CAPÍTULO 7
"La marca invisible"
Jen se despertó con la mano en el pecho.
No fue una elección consciente. Se despertó porque algo frío le pulsaba bajo la piel como un segundo corazón que no le había pedido.
La mano estaba ahí, presionando contra el esternón a través de la tela de la túnica, como si mientras dormía su cuerpo hubiera intentado proteger algo que estaba debajo.
La marca.
Jen mantuvo la mano donde estaba durante un momento largo, sintiendo el frío a través de la tela.
No era un frío normal. No era el frío de la mañana en un túnel húmedo, ni el frío del suelo de tierra contra la espalda.
Era un frío que venía de dentro, como si alguien hubiera colocado un cristal de hielo entre sus costillas y lo hubiera dejado ahí para siempre.
La noche anterior volvió a ella en fragmentos.
La voz de la niebla. Los hombres arrodillados en el círculo de símbolos.
"La pieza está en posición." La sensación de que el suelo se abría bajo sus pies.
Y luego, al alejarse, el frío en el pecho.
La marca. La prueba de que todo lo que había creído sobre sí misma era mentira.
Jen cerró los ojos. Respiró hondo. El aire le supo a tierra húmeda y a moho y a algo más, algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.
*Llevo una marca del Conquistador* , pensó. *Desde antes de nacer. Desde que era un bebé. Mis padres lo sabían. La resistencia lo sabe. Todo el mundo lo sabe excepto yo*.
La rabia le subió por la garganta como una bilis caliente.
No la rabia del momento, no la rabia de la noche anterior, sino una rabia más antigua, más profunda, una rabia que se había estado acumulando durante veintiocho años de silencio y de dolor y de manos ensangrentadas y de cantos de control y de un padre que la miraba como una herramienta y no como una hija.
*Veintiocho años*, pensó Jen.
El número le supo a sangre.
*Veintiocho años siendo una pieza en un tablero que no elegí. Veintiocho años entrenando un poder que no es mío. Veintiocho años creyendo que servía para algo, que mi dolor tenía un propósito, que las manos sangradas y los nudillos marcados significaban algo*.
*Y resulta que sí significaban algo. Significaban que soy útil. Útil para el Conquistador. Útil para la resistencia. Útil para todo el mundo excepto para mí*.
Jen abrió los ojos. El techo del túnel estaba ahí, inmóvil, con sus vigas de madera y sus grietas que parecían constelaciones en un cielo de tierra. Las sombras de la mañana se movían en las esquinas, lentas, perezosas, como animales que despiertan después de una larga noche.
Y entonces la marca brilló.
No fue un destello grande ni espectacular.
Fue un parpadeo, una pulsación, como el latido de una vela que alguien ha soplado y que se niega a apagarse.
La luz era azulada, fría, diferente al calor de las antorchas o al brillo de la luna.
Venía de debajo de la piel, de algún punto entre el esternón y el corazón.
Se movía al ritmo de algo que Jen no controlaba.
*Las sombras*, comprendió Jen. *La marca reacciona a las sombras. Se ilumina cuando están cerca*.
Miró a su alrededor. Las sombras de la mañana se movían en las esquinas del túnel, proyectadas por las pocas antorchas que quedaban encendidas. No eran sombras de Kaeros. No eran sombras vivas. Eran sombras normales, las que proyecta cualquier cuerpo cuando la luz le da por la espalda.
Pero la marca no distinguía. La marca reaccionaba a cualquier sombra, como un perro que ladra a todo lo que se mueve, sin importar si es un enemigo o una sombra inofensiva.
Jen se incorporó. El frío del pecho se intensificó con el movimiento, como si la marca protestara por ser despertada. Se bajó la túnica hasta la cintura y miró su pecho a la luz temblorosa de la antorcha.
La marca estaba ahí.
Era un símbolo. No un tatuaje, no una cicatriz, no una marca de quemadura.
Era algo más sutil, más profundo, como si alguien hubiera dibujado una línea en el interior de su piel con tinta invisible que solo se veía cuando la luz era la adecuada.
El símbolo era una espiral, o quizás una serpiente enroscada, o quizás algo más que Jen no podía descifrar porque cada vez que intentaba fijarlo con la vista, cambiaba ligeramente, como si estuviera vivo.
*Es de Kaelthar*, pensó Jen, sin saber de dónde le venía la certeza. *Es la marca del Conquistador. La marca que le pone a lo que le pertenece*.
La rabia volvió. Más fuerte. Más caliente. Jen apretó los dientes y clavó las uñas en la marca.
El dolor fue inmediato. Un dolor blanco, absoluto, que le atravesó el pecho como un cuchillo. Las uñas se hundieron en la piel, rasgando la superficie, buscando debajo algo que pudiera arrancar, algo que pudiera quitar, algo que pudiera devolverle la sensación de que su cuerpo era suyo.
La sangre brotó. Pequeñas gotas oscuras que resbalaron por el esternón como ríos diminutos en un mapa de carne. Jen apretó más fuerte. Las uñas se hundieron más. El dolor se intensificó hasta que le nubló la vista y le llenó la boca de un sabor metálico que era mitad sangre y mitad rabia.
