Fuego de los caídos CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Kaeros estaba a un metro de distancia. Las sombras se movían alrededor de él como un manto, lentas, perezosas, como un animal satisfecho después de una comida abundante.

Los ojos grises la miraban desde arriba con una expresión que Jen no supo interpretar: no era desprecio, no era lástima, no era triunfo.

Era algo más complejo, más profundo, algo que estaba entre la evaluación y el reconocimiento, como si Kaeros estuviera viendo algo en ella que ella misma no podía ver.

—Tu técnica es impecable — sentenció Kaeros.

La voz le llegó como una piedra cayendo en un lago tranquilo: suave, precisa, con ondas que se expandían hasta llenar el espacio entre los dos. No era una voz amenazante. No era una voz cruel. Era la voz de alguien que ha visto miles de guerras y que sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo.

Jen no respondió. No podía. La garganta estaba seca como el desierto de Zyrah. Las palabras se le habían atascado en algún lugar entre el cerebro y la boca. Además, tenía el sabor del vómito en la lengua, lo cual no ayudaba exactamente a la elocuencia.

—Tu técnica es impecable — repitió Kaeros, bajando la voz hasta convertirla en algo casi íntimo—. Pero tu corazón no está en ello.

La frase cayó sobre Jen como un cubo de agua fría.

No por lo que decía, que ya era bastante, sino por lo que implicaba.

Que él podía ver a través de ella. Que podía sentir la diferencia entre un ataque que viene del entrenamiento y un ataque que viene del corazón.

Que sabía, con la certeza de alguien que lleva cuatrocientos años leyendo personas, que Jen no estaba luchando con todo lo que tenía.

*¿Y qué más da?*, pensó Jen.

La amargura de ese pensamiento le supo a sangre mezclada con ácido de estómago.

*¿Qué más da si mi corazón está o no está? ¿Acaso importa el corazón cuando las sombras te tragan el agua como si fuera nada? ¿Acaso importa el corazón cuando cuatrocientos años de poder se ponen delante de ti y te dicen, sin decirlo, que no eres suficiente?*

—Mañana vuelve — dictaminó Kaeros —Pero a cenar. A la torre.

Jen levantó la vista. Los ojos grises la encontraron en la oscuridad, brillando como plata fundida bajo la luz de la luna.

—Vuelve — añadió con voz ronca—. Y trae algo que me sorprenda.

Las palabras se quedaron flotando en el aire entre los dos como hojas cayendo en un lago tranquilo. Jen las miró, las procesó, las dejó sedimentar en algún lugar profundo de su conciencia donde las preguntas sin respuesta van a morir.

*¿Algo que te sorprenda?*, pensó Jen. *¿Cenar con este hombre?

¿Algo que sorprenda a un hombre de cuatrocientos años que ha visto todo, que ha sentido todo, que ha perdido todo?

¿Qué podría yo, una chica de veintiochoaños que se prende fuego con las velas y vomita en las plazas públicas, ofrecerle a alguien que ha vivido lo que tú has vivido? *

Kaeros no esperó respuesta. Se dio la vuelta con esa calma que era su marca y caminó hacia la salida de la plaza, con las sombras moviéndose alrededor de él como un manto vivo, como una segunda piel, como algo que era suyo y que lo era a él de una manera que Jen no podía entender pero que intuía, como se intuye la lluvia antes de que caiga.

Jen se quedó de rodillas en el suelo de piedra fría, con las manos apoyadas en las losas y la sangre seca en la muñeca y el vómito sabiendo a ácido en la boca y el agotamiento pesándole los hombros como una losa. Miró cómo Kaeros se alejaba.

Y entonces lo escuchó.

No con los oídos. Con algo más profundo, más antiguo, más suyo que la audición. Un susurro que venía de la misma dirección que Kaeros, que se mezclaba con el sonido de sus pasos sobre la piedra y con el roce de las sombras contra el suelo.

—Tiene su forma de caer — murmuró Kaeros.

Las palabras llegaron a Jen como un eco lejano, como el sonido de una campana que alguien ha hecho sonar muy lejos, tan lejos que apenas la oyes pero que no puedes dejar de oírla.

No eran palabras dirigidas a ella. No eran una orden ni un cumplido ni una amenaza.

Eran algo que Kaeros se había dicho a sí mismo, en voz baja, con la voz de alguien que ha visto algo que le ha recordado algo que no quería recordar.

*Tiene su forma de caer*.

Jen no entendió.

No entendió qué forma de caer tenía ella. No entendía por qué Kaeros había murmurado eso. No entendía por qué la frase le había llegado con tanta fuerza, con tanta precisión, como si alguien la hubiera susurrado directamente al oído.

Pero algo en su interior, algo más antiguo que sus años y más profundo que su entrenamiento, algo que no tenía nombre pero que se parecía peligrosamente al reconocimiento, le dijo que esa frase era importante.

Que significaba algo. Que era una pieza de un puzle que ella todavía no podía ver pero que ya estaba ahí, esperando a que alguien la colocara en su sitio.

*Tiene su forma de caer*.

¿La forma de quién?

El narrador lo sabía. El lector, quizás, también.

Pero Jen no. Jen no podía saber que cuatrocientos años atrás, en un bosque que ya no existía, una mujer llamada Aelith tropezaba al caminar entre las raíces de los árboles con exactamente la misma torpeza, con exactamente la misma forma de caer de rodillas con las manos extendidas y la mirada perdida.

Jen no podía saber que Kaeros, al verla caer, había sentido algo que no sentía desde entonces: el eco de una vida que le habían arrebatado.

No podía saberlo. Todavía no.

Jen se puso de pie. Las rodillas le dolían.

Las manos le dolían. El antebrazo le ardía donde la sangre se había mezclado con el sudor y el polvo.

El sabor del vómito le llenaba la boca y el estómago vacío le protestaba con esa sordina que tienen las cosas que llevan demasiado tiempo sufriendo en silencio.

Pero Jen se puso de pie.

Porque caer no significaba quedarse en el suelo. Caer significaba tocar fondo y empujar. Y significaba que el agua se había estrellado contra la sombra y la sombra la había absorbido, pero el agua seguía ahí, dentro de ella, esperando a que alguien le diera una razón para brotar de nuevo.

*Mañana*, pensó Jen, limpiándose la boca con el borde de la capa agujereada. *Mañana volveré. Y llevaré algo que te sorprenda. No sé qué. No sé cómo. Pero lo llevaré*.

Porque esa frase que has murmurado, Kaeros, significa algo. Significa que me has visto. No al arma. No a la espía. No a la chica que se prende fuego con las velas y vomita en las plazas. Me has visto a mí. Y si me has visto, entonces hay algo en mí que merece ser visto.

*Y eso es más poderoso que cualquier látigo de agua que pueda crear*.

Jen se echó la capa sobre los hombros. Respiró hondo. El aire nocturno de Drakheim le supo a ceniza y a sangre seca y a vómito y a algo más, algo más cálido, algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.

Caminó hacia la taberna de Brokk.

Detrás de ella, en la plaza vacía, las sombras de Kaeros se movían lentamente sobre las losas de piedra, absorbiendo las últimas gotas de agua que Jen había dejado.

Y en algún lugar dentro de esas sombras, dentro de esa oscuridad que era suya y que lo era a él, algo había cambiado.

Algo que olía a agua. Algo que sabía a algo que Kaeros había olvidado hacía cuatrocientos años.

Algo que tenía su forma de caer.