Fuego de los caídos CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

"Lo que las sombras cuentan"

Jen salió de la torre de Kaeros con el sabor a vino todavía en la lengua y el corazón latiéndole con un ritmo que no reconocía.

No era el ritmo del miedo, aunque el miedo estaba ahí, pequeño y frío, sentado en algún lugar detrás de sus costillas.

No era el ritmo de la adrenalina, aunque la adrenalina también estaba, bombeándole por las venas como si acabara de escapar de algo.

Era otro ritmo. Más lento. Más cálido. Como el latido que tienes después de llorar, cuando el cuerpo se ha vaciado de algo que pesaba y ahora está ligero, y el aire que entra por los pulmones sabe diferente, como si hubieran cambiado las reglas de lo que significa respirar.

*He cenado con un villano*, pensó Jen, bajando las escaleras de la torre con los pies descalzos sobre la piedra fría.

*He cenado con el hombre más temido de Draevorn.

Me ha cortado la carne. Le he preguntado por su esposa muerta.

Y ahora estoy caminando por Drakheim a medianoche como si nada hubiera pasado. *

El absurdo de la situación le golpeó como un cubo de agua fría.

*¿Qué clase de asesina cena con su objetivo? ¿Qué clase de espía pregunta por la esposa muerta del tirano? ¿Qué clase de arma se queda muda cuando un hombre con cara de pocos amigos le corta la carne en silencio?*

*La clase que no sirve para nada*, respondió una voz en su cabeza que sonaba sospechosamente a la de su padre. *La clase que nunca será suficiente.*

Jen apretó los dientes. La voz de su padre la seguía a todas partes, como una sombra que no se puede sacudir. Pero esta noche, por primera vez, la voz sonó más lejos. Como si algo se hubiera interpuesto entre ella y el eco de diecisiete años de correcciones.

*La carne*, pensó Jen. *La maldita carne cortada.*

Había sido un gesto pequeño. Absurdamente pequeño. Kaeros había tomado su plato, había cortado la carne en trozos regulares y se lo había devuelto. Sin decir nada. Sin mirarla. Sin esperar agradecimiento. Un gesto tan simple que, en cualquier otro contexto, no significaría nada.

Pero Jen nunca había tenido a nadie que le cortara la comida.

En la cueva, comían con las manos. Su padre no le había enseñado a usar cubiertos porque los cubiertos no eran necesarios para matar.

Su madre no le había enseñado a sentarse en una mesa porque las mesas no eran necesarias para entrenar.

Jen había llegado a Drakheim sin saber lo que era un tenedor, sin saber lo que era una copa de vino, sin saber lo que era sentarse frente a alguien y compartir comida sin que esa comida fuera una recompensa por un entrenamiento bien hecho o un castigo por uno mal hecho.

Y Kaeros lo había sabido.

No le había preguntado. No le había dicho: "¿Sabes usar cubiertos?" No la había humillado ni se había burlado de ella. Simplemente había visto que ella no podía, y había actuado. Sin palabras. Sin gestos. Sin esperar nada a cambio.

*¿Cómo lo sabía?*, se preguntó Jen, y la pregunta le supo a algo que no sabía nombrar. *¿Cómo sabía que no sabía usar un tenedor? ¿Cómo sabía que venía del lago? ¿Cómo sabía todo lo que sabía sin haberme hecho una sola pregunta?*

Las sombras.

Jen se detuvo en medio de una calle vacía. El viento nocturno de Drakheim le azotó la cara, trayendo el olor a metal y a humo. Las antorchas de los soportes de hierro forjado crepitaban suavemente, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra.

Las sombras.

Jen miró las sombras. Eran normales, las que proyecta cualquier cuerpo cuando la luz le da por la espalda. No se movían solas. No tenían voluntad propia. No eran las sombras de Kaeros.

Pero entonces recordó algo.

La primera vez que había visto a Kaeros en la torre, desde el callejón, él estaba en el balcón, mirando al horizonte.

No la había visto. No podía haberla visto.

Estaba demasiado lejos, demasiado arriba, demasiado lejos para distinguir a una mujer pequeña con una túnica gris en la oscuridad de un callejón.

Y sin embargo, cuando ella se había infiltrado en el templo, Kaeros ya sabía quién era. "Esa chica nueva es torpe," había dicho. "Que no se tropiece con su propia capa."

¿Cómo la había reconocido? ¿Cómo sabía que era "la chica nueva"? ¿Cómo sabía que llevaba una capa?

Las sombras.

Jen miró las sombras de nuevo. Las de las paredes, las del suelo, las que se movían en las esquinas con la parsimonia de un animal perezoso. Eran normales. Inofensivas. No eran las sombras de Kaeros.

Pero, ¿y si lo fueran?

¿Y si las sombras de Kaeros no solo estuvieran en su cuerpo?

¿Y si se extendieran por toda Drakheim, por todas las calles, por todos los rincones, como una red invisible que solo él podía ver?

¿Y si las sombras le contaran cosas? ¿Si le dijeran quién pasa por cada calle, quién entra en cada taberna, quién mira al horizonte desde cada callejón?

¿Y si Kaeros supiera todo lo que pasa en Drakheim porque las sombras se lo cuentan?

