CAPÍTULO 8 #2
—Lo primero que recuerdo es el puente.
Habló sin mirarla. Tenía los ojos fijos en el horizonte, en algún punto más allá de las montañas, en algún lugar que solo él podía ver. Su voz era diferente: más baja, más grave, sin la ironía habitual, como si estuviera sacando palabras de un lugar que llevaba mucho tiempo cerrado.
—No recuerdo nada de antes. No recuerdo a mis padres, no recuerdo mi casa, no recuerdo nada.
Lo primero que tengo es el puente. Estaba debajo, en el barro, con la piel quemada y el cuerpo temblando de frío.
Tenía dieciocho años. O eso me dijeron después.
Yo no lo sabía entonces. No sabía nada. Solo sabía que tenía frío, que tenía hambre y que algo dentro de mí ardía.
Jen no dijo nada. Se quedó mirando a Malachi, sintiendo que las palabras le llegaban como piedras cayendo en un pozo: una a una, lentas, pesadas, con un sonido que retumbaba en la distancia.
—El fuego —continuó Malachi—. Siempre estuvo ahí.
No sé de dónde vino. No sé si nací con él o si me lo pusieron.
Solo sé que estaba ahí, dentro de mí, como un animal que quiere salir.
Cuando era niño, o cuando creo que era niño, el fuego se me escapaba.
Las manos se me encendían. La piel se me quemaba. Y la gente huía.
Se miró las manos. Las mismas manos que Jen había visto en la taberna, grandes, callosas, con marcas oscuras en los antebrazos que ahora sabía que eran quemaduras. Cicatrices de un fuego que no podía controlar.
—Mis padres —dijo Malachi y la voz se le quebró ligeramente—.
No los recuerdo. No sé cómo eran. No sé sus nombres.
Pero sé que me dejaron. Lo sé porque hay un eco, un residuo, como el zumbido que queda en los oídos después de un trueno.
Sé que había personas que me querían. Y sé que un día esas personas se fueron.
Y sé que la razón era yo. Mi fuego. El animal que quiere salir.
Jen sintió que los ojos se le humedecían. No dijo nada. No podía. Las palabras de Malachi eran demasiado grandes para el espacio que tenían entre los dos.
—Vagué —continuó Malachi—. No sé cuánto tiempo.
Días. Semanas. Quizás meses. Caminaba por los caminos sin rumbo, con la piel quemada y el estómago vacío y la gente se apartaba cuando me veía.
Los niños lloraban. Los perros ladraban.
Los adultos hacían señas para alejarme. Nadie me tocaba.
Nadie me hablaba. Nadie me miraba a los ojos.
Malachi hizo una pausa. Bebió un trago de cerveza. El odre temblaba ligeramente en su mano.
—Y entonces —dijo—, encontré el puente.
Se detuvo. El silencio se alargó. Jen esperó.
—Estaba debajo del puente, en el barro, con la fiebre y el frío y la sensación de que el mundo entero me había olvidado. Y entonces escuché pasos. Pasos lentos, pausados, de alguien que no tenía prisa. Y una voz que dijo: "¿Tienes frío?"
Malachi cerró los ojos durante medio segundo. Luego los abrió.
—Era Kaeros —dijo—. Tenía treinta y ocho años entonces. Más joven que ahora, claro. Pero ya tenía los ojos grises y la cara de pocos amigos. Se acercó, se agachó junto al puente y me miró. No con miedo. No con asco. Me miró como quien mira a un animal herido que no sabe si morder o dejarse curar.
—¿Y qué hizo? —preguntó Jen, porque el silencio era demasiado pesado para soportarlo.
—Se quedó —respondió Malachi—. Eso hizo.
Se quedó. Se sentó en el barro, junto a mí, con su túnica negra y sus botas de cuero y se quedó.
No me dijo nada. No me preguntó nada. Simplemente se quedó.
Y por primera vez en mi vida, o al menos en la parte de mi vida que recuerdo, alguien no le tuvo miedo a mi fuego.
Jen sintió que algo se movía dentro de ella, algo cálido y doloroso que se parecía a la comprensión.
—Me llevó a su casa —continuó Malachi—. Bueno, no una casa. Una cueva. Una cueva junto a un lago. ¿Te suena?
Jen parpadeó.
—¿El Lago Espejo? —preguntó.
—El mismo —confirmó Malachi—. Kaeros vivía allí entonces, antes de la torre.
Antes de Drakheim. Antes de todo. Vivía en una cueva junto al lago, solo, con sus sombras y su dolor.
