Fuego de los caídos CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Jen se sentó frente a él. No pidió agua. No pidió cerveza. Se quedó mirando al enano durante un momento largo, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.

—Necesito preguntarte algo —articuló Jen, su voz sonó más pequeña de lo que quería.

—Adelante —respondió Brokk, incorporándose en la silla con un crujido de articulaciones—. Para eso estoy aquí. Para preguntas. Y para la cerveza. Pero sobre todo para la cerveza.

—¿Sabes algo sobre marcas? —preguntó Jen—. Marcas mágicas. Marcas que se ponen en el cuerpo sin que lo sepas.

Brokk dejó de beber. La copa se detuvo a medio camino entre la mesa y la boca. Sus ojos de miel vieja se fijaron en ella con una intensidad que Jen no le había visto antes.

—¿Qué clase de marca? —preguntó el enano, su voz perdió la ligereza habitual.

Jen dudó. Luego, sin decir nada, se bajó la túnica hasta la clavícula y mostró el pecho.

La marca estaba ahí, brillando con esa luz azulada que se intensificó cuando las sombras de la taberna se movieron. La espiral, o serpiente enroscada, o lo que fuera, pulsaba sobre la piel de Jen como un segundo corazón frío.

Brokk la miró durante un momento largo. Luego dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco y murmuró algo que Jen no alcanzó a entender.

—¿Qué has dicho? —preguntó Jen.

—He dicho que estamos jodidos —repitió Brokk, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Eso es una marca de vinculación. Del Conquistador. Las ponía en los primeros comandantes, hace cuatrocientos años. Es un vínculo directo. Le permite sentirte. Seguirte. Controlarte si es necesario.

Jen sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Controlarme? —tartamudeó.

—Si quiere —respondió Brokk, su voz era grave, seria, sin rastro de la ironía habitual—. Normalmente, las marcas están latentes. Duermen. Se activan cuando el Conquistador quiere. Pero si se activan...

No terminó la frase. No hacía falta.

—¿Hay alguna forma de quitarla? —preguntó Jen.

Brokk la miró con algo que se parecía peligrosamente a la compasión.

—No lo sé —admitió—. En cuatrocientos años, nadie ha conseguido quitarse una marca de vinculación. Pero... hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Las marcas de vinculación se ponen a los comandantes. A los que aceptan el poder del Conquistador. A los que hacen un trato. ¿Por qué te la pondrían a ti? ¿Qué trato hicieron tus padres?

La pregunta cayó sobre Jen como una piedra en un pozo. No tenía respuesta. No sabía qué trato habían hecho sus padres. No sabía por qué el Conquistador la había marcado. No sabía nada, excepto que su vida entera había sido una mentira.

—No lo sé —respondió Jen y su voz sonó rota.

Brokk la miró durante un momento largo. Luego, sin decir nada, le sirvió una copa de cerveza y se la puso delante.

—Bebe —ordenó—. No va a quitarte la marca. Pero va a hacer que el mundo parezca un poco menos horrible. Y créeme, niña del agua, lo necesitas.

Jen bebió. La cerveza era amarga, fría, con un sabor a grano tostado que le recordó vagamente a algo que no sabía nombrar. No era agua. No era lo que su cuerpo pedía. Pero era algo. Algo real. Algo que no era una mentira.

—Gracias —murmuró Jen.

—De nada —respondió Brokk, por primera vez desde que Jen lo conocía, su voz sonó suave—. Para eso están los amigos. Para las cervezas y las marcas del demonio.

Jen casi sonrió. Casi. La sonrisa llegó hasta la comisura de sus labios y se quedó ahí, como una invitación que no terminaba de aceptarse.

Pero entonces Brokk añadió, en voz baja:

—Hay algo más, ¿verdad? Algo debajo de la marca. Algo que no es del Conquistador.

Jen lo miró. El enano la observaba con esos ojos de miel vieja que parecían leer más de lo que deberían.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jen.

—Porque las marcas de vinculación son frías —respondió Brokk—. Son hielo. Son niebla. Son la cosa más fría que existe. Pero tú... tú tienes algo debajo que es caliente. Algo que no debería estar ahí. Algo que la marca no ha podido apagar.

Jen sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué es? —preguntó.

Brokk negó con la cabeza.

—No lo sé —admitió—. Pero sé que no es del Conquistador. Y sé que no es de tus padres. Es algo anterior. Algo más antiguo. Algo que llevas dentro desde antes de que te pusieran la marca.

*La corriente subterránea*, pensó Jen. *El río que fluye debajo de todo. La fuerza que no es mía pero que tampoco es de nadie. Algo que estaba aquí antes de que yo naciera*.

—¿Puedo usarlo? —preguntó Jen.

Brokk la miró un momento largo. Luego bebió un trago de cerveza, se limpió la barba con el dorso de la mano y respondió:

—No lo sé, niña del agua. Pero si alguien puede averiguarlo, eres tú. Porque lo llevas dentro. Y lo que llevas dentro es lo único que nadie te puede quitar.

Jen bebió el resto de la cerveza. El sabor amargo le llenó la boca y le calentó el estómago y le dijo, sin palabras, que el mundo seguía existiendo aunque todo lo demás fuera mentira.

*Lo que llevo dentro*, pensó Jen. *Lo único que es mío. Lo único que nadie me puede quitar*.

Se levantó. Las piernas le temblaron. El pecho le ardía donde las uñas habían rasgado la piel. La marca seguía pulsando, fría, silenciosa, paciente.

Pero debajo de la marca, la corriente seguía fluyendo.

Y eso era suficiente.

—Gracias, Brokk —dijo Jen.

—De nada, niña del agua —respondió el enano—. Vuelve cuando quieras. La cerveza sigue siendo mala. Pero la compañía mejora contigo aquí.

Jen salió de la taberna con algo que no tenía cuando entró: la certeza de que, debajo de todas las mentiras, debajo de la marca, debajo del agua que no le pertenecía, había algo que era suyo.

No sabía qué era. No sabía de dónde venía. No sabía qué significaba.

Pero sabía que era real.

Y eso, en un mundo de mentiras, era lo más valioso que tenía.