca para mirarla de frente.
—La resistencia —dijo, con una voz que ya no tenía nada de fría—. No son patéticos. Eso es lo que tú crees porque te han enseñado a creerlo. Pero no son patéticos. Son desesperados. Y los desesperados hacen cosas que los cuerdos no harían.
—¿Tú qué sabes de la resistencia? —preguntó Jen.
—Lo suficiente —respondió Kaeros—. He acabado con seis.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo. Jen sintió que el corazón se le detenía.
—¿Seis? —tartamudeó.
—Seis resistencias diferentes, en cuatrocientos años —continuó Kaeros, con una voz que era mitad cansancio y mitad algo más oscuro—.
La primera fue hace trescientos años. Un grupo de elfos de Sylvaen que pensaban que podían derrotarme con flechas encantadas.
No pudieron. La segunda fue hace doscientos años.
Unos humanos de Valcorin que me enviaron a una asesina.
La maté. La tercera fue hace ciento cincuenta años.
Un grupo mixto, elfos y humanos, con un plan elaborado para envenenar mi comida.
Descubrí el plan antes de que llegaran a mi cocina. La cuarta...
—Para —interrumpió Jen, porque las palabras le estaban cayendo encima como piedras y necesitaba que pararan.
Kaeros se detuvo. La miró con esos ojos grises que parecían plata fundida bajo la luz del sol.