Fuego de los caídos CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Jen miró los trozos de carne. Miró a Kaeros. Miró los trozos de carne de nuevo. Algo cruzó sus ojos, algo que Kaeros no supo identificar pero que le hizo apartar la vista antes de que pudiera reconocerlo.

—Gracias —susurró.

Kaeros no respondió. Se quedó mirando su propio plato, que ahora estaba vacío porque había cortado la carne de Jen en lugar de la suya, y sintió que las orejas le ardían.

*Estúpido*, pensó. *Estúpido, estúpido, estúpido. ¿Qué clase de tirano le corta la carne a su enemiga? ¿Qué clase de monstruo se preocupa por si una desconocida sabe usar un tenedor?*

*El tipo de monstruo que lleva cuatrocientos años solo*, respondió una voz más pequeña, más antigua, más suya. *El tipo de monstruo que ha olvidado lo que es preocuparse por alguien y que, cuando lo hace, no sabe cómo parar.*

Malachi, que había observado toda la escena con la atención de un gato que vigila a un ratón, dejó de comer y carraspeó.

—Vaya —sentenció Malachi, con una sonrisa que era mitad diversión y mitad algo más tierno—. En cuatrocientos años nunca me has cortado la carne a mí.

—Tú tienes manos —espetó Kaeros.

—Ella también tiene manos.

—Las suyas están ocupadas.

—¿Ocupadas haciendo qué?

—Sosteniendo el tenedor.

—Mal —replicó Malachi—. Sosteniendo mal el tenedor. Pero eso no es excusa para que mi lord personal se ponga a hacer de cocinero.

Kaeros lo fulminó con la mirada. Malachi no se inmutó. Nunca se inmutaba.

—Por cierto —añadió Malachi, con la naturalidad de quien comenta el tiempo—, si algún día decides cortarme la carne a mí, prefiero los trozos grandes. Me gusta masticar. Es lo único que me queda de cuando era humano.

—Eres un idiota —gruñó Kaeros.

—Y tú eres un sentimental disfrazado de tirano. Entre los dos formamos un equipo estupendo.

Jen, que había estado escuchando el intercambio con una expresión que era mitad vergüenza y mitad algo más cálido, soltó una risa que le salió del estómago.

No era una risa grande ni escandalosa, pero era una risa, y Kaeros la escuchó y sintió que algo se movía dentro de él, algo cálido y peligroso que debería haber dejado de existir hace cuatrocientos años.

*No*, se repitió. *No. No. No.*

Pero el "no" no funcionaba. Nunca había funcionado.

La cena avanzó entre silencios tensos y explosiones de humor de Malachi que eran la única razón por la que el ambiente no se congelaba del todo.

Malachi contó la historia de un soldado que soñó que era un arenque y se presentó al servicio nadando.

Contó la historia de un guardia que se quedó dormido en la muralla y fue encontrado por la mañana con un gato dormido en la cabeza.

Contó la historia de un cocinero que confundió la sal con el azúcar y envenenó a medio ejército con unas natillas que sabían a agua de mar.

Jen reía. No mucho, no fuerte, pero reía. Cada risa era una grieta pequeña en la armadura que había construido alrededor de sí misma durante veintitrés años, y cada grieta dejaba entrar un poco de luz.

Kaeros la escuchaba reír y sentía que algo se movía dentro de él, algo cálido y peligroso que debería haber dejado de existir hace cuatrocientos años.

En un momento de silencio, cuando Malachi se levantó a buscar más cerveza y los dos se quedaron solos en la mesa, Jen habló.

—Kaeros —dijo, con una voz que intentaba ser casual y sonaba a cualquier cosa menos casual.

—¿Qué?

—He visto una estatua en la plaza del Mercado Viejo. Una mujer. La placa dice "Aelith. El mundo no te merecía."

El aire se congeló.

No fue una metáfora. El aire literalmente se enfrió, como si alguien hubiera abierto una ventana al invierno. Las sombras de Kaeros se tensaron alrededor de él, moviéndose con más rapidez, como animales que detectan peligro. Las velas parpadearon.

Kaeros no respondió durante un momento largo. Luego, con una voz que sonaba como si la hubieran pasado por papel de lija:

—¿Por qué preguntas?

—Porque quiero saber —respondió Jen, y su voz era firme a pesar de que el aire se había vuelto frío—. Quién era. Qué le pasó. Por qué hay una estatua suya en medio de la plaza.

Kaeros la miró. Los ojos grises la encontraron en la penumbra, brillando como plata fundida bajo la luz de las velas. Jen sostuvo la mirada. No pestañeó. No apartó la vista.

*Es valiente*, pensó Kaeros, y la idea le supo a algo que no sabía nombrar. *Valiente o estúpida. Probablemente las dos cosas.*

—Era mi esposa —respondió Kaeros.

La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo. Jen no se movió. No dijo nada. Simplemente esperó.

—Murió —añadió Kaeros, y la voz se le quebró ligeramente, como una rama que se dobla bajo el peso de la nieve—. Hace mucho tiempo.

