Fuego de los caídos CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Pero sus pies no se movieron hacia atrás. Se movieron hacia adelante.

Jen entró en la plaza.

Los pasos resonaron en el silencio de la noche como piedras cayendo en un pozo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cada uno más decidido que el anterior, cada uno más cerca del centro, cada uno más cerca de Kaeros, que seguía de pie junto a la fuente seca con la misma inmovilidad de una estatua tallada en la noche.

Kaeros no se movió.

Jen avanzó hasta que estuvo a una distancia que le permitía ver las líneas de su rostro, las cicatrices que surcaban su piel, la tensión de su mandíbula bajo la luz de la luna.

Las sombras se movían alrededor de él con más rapidez ahora, como animales que han detectado la presencia de algo extraño y no saben si es presa o depredador.

Jen abrió la boca. Cerró la boca. La abrió de nuevo. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.

*Di algo*, se ordenó a sí misma . *Di cualquier cosa. Di “buenas noches” o “he venido a matarte” o “¿por qué tiras huesos de fruta a los guardias?” Di algo que rompa este silencio antes de que me ahogue en él*.

—He venido a luchar contra ti  —articuló Jen.

La voz le salió más firme de lo que esperaba. Más clara. Más... ¿segura? ¿De dónde había salido esa seguridad? ¿De la vibración en sus venas? ¿De la certeza de que Kaeros no la iba a matar? ¿De algún lugar más profundo, más antiguo, más suyo que todo lo demás?

Kaeros no se movió durante un momento largo. Luego, lentamente, como si el simple acto de girar la cabeza fuera un lujo que se concedía con reluctancia, se volvió hacia ella.

Los ojos grises la encontraron en la oscuridad.

Jen sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

No por miedo. Por algo más. Por la intensidad de esa mirada, por el peso de cuatrocientos años de soledad concentrados en unos ojos que brillaban como plata fundida bajo la luz de la luna, por la sensación de que Kaeros no la estaba mirando con los ojos sino con algo más profundo, más antiguo, algo que iba más allá de la vista y llegaba hasta el lugar donde el agua de Jen y la sombra de Kaeros se habían encontrado en el templo y habían vibrado como dos cuerdas de la misma melodía.

—¿Luchar? — interrogó Kaeros.

Su voz era grave. Más grave de lo que Jen recordaba. No era una voz fuerte ni amenazante, sino una voz raspada por siglos de silencios no dichos, una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro.

Jen asintió. No confiaba en su voz para decir otra frase.

Kaeros la miró durante un momento largo. Luego, sin decir nada, se apartó de la fuente seca y se colocó frente a ella, a una distancia que era mitad invitación y mitad desafío.

No dijo “está bien”. No dijo “prepárate”. No dijo nada.

Solo esperó.

Jen respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres veces. El aire le supo a metal y a ceniza. El olor la ancló al momento presente, al aquí y ahora, a la piedra fría bajo sus botas y el latido en sus muñecas y el frío en las puntas de los dedos.

Luego, sin pensar demasiado, porque pensar demasiado era la mejor manera de no hacer nada, levantó las manos y convocó el agua.

No vino del Lago Espejo. No vino de ningún río ni de ninguna fuente.

Vino de dentro de ella. Del lugar donde su madre le había metido el poder con el canto de control durante diecisiete años, del lugar donde la vibración del templo había encendido algo que no sabía que existía, del lugar donde el agua y la sombra se habían encontrado y habían resonado como dos notas de la misma melodía.

El agua brotó de sus manos como sangre de una herida: caliente, urgente, imparable.

Se formó en látigos, en cintas, en serpientes líquidas que silbaban en el aire nocturno con un sonido que era mitad siseo y mitad canto.

Los látigos de agua cruzaron la distancia entre ella y Kaeros con una velocidad que habría cortado la piedra, que habría partido la madera, que habría hecho que cualquier persona normal retrocediera con un grito de terror.

Kaeros no se movió.

Los látigos de agua llegaron a él y se estrellaron contra las sombras.

Las sombras los absorbieron.

No fue un impacto. No fue una colisión. Fue algo más parecido a lo que hace el desierto con la lluvia: la arena abre la boca y bebe, sin esfuerzo, sin prisa, sin agradecimiento.

Las sombras de Kaeros se abrieron ante los látigos de agua de Jen como una puerta que se abre para dejar pasar a un invitado esperado.

El agua desapareció en su interior sin dejar rastro, sin hacer ruido, sin causar el menor daño.

Jen sintió que el corazón se le detenía.

No. No podía ser. No podía ser tan fácil.

No podía ser que todo su poder, todo el entrenamiento de diecisiete años, todo el dolor y el sudor y la sangre que le habían costado esas manos, se estrellara contra las sombras de Kaeros como una ola contra un acantilado y se disipara sin dejar ni una mancha.

*Otra vez*, pensó Jen. La determinación que sintió al pensar esa palabra le sorprendió incluso a ella . *Otra vez. Más fuerte. Más rápido. Más..*.

