CAPÍTULO 8
"El incendio de Malachi"
Jen se presentó en "El Último Trago" con las manos todavía temblando y la marca del pecho pulsando bajo la tela como un segundo corazón frío.
No sabía por qué había ido a la taberna.
No tenía un plan. No tenía una estrategia.
No tenía nada excepto el peso de la noche anterior aplastándole los hombros como una losa de piedra: la voz de la niebla, los hombres arrodillados, "la pieza está en posición", el frío en el pecho que no se iba.
Había pasado la noche en un albergue mirando el techo durante horas preguntándose si todo lo que había creído sobre sí misma era mentira.
La respuesta, cada vez que la pensaba, le supo a sangre.
La taberna estaba casi vacía a esa hora.
Brokk no estaba: el enano seguía con su costumbre de no levantarse antes del mediodía, como si la pereza fuera una virtud que había perfeccionado durante décadas de práctica diligente.
El hombre calvo del mostrador limpiaba un vaso con un trapo que parecía más sucio que el vaso mismo y un par de soldados dormitaban en una mesa del rincón con las cabezas apoyadas en los brazos cruzados.
Y en el taburete de siempre, dos más allá del que Jen había ocupado la primera vez, Malachi.
Estaba solo. Con una copa de cerveza en la mano y la sonrisa torcida puesta como quien lleva un abrigo: no porque haga frío, sino porque es lo primero que te pones al salir de casa.
El cabello rojo le caía sobre la frente como brasas que se niegan a apagarse y los ojos de carbón brillaban con esa luz que parpadeaba en el fondo como una chispa que no quiere morir.
Cuando Jen entró, Malachi la vio. No giró la cabeza. No hizo ningún gesto de sorpresa. Simplemente la miró desde su taburete con esa curiosidad intensa y ligeramente perturbadora que ya le era familiar y sentenció:
—Vaya. La niña del agua. Pensé que te habías perdido por los pasillos de Drakheim para siempre.
Jen se sentó en el taburete de al lado. No pidió nada. Se quedó mirando el mostrador durante un momento largo, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.
Malachi no la presionó. No dijo "¿qué te pasa?" ni "¿por qué tienes esa cara?" Simplemente dejó que el silencio existiera entre los dos, como quien deja una puerta abierta sin obligar a nadie a cruzarla.
Fue Jen quien habló primero.
—Necesito que me hables de algo que no sea mi marca, mi misión, ni la resistencia —exclamó y su voz sonó más rota de lo que pretendía.
Malachi enarcó una ceja. La sonrisa torcida se movió ligeramente, como si estuviera evaluando si eso era una broma o una súplica.
—¿De qué quieres que hable? —preguntó.
—De ti —respondió Jen—. De cómo eras antes de ser el perro de fuego de Kaeros.
Malachi dejó de beber. La copa se detuvo a medio camino entre la mesa y la boca.
Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una sombra que pasa frente a una hoguera.
Luego la sonrisa volvió, pero esta vez era diferente: más pequeña, más honesta, como la de alguien que ha decidido dejar de jugar y empezar a hablar en serio.
—Antes de ser el perro de fuego —repitió Malachi, saboreando las palabras—. Eso requiere cerveza. Mucha cerveza. Y tal vez algo más fuerte. ¿Tienes dinero?
—No.
—Perfecto. Entonces beberás agua. Como siempre.
Malachi hizo una seña al hombre calvo, que trajo otra cerveza para él y un vaso de agua para Jen con la resignación de quien ha aceptado que algunas batallas no se ganan.
—Salud —brindó Malachi, levantando su copa.
Jen levantó su vaso de agua.
—Salud —repitió.
Malachi bebió un trago largo. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego se giró en el taburete para mirarla de frente, con los ojos de carbón fijos en ella con una intensidad que le quitó el aliento.
—¿Sabes qué es lo más divertido de ser inmortal? —preguntó.
—¿Qué?
—Que te acostumbras a todo. Al dolor. A la soledad. A ver morir a la gente que quieres. A la cerveza mala. A todo. Te acostumbras como te acostumbras al frío en invierno: no deja de hacer frío, simplemente dejas de quejarte.
Jen lo miró. Había algo en su voz, debajo del humor, debajo de la sonrisa torcida, que sonaba a hueso. A algo desnudo y roto que Malachi había aprendido a cubrir con capas de ironía y cerveza.
—¿Y a qué no te has acostumbrado? —preguntó Jen.
Malachi la miró un momento largo. Luego respondió, con una voz más baja que nunca:
—A recordar que no recuerdo.
Malachi se levantó del taburete con un movimiento que era mitad andar y mitad rebotar.
—Vamos —dijo, señalando la puerta con la copa vacía.
—¿Adónde? —preguntó Jen.
—A caminar. Necesito aire. Y tú necesitas alejarte de esa taberna antes de que el olor a cerveza rancia te entre por los poros y te conviertas en Brokk.
Jen casi sonrió. Casi.
Salieron de "El Último Trago" y se adentraron en las calles empinadas de Drakheim.
El sol de la mañana se colaba entre los tejados de pizarra negra como un invitado que cumple una obligación y el aire olía a metal frío, a humo de chimenea y a pan recién horneado saliendo de alguna cocina cercana.
