Fuego de los caídos CAPÍTULO 8 #3
26%

CAPÍTULO 8 #3

Jen no dijo nada. No sabía qué decir. Las palabras de Malachi le habían dejado un hueco en el pecho, un vacío que no era suyo pero que sentía como propio.

La historia de Emeric, el niño bajo el puente, el fuego que nadie podía tocar, la sombra que borró los recuerdos, todo eso se mezclaba en su cabeza con la marca del pecho, con la voz de la niebla, con la certeza de que todo lo que había creído sobre sí misma era mentira.

*Somos iguales*, pensó Jen. *Los dos nos hemos perdido a nosotros mismos. Los dos hemos sido usados por alguien más. Los dos llevamos marcas que no elegimos*.

Malachi se levantó. Se sacudió la túnica, como siempre, con el gesto de alguien que no tiene nada que sacudirse pero que lo hace por costumbre.

—Bueno —dijo y la sonrisa torcida volvió a su lugar, como si el momento de vulnerabilidad fuera un paréntesis que se ha cerrado—. Creo que ya he compartido suficiente intimidad para un día. Si seguimos así, voy a acabar contándote el color de mis calcetines.

Jen casi sonrió. Casi.

—Malachi —dijo.

—¿Qué?

—Gracias. Por contármelo.

Malachi la miró un momento largo. Luego se encogió de hombros.

—No me lo agradezcas —respondió—. No te lo he contado por ti. Te lo he contado porque necesitaba decírselo a alguien. Y tú eres la primera persona en cuatrocientos años que me ha escuchado sin llorar.

Jen parpadeó.

—¿La gente llora cuando te escucha?

—La última vez que se lo conté a alguien, esa persona lloró durante tres días. Fue muy incómodo. Tuve que comprar cerveza para que parara.

Jen soltó una risa que le salió del estómago, una risa húmeda y temblorosa que mezclaba el alivio y la compasión y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

Malachi le dedicó una sonrisa torcida, la más honesta que Jen le había visto.

—Así me gusta —sentenció—. La niña del agua riendo. Es un buen comienzo.

Se giró hacia la escalera de la muralla y empezó a bajar. Jen lo siguió. Cuando llegaron al patio de armas, Malachi se detuvo y se volvió hacia ella.

—Oye, Jen —dijo.

—¿Qué?

—No sé qué te ha pasado anoche. No sé por qué tienes esa cara. No sé qué es esa marca que llevas en el pecho y que brilla cuando las sombras están cerca.

Jen sintió que el corazón se le detenía.

—Sí, la he visto —confirmó Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. La primera vez que te vi en la taberna, la sentí. Hueles a agua, pero también hueles a algo más. Algo frío. Algo que no es tuyo.

Jen tragó saliva.

—No me lo expliques —dijo Malachi, levantando una mano—. No ahora. Cuando estés lista. Si es que alguna vez estás lista. Pero quiero que sepas algo.

—¿Qué?

—Da igual lo que lleves dentro. Da igual si es una marca del Conquistador o una marca de otro mundo o una marca de lo que sea. Lo que llevas dentro no te define. Te define lo que haces con ello.

Jen sintió que los ojos se le humedecían de nuevo.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué haces con lo que llevas dentro?

Malachi la miró. La sonrisa torcida volvió, pero esta vez era una sonrisa cálida, como la de alguien que ha encontrado una razón para seguir sonriendo.

—Yo —dijo— me paso el día riendo para no llorar. Y por las noches, cuando nadie me ve, voy a la torre de Kaeros y me siento en la escalera y lo escucho toser niebla negra y me quedo ahí. Porque él se quedó conmigo bajo el puente. Y yo me quedo con él en la torre. Es lo único que sé hacer bien.

Malachi se dio la vuelta y caminó hacia la torre de cristal negro, con ese paso que era mitad andar y mitad rebotar, con esa energía contenida que hacía que cada gesto pareciera un fuego que se niega a apagarse.

Jen lo vio alejarse, con el cabello rojo brillando bajo el sol de la mañana como brasas que se niegan a morir y pensó que Malachi era, posiblemente, la persona más rota y más entera que había conocido en su vida.

*Emeric*, pensó. *Su nombre es Emeric. Y nadie lo sabe. Solo yo. Y eso me hace responsable*.

Se llevó la mano al pecho. La marca seguía ahí, fría, silenciosa, paciente.

Pero debajo de la marca, la corriente subterránea seguía fluyendo.

Y ahora, junto a esa corriente, había algo nuevo: el peso de un nombre que nadie recordaba, la historia de un niño bajo un puente y la certeza de que, en un mundo de mentiras, una verdad compartida era lo más valioso que existía.

Malachi había perdido sus recuerdos. Jen había perdido su identidad. Kaeros había perdido a su esposa. Los tres estaban rotos. Los tres llevaban marcas que no habían elegido. Y los tres seguían de pie.

*Quizás eso es lo que significa ser fuerte*, pensó Jen mientras caminaba hacia la taberna de Brokk. *No es no caerse. Es caerse y levantarse. O, al menos, caerse y no quedarse en el suelo*.

El sol de la mañana calentaba las calles de Drakheim. Los vendedores abrían sus puestos. Los niños corrían por los callejones. Y en algún lugar, en la torre de cristal negro, Kaeros miraba al horizonte con la cara de alguien que busca algo que ya no existe.

Pero ahora Jen sabía algo que no sabía antes: que Kaeros no estaba solo. Que Malachi estaba ahí, sentado en la escalera, escuchándolo toser. Que ella estaba ahí, con una marca en el pecho y un nombre secreto en el corazón.

Y eso, en un mundo de mentiras, era suficiente.