La idea golpeó a Jen como un puñetazo en el estómago.

*El Lago Espejo*, pensó, y la sangre le heló en las venas. *Cuando Malachi le dijo a Kaeros que yo venía del lago, Kaeros no preguntó qué lago. No preguntó dónde estaba. No preguntó nada. Simplemente asintió, como si ya lo supiera.*

*¿Cómo podía saberlo?*

*Las sombras.*

Jen se apoyó contra la pared de piedra de un callejón y cerró los ojos. El frío de la roca le caló la espalda a través de la túnica. El viento le movía el pelo. Las estrellas brillaban sobre Drakheim, indiferentes al terremoto que se estaba produciendo dentro de su cabeza.

*Si las sombras le cuentan las cosas*, pensó Jen, *entonces Kaeros sabe más de mí de lo que creo. Sabe del lago. Sabe del cartel del helado. Sabe que mis padres me entrenaron. Sabe que tengo la marca. Sabe todo.*

*Y no ha preguntado nada porque ya lo sabe todo.*

La idea era aterradora. Y reconfortante.

Y perturbadora. Y extrañamente íntima. Porque si Kaeros sabía todo sobre ella y no la había encerrado, no la había torturado, no la había entregado al Conquistador, sino que le había cortado la carne en silencio y la había dejado sentarse en su mesa sin decir una palabra...

...entonces Kaeros no era lo que ella creía.

Jen abrió los ojos. Las sombras seguían ahí, normales, inofensivas, moviéndose en las esquinas con la parsimonia de siempre.

Pero ahora Jen las miraba de otra manera.

Ahora sabía que podían ser algo más. Que podían ser ojos.

Que podían ser oídos. Que podían ser la forma en que un hombre de cuatrocientos años se mantenía conectado con un mundo que ya no le importaba.

*Me ha visto*, pensó Jen. *Desde el primer momento. Desde el callejón. Desde antes de que yo entrara en el templo. Me ha visto con sus sombras, y ha decidido no hacerme daño. Ha decidido dejarme entrar. Ha decidido cortarme la carne.*

*¿Por qué?*

La pregunta se quedó flotando en el aire, sin respuesta.

Jen no sabía por qué. No sabía qué veía Kaeros en ella.

No sabía por qué un hombre de cuatrocientos años que ha perdido todo le cortaría la carne a una desconocida de veintitrés años que huele a agua y que lleva una marca del Conquistador en el pecho.

Pero entonces recordó lo que Kaeros le había dicho sobre Aelith.

"Era mi esposa. Murió. Hace mucho tiempo. El Conquistador la mató."

La voz de Kaeros al decir esas palabras había sonado como la de alguien que se arranca una costilla. No con rabia. No con odio. Con algo peor: con la resignación de alguien que ha cargado un peso durante tanto tiempo que ya no sabe cómo se siente estar sin él.

*El Conquistador mató a su esposa*, pensó Jen. *Y ahora el Conquistador me ha enviado a mí. Una chica de veintitrés años con una marca en el pecho y un poder que no le pertenece. ¿Es eso lo que soy? ¿Un recordatorio? ¿Una broma cósmica? ¿Un cuchillo hecho a medida de su herida?*

La idea le produjo algo que no sabía nombrar.

No era compasión. No era atracción. Era algo más profundo, más antiguo, algo que estaba entre el reconocimiento y la gratitud y el miedo y la ternura.

Algo que solo existe cuando alguien te ve de verdad, no como un arma ni como una herramienta ni como una pieza en un tablero, sino como una persona que no sabe usar un tenedor y que merece que le corten la carne.

Jen se apartó de la pared. Respiró hondo. El aire nocturno de Drakheim le supo a metal y a humo y a algo más, algo más cálido, algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.

Caminó hacia la taberna de Brokk.

Las calles estaban vacías. Las antorchas crepitaban en los soportes de hierro forjado. Las sombras se movían en las esquinas, normales, inofensivas, como siempre.

Pero Jen ya no las miraba igual.

Ahora sabía que podían contar historias. Que podían susurrar secretos. Que podían decirle a un hombre de cuatrocientos años que una chica de veintitrés años no sabía usar un tenedor y que tenía una marca en el pecho y que olía a agua fresca en un mundo que olía a ceniza.

Y que ese hombre había cortado su carne.

Personalmente.

Sin decir nada.

*¿Qué clase de villano corta la carne de su enemiga?*, pensó Jen. *¿Qué clase de monstruo se preocupa por si una desconocida puede comer?*

*Ninguno*, se respondió a sí misma. *Ningún villano hace eso. Solo los hombres que todavía recuerdan lo que es ver a alguien sufrir y no poder hacer otra cosa.*

Llegó a "El Último Trago". La taberna estaba cerrada, como todas a esa hora. Pero la puerta estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y el sonido de alguien roncando.

Jen empujó la puerta.

Brokk estaba en su mesa del fondo, medio desplomado sobre un barril vacío, con una copa de cerveza en la mano y las tres trenzas de la barba reposando sobre el pecho.

Roncaba con un sonido que era mitad gruñido y mitad canción de cuna, y a su lado, en el taburete de siempre, Malachi estaba sentado con una copa de cerveza y la sonrisa torcida puesta.