CAPÍTULO 9
"La cena de los tres"
Kaeros se preparó para la cena como quien se prepara para una batalla.
No con armadura ni con espada, sino con la misma disciplina mental que había perfeccionado durante cuatrocientos años de soledad: vaciar la mente, endurecer el pecho, recordar que los sentimientos son grietas y que las grietas se sellan con silencio.
Se lavó las manos con agua fría hasta que los nudillos le dolieron.
Se peinó el pelo hacia atrás con los dedos, sin mirarse en el espejo porque los espejos le recordaban que seguía teniendo la misma cara que tenía cuando Aelith murió y eso era, a estas alturas, una tortura que prefería evitar.
Se puso la túnica negra de siempre, la que olía a humo de chimenea y a cuatro siglos de noches sin dormir, y se quedó de pie en el centro de su aposento, con las manos cruzadas a la espalda, mirando la mesa que había mandado preparar.
Tres sitios. Tres platos. Tres copas.
La primera vez que cenaba con alguien que no fuera Malachi en más de doscientos años.
*Esto es una estupidez*, pensó Kaeros, y la voz en su cabeza sonó sospechosamente a la de Malachi cuando se burlaba de los soldados.
*Has sobrevivido a cuatro siglos de guerras, de traiciones, de noches en las que las sombras te devoran por dentro, y ahora estás nervioso porque una chica de veintitrés años va a sentarse en tu mesa y comer tu comida. *
No estaba nervioso. Kaeros no se ponía nervioso. Kaeros era frío como la piedra de las montañas y duro como el acero de las espadas. Kaeros no sentía nada. Llevaba cuatrocientos años sin sentir nada y tenía la intención de seguir así otros cuatrocientos.
Pero entonces recordó la forma en que Jen había caído de rodillas en la plaza, con el agua brotando de sus manos y los ojos llenos de una rabia que era más parecida al dolor que a la furia, y sintió algo que no debería sentir. Algo cálido. Algo que se parecía peligrosamente al reconocimiento.
*Tiene su forma de caer*, había murmurado aquella noche, sin querer, sin pensar, con la voz de alguien que ha visto un fantasma. Y desde entonces, la frase no lo había dejado en paz.
No era Aelith. Lo sabía. Aelith estaba muerta desde hacía cuatrocientos años, enterrada en un bosque que ya no existía, con un nombre que el Conquistador le había arrebatado igual que le había arrebatado todo lo demás.
Jen no era Aelith. Jen era una semihumana de ojos grises y manos huesudas que venía de un lago y que olía a agua fresca en un mundo que olía a ceniza.
Pero se caía igual.
La misma forma. La misma torpeza. La misma manera de poner las manos hacia adelante, como si quisiera atrapar el suelo antes de que el suelo la atrapara a ella.
*Cállate*, se ordenó Kaeros, apretando los dientes. *Cállate y deja de buscarla en personas que no son ella. Aelith está muerta. Y tú estás vivo. Y eso es exactamente lo que el Conquistador quería.*
La puerta de su aposento se abrió sin llamar.
—Se dice "adelante" antes de entrar —espetó Kaeros sin girarse.
—Llevo cuatrocientos años entrando sin llamar —respondió Malachi, con esa voz que era mitad sonrisa y mitad provocación—. Si no te has acostumbrado ya, el problema es tuyo.
Malachi entró con su paso habitual, ese que era mitad andar y mitad rebotar, como si el suelo fuera un trampolín y él estuviera considerando seriamente usarlo. Se dejó caer en una silla con la elegancia de un saco de patatas y se miró alrededor con los ojos de carbón entrecerrados.
—Tres sitios —observó, señalando la mesa con el dedo—. ¿Cenamos en sociedad hoy?
—Jen vendrá —sentenció Kaeros, con un tono que pretendía ser neutro y sonó a cualquier cosa menos neutro.
Malachi lo miró. La sonrisa torcida se movió ligeramente, como un animal que detecta algo interesante.
—¿Jen? —repitió, saboreando el nombre—. ¿La niña del agua? ¿La que te lanzó látigos en la plaza? ¿La que vomitó cuando la derrotaste?
—No la derroté. La dejé ir.
—Claro. Porque tú eres así de generoso. Dejas ir a todo el mundo. Por eso llevas cuatrocientos años solo.
Kaeros lo fulminó con la mirada. Malachi no se inmutó. Llevaba demasiados años aguantando esas miradas como para amilanarse ante una más.
—¿Por qué la invitas? —preguntó Malachi, con un tono que era mitad curiosidad y mitad algo más peligroso.
—Porque quiero entender qué es —respondió Kaeros, y la mentira le supo a ceniza.
Malachi lo miró un momento largo. Luego se encogió de hombros.
—Claro. Porque quieres entender qué es. No porque te guste. No porque te recuerde a alguien. No porque cuando la miras, se te olvida que llevas cuatrocientos años muerto por dentro. Solo porque quieres entender qué es.
—Malachi.
—¿Qué?
—Cállate.
—Me callo.
No se calló. Nunca se callaba. Pero al menos dejó de hablar durante los siguientes diez minutos, que era lo más cerca del silencio que Malachi podía permitirse sin asfixiarse.
Cuando Jen entró en el aposento, Kaeros sintió que el aire se espesaba.
