Fuego de los caídos CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

"El peso de los siglos"

No durmió.

No era nuevo. Llevaba cuatrocientos años sin dormir bien, y las noches en las que el sueño se negaba a venir eran más frecuentes que las que no.

Pero esta noche era diferente. Esta noche, cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Jen llorando sobre un helado de fresa, y el llanto se convertía en otro llanto, de otro tiempo, de otra mujer, de otro mundo que ya no existía.

Kaeros se levantó de la cama. El frío de la piedra le caló los pies descalzos.

La ventana estaba abierta, y el viento nocturno de Drakheim le azotaba la cara con su olor a metal y a humo.

Las estrellas brillaban sobre las montañas, las mismas estrellas que había visto durante cuatrocientos años, las mismas que habían brillado aquella noche en el bosque, cuando todo era diferente, cuando él era diferente, cuando el mundo todavía tenía sentido.

Se apoyó en el marco de la ventana y cerró los ojos.

Y el recuerdo vino, como siempre venía, sin avisar, sin permiso, como un ladrón que entra por la ventana que dejaste abierta.

Se llamaba Thalion.

No Kaeros. Thalion. Era un nombre antiguo, un nombre de los bosques, un nombre que olía a hojas mojadas y a tierra húmeda y a la luz del sol filtrándose entre las ramas de los árboles más viejos del mundo.

Su madre se lo había puesto el día de su nacimiento, con esa sonrisa que tenían las madres elfas cuando ven al mundo por primera vez a través de los ojos de su hijo.

Thalion tenía treinta y ocho años cuando el mundo se acabó.

Treinta y ocho años de una vida que ahora le parecía un sueño que alguien había tenido y que se había borrado al despertar.

Vivía en un bosque, en una cabaña de madera y piedra que él mismo había construido con las manos, junto a un río que cantaba cuando llovía y que se callaba cuando nevaba.

No era un guerrero. No era un rey. No era nadie, al menos no a los ojos del mundo.

Era un elfo que vivía en un bosque y que amaba a una mujer.

Aelith.

El nombre le llegó como siempre le llegaba: como un cuchillo clavándose entre las costillas, suave y devastador al mismo tiempo.

No era un nombre de elfa. Era un nombre humano, un nombre corto y dulce que sonaba a campanas pequeñas y a flores silvestres y a la risa de alguien que no tiene miedo de reír alto.

Aelith era humana. Thalion siempre había pensado que eso era lo más hermoso de ella: que era humana.

Que tenía la piel suave y cálida, no la frialdad plateada de los elfos.

Que sus ojos eran del color de la miel cuando el sol la toca, no del color del hielo.

Que reía con toda la boca, con los dientes descubiertos y los ojos cerrados y los hombros sacudiéndose, como si la risa fuera algo que le salía de dentro sin pedir permiso.

Los otros elfos del bosque no entendían. Los elfos no se casaban con humanos. Los elfos veían a los humanos como criaturas breves, pasajeras, como mariposas que viven un día y luego se van. ¿Para qué quería un elfo casarse con alguien que iba a morir en unas pocas décadas?

Thalion nunca les respondió. No hacía falta.

Cuando Aelith le cogía de la mano y lo arrastraba por el bosque, riendo, señalando un nido de pájaros o un hongo con forma de sombrero o un rayo de sol que se colaba entre las hojas como un dedo de oro, Thalion sabía que la respuesta era esa: para esto.

Para esta mano. Para esta risa. Para este momento exacto en el que el mundo era pequeño y cálido y tenía sentido.

Se casaron en primavera, bajo un roble que tenía trescientos años y que parecía haber esperado toda su vida para ser testigo de algo así.

Aelith llevaba un vestido blanco que ella misma había cosido, con puntadas torcidas que Thalion encontró perfectas.

Thalion llevaba una túnica verde que olía a hierba recién cortada.

No hubo invitados, solo los pájaros y el viento y el río que cantaba como si supiera que estaba pasando algo importante.

Aelith le dijo: "Te elijo. Te elijo hoy, mañana, y todos los días que me queden."

Thalion le respondió: "No te alcanzan los días que te quedan. Necesitarías una eternidad."

"Eso es mucho tiempo," dijo ella riendo.

"Lo sé," respondió él. "Por eso voy a pedirle al bosque que me lo dé."

Vivieron juntos durante siete años. Siete años que Thalion ahora guardaba como quien guarda una vela encendida en una habitación oscura: con cuidado, con la certeza de que si la suelta, se apagará y no habrá forma de encenderla de nuevo.

Siete años de mañanas en las que Aelith se despertaba primero y le preparaba pan con miel, aunque el pan siempre le quedaba demasiado duro y la miel siempre se le caía en la camisa.

Siete años de tardes en las que paseaban por el bosque y ella le señalaba cosas que él no veía: la forma de un ciervo entre los árboles, el reflejo de la luna en el río, la primera estrella del atardecer.

Aelith veía el mundo de una manera que Thalion no podía entender: lo veía como si fuera la primera vez, cada vez, como si la belleza fuera algo que se renueva cada mañana y que solo hay que abrir los ojos para descubrir.

