Fuego de los caídos CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Thalion abrió la boca. Las palabras salieron como sangre de una herida.

"Thalion," dijo. "Me llamo Thalion."

"No," respondió la niebla. "Te llamas Kaeros. El que olvida. Porque olvidarás. Olvidarás todo. Olvidarás su cara. Olvidarás su voz. Olvidarás tu propio nombre. Y cuando ya no recuerdes nada, serás útil. Porque los hombres que no recuerdan no tienen nada que perder."

Thalion cerró los ojos. Las sombras entraron en su cuerpo como agua en un pozo: frías, oscuras, imparables. Sintió cómo le recorrían las venas, cómo se instalaban en sus huesos, cómo le borraban los recuerdos como alguien borra una palabra de un papel.

El último recuerdo feliz que tuvo de Aelith fue su risa. Esa risa que asustaba a los pájaros, que llenaba el bosque como el canto de un río, que le decía, sin palabras, que el mundo era hermoso y que valía la pena vivirlo.

Luego, la risa se fue.

Y Thalion se fue con ella.

Kaeros abrió los ojos. El frío de la ventana le mordía la cara. Las estrellas seguían ahí, las mismas de siempre, las mismas de cuatrocientos años. El viento soplaba entre las almenas de Drakheim, trayendo el olor a metal y a humo y a la ciudad que él gobernaba sin querer gobernar.

Se llevó la mano al pecho. Debajo de la piel, debajo de las sombras, algo seguía ahí.

No era un recuerdo. Los recuerdos se habían ido hacía mucho tiempo, borrados por la niebla del Conquistador como alguien borra una palabra de un papel.

Era algo más profundo. Un eco. Un residuo.

La sensación de que alguien le había dicho "te elijo" y de que esa frase seguía resonando en algún lugar de su cuerpo, aunque ya no pudiera ponerle un rostro ni un nombre.

Aelith , pensó. Y el nombre le supo a algo que ya no sabía nombrar.

Había pasado cuatrocientos años. Cuatrocientos años de sombras, de soledad, de noches en las que miraba al horizonte buscando algo que ya no existía.

Cuatrocientos años de no recordar su propio nombre, de no recordar la voz de la mujer que amó, de no recordar nada excepto la sensación de que algo le habían arrebatado y que no podía recuperar.

Y ahora había Jen.

Una chica que venía de un lago, era inevitable saberlo porque sus sombras lo sabían todo, y que olía a agua fresca y que se caía igual que Aelith. La misma torpeza. La misma forma de poner las manos hacia adelante. La misma manera de mirar el mundo como si fuera la primera vez.

Veintiocho años , pensó Kaeros. Aelith murió con veintiocho. Jen tiene la misma edad.

La cuenta le heló la sangre. No sabía por qué. No sabía qué significaba esa coincidencia. No sabía si era casualidad o diseño. Solo sabía que algo dentro de él, algo que no era un recuerdo sino un instinto, le gritaba que Jen y Aelith estaban conectadas de alguna manera que no podía entender.

No es ella , se dijo Kaeros. No es Aelith. Aelith está muerta. Murió hace cuatrocientos años. Jen es otra persona. Una persona diferente, con una vida diferente, con un destino diferente.

Pero entonces, ¿por qué se caía igual?

Porque no era cierto. No se caía igual, tampoco se reía igual. Pero Jen, de alguna forma le hacía revivir algo que creyó muerto. Su alma resonaba con ella, su corazón empezaba a latir después de 400 años detenido en seco.

No se parecía en nada a Aelith y al mismo tiempo, le aterraba igual.

Esto es peligroso , pensó Kaeros. Esto es lo más peligroso que me ha pasado en cuatrocientos años. Porque si Jen es lo que creo que es... entonces el Conquistador lo hizo a propósito. Entonces me la envió como un cuchillo hecho a medida de mi herida. Entonces todo esto es una trampa.

Pero otra voz, más pequeña, más antigua, más suya, respondió: ¿Y si no es una trampa? ¿Y si es una segunda oportunidad? ¿Y si el mundo te debe algo y por fin ha decidido pagártelo?

Kaeros abrió los ojos. Las estrellas seguían ahí. El viento seguía soplando. Y Jen seguía existiendo en algún lugar de Drakheim, con su marca en el pecho y su agua en las venas y su forma de caer que era exactamente igual a la de una mujer muerta hacía cuatrocientos años.

Maldita seas, Jen Delay , pensó Kaeros. Maldita seas por hacerme recordar lo que no quiero recordar. Maldita seas por hacerme sentir lo que no quiero sentir. Maldita seas por existir.

Se apartó de la ventana. Se acercó a la mesa donde aún quedaban los restos de la cena: los platos vacíos, las copas a medio llenar, el cuenco de fruta que Jen había vaciado hasta la última cucharada. Tomó el cuenco en las manos. Olía a fresa y plátano. Olía a algo dulce y bueno y frágil.

Olía a algo que había olvidado hace mucho tiempo.

Kaeros dejó el cuenco sobre la mesa y se sentó en la silla, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas. Las sombras se movían alrededor de él, lentas, perezosas, como animales que han aprendido a no molestar a su dueño cuando está triste.

Thalion , pensó. Mi nombre es Thalion. Lo sé. Lo he sabido siempre. El Conquistador me hizo olvidar, pero no pudo borrarme del todo. Porque hay cosas que están más hondo que la memoria. Hay cosas que están en los huesos, en la sangre, en el latido del corazón.

Y Jen Delay está en mi corazón. Igual que Aelith. No sé cómo. No sé por qué. Pero está ahí.

Y eso es lo más aterrador que me ha pasado en cuatrocientos años.

Kaeros cerró los ojos. Las sombras se enroscaron alrededor de él como un manto.

Y en algún lugar profundo de su memoria, en ese rincón que el Conquistador no pudo borrar porque estaba demasiado hondo, la risa de Aelith resonó como un eco lejano, como el sonido de un río que fluye bajo la tierra, como el latido de algo que se niega a morir.