Y entonces el agua se rebeló.
No fue un movimiento externo. No fue un látigo de agua ni una ola ni una corriente.
Fue algo más íntimo, más traicionero. El agua dentro de ella, la misma agua que su madre le había metido en el cuerpo con el canto de control durante diecisiete años, la misma agua que vibraba cuando las sombras de Kaeros estaban cerca, esa agua se movió.
Hacia la marca.
Jen sintió cómo el líquido se acumulaba debajo de la piel, alrededor de la espiral, formando una barrera entre sus uñas y el símbolo.
No era ella quien controlaba ese movimiento.
Era el agua. El agua que respondía a algo que no era Jen pero que estaba dentro de Jen, como un parásito que ha aprendido a moverse con el cuerpo del huésped.
Las uñas se detuvieron. No porque Jen quisiera. Porque el agua no la dejó.
Jen tiró. El agua tiró en dirección contraria. Jen clavó las uñas con más fuerza. El agua se endureció, convirtiéndose en algo más parecido a un cristal que a un líquido, bloqueando el acceso a la marca como un guardia que se pone delante de una puerta.
—No —espetó Jen en voz alta, su voz sonó rota en el silencio del túnel—. No. Es mío. Mi cuerpo es mío. Si quiero arrancarme la marca, me la arranco.
El agua no respondió. Simplemente se quedó ahí, fría, sólida, inamovible, como una pared de cristal entre ella y la marca.
Jen dejó de intentar. Las manos le temblaban. La sangre le bajaba por el pecho en hilos finos que se mezclaban con el sudor y la tierra. El dolor se fue disipando lentamente, como una marea que se retira, dejando tras de sí la huella húmeda de su paso.
Jen se miró las manos. Las uñas estaban rotas, manchadas de sangre y de tierra. Los dedos le dolían como si alguien los hubiera metido en un torno. Y la marca seguía ahí, intacta, brillando con esa luz azulada que era mitad amenaza y mitad burla.
*No puedo quitármela*, pensó Jen. Con certeza de esa idea le supo a veneno.
*No puedo. El agua no me deja. Mi propio poder no me deja.
El poder que mi madre me dio, el poder que supuestamente es mío, trabaja para el Conquistador.
Cada gota de agua que controlo lleva su voluntad.
Cada látigo, cada ola, cada corriente que he lanzado contra Kaeros llevaba la firma de alguien más*.
*No soy un arma. Soy una herramienta. Y las herramientas no eligen a quién sirven*.
La rabia se convirtió en algo más. Algo más frío, más profundo, más parecido a la desesperación.
Jen se dejó caer hacia atrás, con la espalda contra la pared del túnelveintiocho cerró los ojos.
La marca pulsaba en su pecho como un segundo corazón.
El agua se movía dentro de ella como un animal que se ha despertado y que no sabe dónde está.
Y entonces sintió algo más.
Debajo de la marca. Debajo del agua. Debajo de todo lo que el Conquistador le había puesto en el cuerpo, había algo más. Algo que no era suyo pero que tampoco era del Conquistador. Algo más antiguo, más profundo, más suyo que cualquier marca o cualquier canto de control.
Era como una corriente submarina. No se veía.
No se oía. Pero se sentía. Un movimiento lento, profundo, constante, que fluía por debajo de todo lo demás como un río subterráneo que nadie ha descubierto todavía.
Una fuerza que no pedía permiso, que no obedecía órdenes, que no pertenecía a nadie excepto a ella.
Jen abrió los ojos. La marca seguía brillando. El agua seguía moviéndose. Pero debajo de todo eso, la corriente seguía fluyendo.
*¿Qué es esto?*, se preguntó.
*No es mío. No es del Conquistador. Es algo anterior. Algo que estaba aquí antes de que me pusieran la marca. Algo que ha estado aquí desde antes de que naciera*.
Jen no sabía qué era. No sabía de dónde venía. No sabía qué significaba.
Pero sabía que era real. Y sabía que era suyo. Lo único que era verdaderamente suyo.
Se levantó. Las piernas le temblaron. Las manos le dolían.
El pecho le ardía donde las uñas habían rasgado la piel.
Pero Jen se puso de pie, porque caer no significaba quedarse en el suelo, porque la corriente subterránea que fluía dentro de ella le decía, con la paciencia de quien ha esperado mucho tiempo, que todavía quedaba algo por descubrir.
Jen se limpió la sangre del pecho con el borde de la capa agujereada. Se subió la túnica. Respiró hondo.
Y salió del túnel en busca de Brokk.
El enano estaba donde siempre: en la taberna, en su mesa del fondo, medio desplomado sobre un barril vacío con una copa de cerveza en la mano y las tres trenzas de la barba reposando sobre el pecho como serpientes dormidas.
Cuando Jen entró, Brokk abrió un ojo, la miró con esa expresión de miel vieja que ya le era familiar y dijo:
—Vaya cara traes, niña del agua. Parece que alguien te ha pasado por la piedra de afilar y se ha olvidado de afilar.