—¿Cómo? —preguntó Jen.

—El Conquistador la mató.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Las sombras de Kaeros se movían alrededor de él con más agitación, como un animal herido que busca refugio. Las velas parpadearon de nuevo.

—Lo siento —susurró Jen.

Kaeros no respondió. Se quedó mirando el plato vacío, con las manos apoyadas sobre la mesa y los dedos ligeramente curvados, como si sostuviera algo invisible.

*No le cuentes más*, se ordenó. *No le cuentes que tenía veintiocho años. No le cuentes que la mató delante de ti. No le cuentes que aceptaste la inmortalidad porque no podías vivir sin ella. No le cuentes nada.*

*No es ella. No es Aelith. No te debe nada.*

—Lo siento —repitió Jen, con una voz más firme—. De verdad.

Kaeros levantó la vista. Los ojos de Jen lo encontraron en la penumbra, y por un instante, solo un instante, vio algo en ellos que no esperaba: comprensión. No lástima. No curiosidad. Comprensión. Como si Jen supiera lo que es perder algo que amas y que no puedes recuperar.

*Por supuesto que lo sabe*, pensó Kaeros. *Todos los reinos han perdido algo. Sabe lo que es perder.*

—Gracias —murmuró Kaeros, y la palabra le supo a algo que no había dicho en mucho tiempo.

Malachi volvió con la cerveza y la tensión se disipó, como siempre hacía cuando Malachi estaba presente. El semihumano de fuego tenía un don para llenar los silencios incómodos con palabras que no decían nada pero que hacían que el aire se moviera.

La cena terminó tarde. Las velas se habían consumido hasta la mitad, y el aire de la habitación olía a vino, a cera caliente y a la mezcla imposible de humo de Malachi y agua fresca de Jen.

Jen se levantó para irse, y Kaeros se levantó con ella, porque no sabía qué más hacer y porque quedarse sentado mientras ella se iba le parecía, por alguna razón que no podía explicar, peor que cualquier batalla.

—Gracias por la cena —dijo Jen, en el umbral.

—La carne estaba dura —respondió Kaeros.

—Estaba buena.

—Mientes.

—Miento fatal. Lo sé. Malachi me lo ha dicho.

Kaeros casi sonrió. Casi. La sonrisa llegó hasta la comisura de sus labios y se quedó ahí, como un fantasma que no termina de materializarse.

—Buenas noches —dijo Jen.

—Buenas noches —respondió Kaeros.

Jen se fue por el pasillo, con los pasos ligeros de alguien que ha comido en una mesa por primera vez en su vida y que todavía sabe a vino en la lengua. Malachi la siguió, con su paso que era mitad andar y mitad rebotar, silbando una melodía que sonaba sospechosamente a una canción de cortejo.

Kaeros se quedó solo en la habitación. Se acercó a la ventana. El cielo nocturno de Drakheim se extendía ante él como un techo de terciopelo gris, salpicado de estrellas que brillaban con una intensidad que nunca dejaba de sorprenderle después de cuatrocientos años.

Se llevó la mano al pecho. Debajo de la piel, debajo de las sombras, algo había cambiado. Algo cálido. Algo vivo. Algo que no debería existir después de cuatrocientos años de soledad.

*Aelith*, pensó. *¿Me perdonarías? ¿Me perdonarías si te dijera que hay alguien que se cae igual que tú, que llora igual que tú, que mira el mundo con los mismos ojos que tú? ¿Me perdonarías si te dijera que por primera vez en cuatrocientos años, quiero seguir vivo?*

La pregunta se quedó flotando en el aire, sin respuesta.

Las estrellas parpadeaban sobre Drakheim.

El viento soplaba entre las almenas. Y en algún lugar, en una habitación de un albergue llamado "La Cama Dura", Jen Delay se llevó la mano al pecho y sintió que la marca del Conquistador, por primera vez desde que la descubrió, no estaba tan fría.

Kaeros cerró los ojos. La imagen de Jen casi sonriendo se grabó en su retina como una marca que no podía borrar.

*Esto es peligroso*, pensó. *Esto es lo más peligroso que me ha pasado en cuatrocientos años. Más que la guerra. Más que el Conquistador. Más que las sombras que me devoran por dentro.*

*Porque esto no me va a matar el cuerpo. Esto me va a matar el alma.*

Abrió los ojos. Las estrellas seguían ahí. El viento seguía soplando. Y Jen seguía existiendo en algún lugar de Drakheim, con la marca en el pecho y el agua en las venas y una forma de caer que era exactamente igual a la de una mujer muerta hacía cuatrocientos años.

—Maldita seas, Jen Delay —murmuró Kaeros, y su voz sonó como la de un hombre que ha perdido una batalla que no sabía que estaba librando.

En el pasillo, al otro lado de la puerta, Malachi se apoyó contra la pared con los brazos cruzados y la sonrisa torcida puesta. Había escuchado todo. Naturalmente.

—Por fin —susurró para sí mismo, con una voz que sonaba a alivio y a esperanza y a algo que llevaba cuatrocientos años esperando decir—. Por fin.