Los vendedores abrían sus puestos con la parsimonia de quien lleva años haciendo lo mismo y los niños corrían por los callejones con esa energía que solo los niños poseen.
Malachi caminaba a su lado con ese paso que era mitad andar y mitad rebotar, como si el suelo fuera un trampolín y él estuviera considerando seriamente usarlo. Cada pocos pasos, señalaba algo con la mano y soltaba un comentario.
—Ese edificio —dijo, señalando una fachada gris—. Tiene una grieta en la base. Si tuvieras tu poder aquí, dirías que va a caer en tres inviernos.
—Probablemente —respondió Jen.
—Pues lleva cuarenta años así. La arquitectura de Drakheim se basa en el principio de "mientras no caiga, no tocar".
Jen soltó una risa que le sorprendió. No era una risa grande ni alegre, pero era una risa y después de la noche que había pasado, cualquier risa era un milagro.
Malachi la miró de reojo, con esa sonrisa torcida que era su marca.
—Oye —dijo—. ¿Sabes qué? Creo que es la primera vez que te ríes desde que llegaste a Drakheim.
—No es verdad. Me reí con Brokk.
—Eso no cuenta. Brokk es un payaso profesional. Su trabajo es hacer reír a la gente. Yo soy un aficionado. Que te rías conmigo es un logro.
Jen lo miró. Malachi le devolvió la mirada con una expresión que era mitad broma y mitad algo más serio, algo que estaba debajo de la sonrisa torcida y los ojos de carbón, algo que Jen estaba empezando a reconocer: la vulnerabilidad de alguien que ha aprendido que el humor es la mejor manera de no llorar.
—Malachi —dijo Jen.
—¿Qué?
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
Malachi parpadeó. La pregunta pareció pillarle desprevenido, como si nadie le hubiera hecho algo así antes. Luego se encogió de hombros.
—No lo sé —respondió, con una honestidad que le supo a algo que no sabía nombrar—.
Tal vez porque hueles a agua y yo huelo a fuego y eso es interesante.
Tal vez porque eres la primera persona nueva en Drakheim en veinte años que no me llama "el perro de fuego" a la cara.
Tal vez porque cuando te miro, veo algo que me recuerda a alguien.
—¿A quién?
Malachi no respondió. Se quedó mirando al frente, con la sonrisa torcida intacta pero los ojos de carbón apagados, como brasas que alguien ha soplado demasiado fuerte.
—A mí mismo —murmuró al fin—. De hace mucho tiempo.
Caminaron durante un rato más, sin hablar, dejando que el silencio existiera entre los dos como un espacio compartido que no necesitaba ser llenado.
Malachi la llevó hasta la muralla este de Drakheim, donde un saliente de piedra ofrecía una vista del valle que se extendía hacia el sur: colinas verdes, el brillo lejano de un río y más allá, las montañas de Sylvaen perdiéndose en la bruma.
Se sentaron en el borde de la muralla, con las piernas colgando sobre el vacío.
El viento les azotaba la cara, trayendo el olor a hierba húmeda y a tierra mojada.
Malachi sacó un odre de cerveza de algún bolsillo interior de su túnica —Jen no quiso preguntar de dónde había salido— y bebió un trago largo.
—Malachi —dijo Jen, rompiendo el silencio.
—¿Mmm?
—Antes has dicho que no recuerdas. ¿Qué no recuerdas?
Malachi dejó de beber. El odre se detuvo a medio camino entre la boca y el regazo. Algo cruzó sus ojos de carbón, algo rápido y profundo, como una sombra que pasa frente a una hoguera y que no quieres ver pero que ves de todas formas.
—Todo —respondió, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. No recuerdo nada de antes de los dieciocho años.
Jen sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Nada?
—Nada. No sé cómo era mi casa. No sé cómo eran mis padres.
No sé mi apellido original. No sé el nombre de la aldea donde nací.
No sé el color de los ojos de mi madre. No sé si tenía hermanos.
No sé nada. Es como si alguien hubiera cogido los primeros dieciocho años de mi vida y los hubiera borrado con un trapo.
Jen lo miró. La sonrisa torcida seguía ahí, pero debajo de ella había algo desnudo, algo que Malachi no quería que se viera pero que ya era demasiado tarde para esconder.
—¿Y cómo se llama eso? —preguntó Jen, con la voz más suave de lo que pretendía.
—No tiene nombre —respondió Malachi—. Es simplemente... vacío. Un hueco donde debería haber algo. Como una habitación que alguien ha vaciado y que todavía huele a lo que había dentro, pero que ya no tiene nada.
Jen guardó silencio durante un momento largo. El viento soplaba entre las almenas, trayendo el olor a hierba y a tierra mojada. El sol de la mañana les calentaba la cara y abajo, en el valle, el río brillaba como una cinta de plata.
—¿Quieres que te cuente lo que sé? —preguntó Malachi de repente, con una voz que sonaba a alguien que ha decidido, después de mucho tiempo, dejar de esconder algo.
Jen asintió.
Malachi bebió otro trago de cerveza. Luego dejó el odre a un lado, apoyó los codos en las rodillas y empezó a hablar.