Y me llevó allí. Me curó las quemaduras.
Me dio de comer. Me dejó dormir junto al fuego. Y al tercer día, me preguntó algo.
—¿Qué?
—¿Quieres quedarte?
Malachi abrió los ojos. La sonrisa torcida volvió, pero era una sonrisa diferente: más pequeña, más honesta, como la de alguien que ha recordado algo importante.
—Yo no supe qué responder —dijo—. No entendí la pregunta. Nadie me había preguntado nunca si quería quedarme. La gente me preguntaba si quería irme. O no me preguntaba nada y simplemente se iba. Pero Kaeros me preguntó si quería quedarme. Y yo dije que sí. Sin pensar. Sin dudar. Solo dije que sí.
Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas. No las limpió. Dejó que cayeran.
—Y entonces —continuó Malachi, bajando la voz—, Kaeros hizo algo que no esperaba.
Sacó un frasco pequeño, de cristal negro, con un líquido dentro que parecía sombra líquida.
Me dijo: "Esto te hará inmortal. No envejecerás.
No morirás. Pero tendrás que aceptar el precio.
" Yo le pregunté cuál era el precio. Y él respondió: "No lo sé.
Nadie lo sabe. Pero yo lo acepté y sigo aquí. "
Malachi hizo una pausa. El viento soplaba entre las almenas, trayendo el olor a hierba y a tierra mojada. El sol de la mañana les calentaba la cara y abajo, en el valle, el río brillaba como una cinta de plata.
—Acepté —dijo Malachi—. Kaeros vertió una gota de sombra líquida en mi mano.
El frío me atravesó el brazo, el pecho, la garganta.
Fue como tragar hielo. Y cuando el frío pasó yo seguía ahí.
Pero algo había cambiado. Algo dentro de mí se había movido.
No supe qué era entonces. No supe qué era durante mucho tiempo.
Se miró las manos de nuevo. Las mismas manos que habían sostenido la copa de cerveza, que habían señalado edificios en la calle, que habían apretado el hombro de Jen cuando ella lo necesitaba.
—No lo supe —repitió—. Hasta que un día intenté recordar el nombre de mi madre. Y no pude.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el latido de su propio corazón.
—No es que lo hubiera olvidado —continuó Malachi, con la voz rota—.
Es que nunca lo supe. Nunca lo supe. La gota de sombra me lo borró.
Me borró los primeros dieciocho años. Todo.
Cada recuerdo. Cada cara. Cada nombre. Cada olor.
Todo. Como si alguien hubiera cogido una goma y hubiera borrado la primera parte de mi vida, dejando solo el hueco.
Jen sintió que el mundo se detenía.
—¿Kaeros lo sabe? —preguntó.
—No —respondió Malachi—. No lo sabe. Nunca se lo he contado. Nunca se lo contaré. Porque si se lo cuento, se sentirá culpable. Y Kaeros ya lleva cuatrocientos años cargando con demasiada culpa como para añadir la mía.
—Pero...
—No —interrumpió Malachi, con una firmeza que cortó el aire como un cuchillo—. No me mires así. No me tengas lástima. Yo elegí. Yo acepté. Y si pudiera volver atrás, volvería a aceptar. Porque Kaeros me dio algo que nadie más me había dado: un hogar. Un nombre. Una razón para seguir vivo.
Jen abrió la boca para decir algo, pero no le salieron palabras.
—Mi nombre —dijo Malachi, con una voz más baja que nunca—.
Mi nombre real era Emeric. Eso es lo único que recuerdo.
No sé de dónde viene. No sé quién me lo puso.
Pero es mío. Es lo único que queda de los primeros dieciocho años.
Y Kaeros me dio el nombre de Malachi. Vessai.
Es el apellido que él eligió para mí. Porque no tengo otro.
Jen sintió que el corazón se le rompía.
—Emeric —repitió, porque necesitaba decirlo, porque necesitaba que alguien lo dijera en voz alta para que fuera real.
Malachi la miró. La sonrisa torcida volvió, pero esta vez era una sonrisa triste, como una vela que se apaga pero que todavía humea.
—Eso es —sentenció—. Ese es mi nombre. El único que tengo. El único que me queda.
Se quedaron en la muralla durante un rato más, sin hablar, dejando que el silencio existiera entre los dos como un espacio compartido que no necesitaba ser llenado.
El sol se movía lentamente sobre el valle, cambiando la luz del dorado al plateado y el viento traía el olor a hierba y a tierra mojada.