No fue un cambio físico. No hubo un ruido, ni un destello, ni una alteración visible en el espacio.
Simplemente, el aire se volvió más denso, como si la habitación hubiera contenido la respiración.
Jen estaba en el umbral, con la túnica gris de siempre, el pelo recogido en un moño apretado que le tiraba de las sienes, y los ojos del color del cielo nublado mirando a su alrededor con una mezcla de miedo y curiosidad que a Kaeros le pareció devastadoramente familiar.
*Aelith miraba así o no, es solo el sentimiento*, pensó, y la idea le golpeó como un puñetazo en el centro del pecho. *Con miedo y curiosidad al mismo tiempo. Como si el mundo fuera un libro que quería leer pero que le daba miedo abrir.*
*Cállate*, se ordenó Kaeros por segunda vez esa noche. *No es ella. No es ella. Nunca será ella.*
—Entra —dictaminó, con una voz que sonó más fría de lo que pretendía.
Jen entró. Malachi se levantó de la silla con un movimiento que era mitad cortesía y mitad espectáculo y le ofreció el asiento con una reverencia exagerada.
—Para la dama del agua —sentenció Malachi, con un tono de servidor que era tan falso como su sonrisa—. El mejor sitio de la mesa. El que está más lejos del señor de las sombras, por si decide lanzarle algo.
—No voy a lanzarle nada —gruñó Kaeros.
—Eso decías la última vez, y acabaste tirando un hueso de fruta a un guardia.
Jen casi sonrió. Casi. La sonrisa llegó hasta la comisura de sus labios y se quedó ahí, como una invitación que no terminaba de aceptarse.
Kaeros la vio casi sonreír y sintió algo que no debería sentir.
*Peligro*, pensó. *Esto es peligroso. No por ella. Por mí.*
Se sentaron. Kaeros en la cabecera, Jen a su derecha, Malachi a su izquierda.
La mesa estaba preparada con más cuidado del habitual: manteles limpios, platos de peltre bruñido, velas que proyectaban una luz cálida sobre las paredes de piedra.
Kaeros no recordaba haber mandado preparar todo eso.
Probablemente había sido Malachi. El maldito siempre sabía cuándo algo importante iba a pasar antes de que pasara.
La cena empezó en silencio. Kaeros cortó la carne con parsimonia, sin levantar la vista.
Malachi comió con las manos, como siempre, salpicando salsa sobre el mantel con la generosidad de un pintor que trabaja a gran escala.
Jen apenas tocó la comida, moviendo los cubiertos con la torpeza de alguien que no está acostumbrada a usarlos.
Kaeros lo vio desde el rabillo del ojo. Jen sujetaba el tenedor empuñado, como un cuchillo, con los nudillos blancos por la fuerza.
La carne del plato estaba cortada en trozos irregulares, algunos demasiado grandes para la boca, otros tan pequeños que parecían migas.
Intentaba clavarlos con el tenedor y llevarlos a la boca con la misma expresión de concentración que ponía cuando atacaba con los látigos de agua: los dientes apretados, el ceño fruncido, la mandíbula tensa.
Un trozo se le escapó del plato y rodó por el mantel.
Jen lo miró con la expresión de alguien que acaba de cometer un crimen imperdonable.
—¿Problemas con la comida? Me pregunto si no estás acostumbrada a comer en lugares distinguidos —dijo Kaeros.
Jen se congeló.
—Por supuesto que estoy acostumbrada —mintió rápidamente.
El pensamiento le produjo algo que no debería producirle: una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la compasión.
*No*, se dijo Kaeros, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolió. *No compadezcas. La compasión es una grieta. Y las grietas se sellan con silencio.*
Pero entonces Jen volvió a intentar clavar un trozo de carne. El tenedor resbaló. El trozo salió disparado y aterrizó en el mantel de Malachi, que lo miró con la expresión de un hombre que ha recibido un regalo que no esperaba.
—Vaya —dijo Malachi, recogiendo el trozo de carne con los dedos y llevándoselo a la boca—. Gracias. Estaba buscando algo más que comer y he aquí que la providencia me lo entrega.
Jen enrojeció hasta las orejas. Las manos le temblaron sobre la mesa. Algo cruzó sus ojos, algo rápido y doloroso, como una ola que se forma en la superficie de un lago tranquilo y que se lleva todo lo que encuentra por delante. Vergüenza. Pura, desnuda, devastadora vergüenza.
Kaeros la vio y sintió que algo se rompía dentro de él.
Antes de que su mente pudiera detenerlo, antes de que la voz en su cabeza pudiera gritarle "no lo hagas, no te acerques, no la ayudes", Kaeros tomó el plato de Jen con una mano y lo colocó frente a sí.
Con la otra, cogió su propio cuchillo —uno de los buenos, afilado, que cortaba la carne como si fuera mantequilla— y empezó a cortar.
Con cuidado. Con precisión. Trozos regulares, del tamaño justo para una boca pequeña.
No dijo nada. No la miró. Simplemente cortó, con la misma parsimonia con la que cortaba todo: despacio, sin prisa, como si el acto de cortar carne fuera un ritual sagrado que merecía toda su atención.
Cuando terminó, devolvió el plato a Jen.
Silencio.