Convocó más agua. Más látigos. Más serpientes.

Más presión. El poder brotó de sus manos con una fuerza que le hizo temblar los brazos y arder los antebrazos, como si el agua estuviera arrancándose de sus venas con la violencia de alguien que no quiere irse pero que no tiene más remedio.

Los látigos cruzaron la plaza, silbando en el aire nocturno, golpeando las sombras de Kaeros con una ferocidad que habría hecho temblar a un muro de piedra.

Las sombras los absorbieron.

Otra vez. Sin esfuerzo. Sin prisa. Sin daño.

Jen sintió que la frustración le subía por la garganta como una bilis caliente.

Los dientes se le apretaron. Los puños se le cerraron.

El agua seguía brotando de sus manos, más y más, como si su cuerpo se negara a aceptar que no era suficiente, como si el poder dentro de ella dijera “una vez más, una vez más, una vez más” aunque la lógica le gritara que era inútil.

Atacó. Una vez. Dos veces. Diez veces. Veinte veces.

Cada ataque más feroz que el anterior, cada oleada de agua más grande, más rápida, más poderosa.

El sonido de los látigos silbando en el aire nocturno llenó la plaza como una sinfonía de cristales rompiéndose*.

las sombras de Kaeros se movían alrededor de él como un manto vivo, absorbiendo todo, devorando todo, sin alterarse ni un ápice.

Kaeros no se movió.

Ni un paso atrás. Ni un gesto de defensa.

Ni un cambio de expresión. Se quedó de pie en el centro de la plaza, con las manos todavía cruzadas a la espalda y los ojos grises clavados en ella*.

observó. Observó cómo ella atacaba. Observó cómo el agua se estrellaba contra sus sombras.

Observó cómo la frustración la consumía. Y no hizo nada.

*Nada*, pensó Jen. La palabra le supo a veneno. *No hace nada. Absolutamente nada. Ni siquiera se molesta en defenderse. Ni siquiera se molesta en contraatacar. Me está mirando como quien mira a un niño que tira piedras al mar esperando que el mar se seque*.

La humillación fue peor que el dolor. Peor que el agotamiento.

Peor que la sensación de que sus venas se estaban rompiendo bajo la presión del agua que no encontraba a dónde ir.

La humillación fue un golpe seco y directo en el centro de su pecho, un puñetazo invisible que le robó el aire y la fuerza y la determinación en un solo instante.

Jen cayó de rodillas.

El agua dejó de brotar de sus manos. Los látigos se desvanecieron en el aire nocturno como sueños que se disipan al despertar. El silencio que llenó la plaza fue tan profundo que Jen pudo oír su propia respiración como si estuviera en una habitación vacía: entrecortada, temblorosa, rota.

El suelo de piedra estaba frío bajo sus rodillas.

Las manos, apoyadas en las losas, le dolían como si alguien las hubiera metido en un torno y las hubiera apretado hasta que los huesos crujieran.

El antebrazo derecho le ardía donde los vasos sanguíneos se habían roto bajo la presión del agua.

Una línea de sangre oscura le bajaba por la muñeca hasta los nudillos, mezclándose con el sudor y el polvo y la humedad de la noche.

Llevaba toda una vida de dolor y sufrimiento, de entrenamiento perpetuo… Para nada.

Jen no lloró.

Quería. Dios, cómo quería. Las lágrimas le apretaban detrás de los ojos como una presa a punto de romperse, pidiendo paso, pidiendo salida, pidiendo ser derramadas.

Pero no lloró. Porque llorar sería admitir que había perdido.

Perder sería admitir que todo lo que sus padres le habían dicho sobre ella era verdad: que no era suficiente.

Que nunca lo sería. Que el agua en sus venas no era un poder sino una cadena.

Que las cadenas no se rompen atacando al vacío.

El estómago se le revolvió. Un espasmo, luego otro, luego una náusea tan violenta que le dobló el torso hacia adelante.

Jen apoyó una mano en el suelo y vomitó.

Lo poco que tenía en el estómago, agua y pan duro y el residuo amargo de la frustración acumulada de veintiochoaños, salió de ella caliente y ácido, manchando las losas de piedra con algo que olía a derrota.

Se quedó así, con la mano en el suelo y la boca abierta y el estómago vacío, jadeando como un animal acorralado.

Kaeros se acercó.

No con prisa. No con amenaza. Con esa parsimonia que era su marca, su firma, su forma de moverse por el mundo: como alguien que ha aprendido que la urgencia es una ilusión y que todo llega a su debido tiempo si esperas lo suficiente.

Jen lo vio acercarse desde el rabillo del ojo. Las botas de cuero oscuro, los pantalones de tela gris, la túnica negra que se confundía con la noche. Y luego, frente a ella, a una distancia que le permitía sentir el calor de su cuerpo a pesar del frío, se detuvo.

Jen levantó la vista.