Siete años de noches en las que se tumbaban en la hierba y miraban las estrellas, y Aelith le preguntaba los nombres de las constelaciones, y él se los inventaba porque no conocía ninguno, y ella se reía y decía: "Mientes.

Eso no es una constelación. Eso es un gato borracho.

" Y él respondía: "Los gatos borrachines también son estrellas. " Y ella reía más.

Siete años de una vida pequeña, perfecta, irrelevante para el mundo. Una vida que el mundo ni siquiera sabía que existía.

Hasta que el Conquistador apareció.

No hubo aviso. No hubo presagio. No hubo niebla ni oscuridad ni el sonido de un tambor lejano anunciando la catástrofe. Simplemente, una noche, mientras Thalion y Aelith dormían abrazados en su cabaña de madera y piedra, la puerta se abrió.

Thalion se despertó con la sensación de que algo estaba mal. No sabía qué. El bosque estaba en silencio. El río cantaba. Las estrellas brillaban. Pero algo había cambiado. Algo en el aire era diferente. Algo en la oscuridad era más oscuro.

Se incorporó en la cama. Aelith dormía a su lado, con el pelo desparramado sobre la almohada y los labios entreabiertos, respirando con esa suavidad que Thalion había aprendido a reconocer como el sonido más bonito del mundo.

Y entonces vio la sombra.

No era una sombra normal. No era la sombra de un árbol o de una silla o de la ventana. Era una sombra que se movía sola, que se arrastraba por el suelo como un animal, que se enroscaba en las patas de la mesa y trepaba por las paredes como una enredadera negra. Una sombra que no pertenecía a nada.

Thalion se levantó de la cama. El frío le mordió los pies descalzos. La sombra se detuvo en el centro de la habitación, como si lo estuviera esperando.

Y de la sombra salió una voz.

No era una voz humana. No era una voz de elfo. Era una voz que venía de algún lugar más profundo, más antiguo, más oscuro. Una voz que sonaba como la niebla cuando se arrastra por el suelo: suave, ineludible, fría.

"Eres Thalion," sentenció la voz. "Vives en este bosque con una mujer humana. La amas. Ella te ama. Han sido siete años felices."

Thalion no respondió. No podía. El terror le había paralizado la garganta.

"Siete años," repitió la voz. "Es mucho tiempo. Más de lo que mereces. Más de lo que ella merece."

Y entonces la sombra se movió.

No hacia Thalion. Hacia la cama. Hacia Aelith.

Thalion gritó. Lanzó su poder de sombras contra la oscuridad, intentando bloquear, intentando proteger, intentando hacer cualquier cosa que impidiera que aquella sombra ajena tocara a la mujer que amaba.

Pero sus sombras eran débiles, primitivas, como un niño que intenta detener un río con las manos.

La sombra del Conquistador las atravesó sin detenerse, como si fueran papel.

La mano de la sombra tocó el hombro de Aelith.

Aelith abrió los ojos.

No gritó. No lloró. Miró a Thalion con esos ojos de color miel y le dijo, con una voz que era más tranquila de lo que nadie tiene derecho a ser cuando la muerte está tocando su hombro:

"Te elijo. Te elijo hoy, mañana, y todos los días que me queden."

Y entonces la sombra la apretó.

Thalion vio cómo la vida salía de Aelith como agua de un vaso volcado. No fue doloroso, al menos eso esperaba. No hubo sangre. No hubo grito. Solo un suspiro, suave, como el sonido que hace el viento cuando pasa entre las hojas. Y luego, silencio.

Aelith tenía veintiocho años.

Thalion no recordaba lo que pasó después. Había un hueco en su memoria, como si alguien hubiera arrancado las páginas de un libro y las hubiera tirado al fuego. Lo que sí recordaba era la voz de la niebla, hablándole desde la oscuridad, con esa calma que es más aterradora que cualquier grito.

"Ahora sabes lo que es perder," sentenció la voz. "Ahora sabes lo que es el dolor. Y ahora te ofrezco algo que nadie más puede ofrecerte: la inmortalidad. Acepta el mando de Draevorn. Gobierna en mi nombre. Y algún día, cuando hayas demostrado tu lealtad, te devolveré a Aelith."

Thalion sabía que era una mentira. Lo sabía en algún lugar profundo de su ser, en ese rincón del alma que el dolor no puede alcanzar porque está demasiado hondo.

Sabía que el Conquistador no iba a devolverle a Aelith.

Sabía que la inmortalidad no era un regalo sino una cadena.

Sabía que aceptar significaba convertirse en lo que había jurado destruir.

Pero aceptó.

Porque en aquel momento, con el cuerpo de Aelith todavía caliente a su lado y la niebla envolviendo la cabaña como un sudario, Thalion no podía pensar.

Solo podía sentir. Y lo que sentía era un agujero tan profundo, tan oscuro, tan absoluto, que cualquier cosa que pudiera llenarlo, aunque fuera una mentira, aunque fuera una cadena, aunque fuera la condena eterna, era mejor que quedarse vacío.

"Tu nombre," dijo la niebla. "Dame tu nombre."