Fuego de los caídos CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Vaya —sentenció Malachi, levantando la vista cuando Jen entró—. La niña del agua. ¿Has vuelto de cenar con el monstruo? He llegado antes que tú, te has entretenido por el camino.

Jen se sentó frente a él. No pidió nada. Se quedó mirando a Malachi durante un momento largo, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta.

—No es un monstruo —dijo al fin.

Malachi enarcó una ceja. Lo había dicho para provocarla y lo había conseguido.

—¿No?

—No. Es algo más complicado.

Malachi la miró un momento largo. Luego bebió un trago de cerveza y respondió:

—Siempre lo ha sido. Cuatrocientos años complicado. Es su especialidad.

—Malachi.

—¿Qué?

—Las sombras de Kaeros. ¿Le cuentan cosas?

Malachi dejó de beber. La copa se detuvo a medio camino entre la mesa y la boca. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una chispa que se niega a morir.

—¿Por qué preguntas? —respondió, con un tono que ya no tenía nada de humorístico.

—Porque creo que sabe cosas que no debería saber. Cosas sobre mí. Cosas que no le he contado. Cosas que nadie le ha contado.

Malachi la miró un momento largo. Luego dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.

—Las sombras de Kaeros no son como las normales —explicó, con una voz más baja que nunca—.

No son solo oscuridad. Son... receptores.

Sienten lo que la gente siente. Escuchan lo que la gente piensa.

No las palabras, no los pensamientos concretos, sino las emociones.

El dolor. El miedo. La soledad. El deseo.

Jen sintió que el corazón se le detenía.

—¿El deseo? —tartamudeó.

—El deseo —confirmó Malachi—. No el deseo sexual, aunque también. El deseo profundo. Lo que quieres de verdad, debajo de todo lo demás. Lo que te hace estar viva. Lo que te mantiene cuerda cuando todo lo demás se cae.

Jen tragó saliva.

—¿Y Kaeros siente eso? ¿Siente lo que yo deseo?

Malachi la miró con una expresión que era mitad compasión y mitad algo más serio, algo que estaba debajo de la sonrisa torcida y los ojos de carbón, algo que Jen estaba empezando a reconocer como la vulnerabilidad de alguien que ha aprendido que la verdad es más importante que la comodidad.

—No solo lo siente —respondió Malachi—. Lo escucha. Lleva cuatrocientos años escuchando los deseos de todo el mundo. Y cuando alguien desea algo con tanta fuerza que lo mantiene vivo, como tú deseas... lo que sea que deseas... Kaeros lo oye. Como quien oye una campana en la distancia.

Jen cerró los ojos. El cartel del helado.

El frío en la lengua, el dulzor en la garganta, la sensación de algo bueno que se derrite antes de que puedas retenerlo.

Kaeros había oído todo eso. A través de sus sombras, a través de la distancia, a través de los muros de la torre y las calles de Drakheim, Kaeros había oído el deseo más profundo de Jen, el deseo que la mantenía viva.

—Malachi —dijo Jen, abriendo los ojos.

—¿Qué?

—¿Cuánto sabe de mí?

Malachi la miró un momento largo. Luego se encogió de hombros.

—Todo —respondió—. Lo sabe todo. Sabe del lago. Sabe del cartel. Sabe de tus padres. Sabe de la marca. Sabe de la resistencia. Sabe de todo.

—¿Y por qué no ha hecho nada?

—¿Qué esperabas que hiciera?

—No lo sé. Algo. Algo que un villano haría. Encerrarme. Torturarme. Entregarme al Conquistador.

Malachi la miró con una expresión que era mitad incredulidad y mitad ternura.

—Jen —sentenció, con una voz que ya no tenía nada de humorística—.

Kaeros no es un villano. Nunca lo ha sido.

Es un hombre que ha perdido todo y que sigue de pie porque no sabe cómo caerse.

Y cuando sus sombras te escucharon por primera vez, hace semanas, cuando llegaste a Drakheim con tu túnica gris y tus manos huesudas y tu deseo que era más fuerte que cualquier deseo que él haya escuchado en cuatrocientos años...

Malachi se detuvo. Bebió un trago de cerveza. Luego continuó, con una voz más baja que nunca.

...Kaeros sintió algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Algo que le dolió. Algo que le recordó que estaba vivo.

Jen no dijo nada. Se quedó mirando a Malachi, sintiendo que las palabras le llegaban como piedras cayendo en un pozo: una a una, lentas, pesadas, con un sonido que retumbaba en la distancia.

—¿Qué? —preguntó al fin.

Malachi la miró con esa expresión que era mitad sonrisa y mitad advertencia.

—Que te ha cortado la carne —respondió—. Y eso, viniendo de Kaeros, es más importante que cualquier declaración de amor que haya hecho cualquier persona en la historia de Elyrion.

Jen cerró los ojos. El sabor a vino todavía estaba en su lengua. El frío de la noche todavía estaba en su cara. Y debajo de todo eso, debajo del sabor y del frío y del silencio de la cena, había algo más. Algo que no sabía nombrar pero que empezaba a tener forma.

Algo que olía a sombras.

Y a la posibilidad de que el mundo fuera más complicado, más doloroso y más hermoso de lo que jamás había imaginado.

—Malachi —dijo Jen, abriendo los ojos.

—¿Qué?

—Gracias. Por explicármelo.

Malachi se encogió de hombros.

—No me lo agradezcas. Solo te he dicho lo que ya sabías. Lo que siempre supiste. Solo que ahora lo sabes con palabras.

Jen casi sonrió. Casi.

—Eres muy profundo para ser un borracho.

—Soy profundo porque soy un borracho. La cerveza abre las puertas de la percepción. O al menos eso me digo para justificar el gasto.

Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio y la confusión y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Se levantó. Las piernas le temblaron. El pecho le ardía donde la marca latía bajo la tela.

Pero debajo de la marca, debajo del frío, debajo de todo lo que el Conquistador le había puesto en el cuerpo, había algo que era suyo.

Algo que Kaeros había escuchado a través de sus sombras.

Algo que le había hecho cortar la carne en silencio.

*Buenas noches, Malachi*, pensó Jen mientras caminaba hacia la puerta. *Buenas noches, Brokk. Buenas noches, Drakheim. Buenas noches, sombras que cuentan historias.*

*Buenas noches, Kaeros.*

*Dondequiera que estés, escuchando con tus sombras.*

*Gracias por la carne.*

Salió de la taberna. El viento nocturno de Drakheim le azotó la cara. Las estrellas brillaban sobre las montañas. Las sombras se movían en las esquinas, normales, inofensivas.

Pero Jen ya sabía que no eran normales. Que nunca lo habían sido.

Que cada sombra en Drakheim era un oído, un ojo, un susurro que le llegaba a un hombre de cuatrocientos años que había perdido todo y que ahora, a través de esas sombras, escuchaba el latido del corazón de una mujer de veintitrés años que solo quería que le cortaran la carne.

Y eso, pensó Jen mientras caminaba hacia el albergue con el sabor a vino todavía en la lengua y el corazón latiendo con un ritmo nuevo, era lo más extraño, lo más perturbador y lo más hermoso que le había pasado en su vida.

*Sombras que cuentan historias*, pensó Jen. *Sombras que escuchan deseos. Sombras que cortan carne.*

*¿Qué clase de monstruo corta carne?*

*Ninguno*, se respondió a sí misma. *Ningún monstruo corta carne. Solo los hombres que todavía recuerdan lo que es ver a alguien sufrir y no poder hacer otra cosa.*

Jen llegó al albergue. Se tumbó en la cama de "La Cama Dura". Cerró los ojos.

Y por primera vez desde que había llegado a Drakheim, las sombras que se movían en las esquinas de su habitación no le parecieron amenazantes.

Le parecieron familiares.