Fuego de los caídos CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

“El agua contra la noche”.

Jen no durmió esa noche.

No porque el frío se lo impidiera, aunque el frío era parte. No porque el agujero en su capa dejara entrar corrientes de aire que le helaban los hombros, aunque eso también. No porque la cama de “La Cama Dura” fuera más incómoda que el suelo de la cueva, aunque lo era y con creces.

No durmió porque no podía dejar de pensar en las venas.

Sus venas. Las que habían vibrado en el templo como cuerdas de arpa pulsadas por unos dedos invisibles.

Las que habían resonado con la sombra de Kaeros como si el agua dentro de ella y la oscuridad dentro de él fueran dos notas de la misma melodía, separadas durante siglos y que de pronto se habían encontrado en la misma habitación.

Jen se llevó la mano al antebrazo. La piel estaba fría, lisa, sin ningún signo visible de lo que había sentido. Pero debajo, bajo la superficie, algo seguía vibrando. Un eco. Un residuo. Como el zumbido que queda en los oídos después de un trueno lejano.

*Mi agua reconoce su sombra*.

La idea seguía siendo absurda. Imposible.

Contradecía todo lo que sus padres le habían enseñado, todo lo que su madre le había cantado durante diecisiete años, todo lo que el canto de control le había metido en el cuerpo a la fuerza.

El agua y la sombra no se mezclan. No se buscan.

No se reconocen. Son fuerzas opuestas, como el día y la noche, como el fuego y el hielo, como...

Como ella y Kaeros.

Jen cerró los ojos. La oscuridad detrás de sus párpados era diferente a la del templo: más pequeña, más íntima, más segura.

Pero en esa oscuridad, las imágenes del ritual se repetían como un ciclo que no sabía detenerse.

Las sombras emergiendo del cuerpo de Kaeros como raíces negras.

La tensión de sus músculos bajo la túnica oscura.

Las cicatrices en su rostro, surcando su piel como mapas de una tierra que ha sufrido demasiadas guerras. Y los ojos.

Los ojos grises, con motas de plata, que la habían mirado desde el centro del círculo de piedra negra con una expresión que Jen no podía descifrar y que tampoco podía olvidar.

No era desprecio. No era amenaza. Era algo más complicado, más profundo, más... ¿Reconocimiento? ¿Curiosidad? ¿Algo que Kaeros sentía pero que no sabía nombrar, igual que ella no sabía nombrar la vibración en sus venas?

*Esa chica nueva es torpe. Que no se tropiece con su propia capa*.

Las palabras de Kaeros le retumbaron en la cabeza como una campana que alguien ha hecho sonar y que no sabe cómo detener. No eran amenazantes. No eran crueles. Eran...

¿Broma? ¿Observación? ¿Algo que un monstruo diría para desarmar a su presa antes de devorarla?

*No es un monstruo*, se dijo Jen por enésima vez y la certeza de esa idea le dolía como un cristal clavándose en la palma de la mano. *Es un hombre. Uno que tira huesos de fruta a los guardias y que mira al horizonte con la cara de alguien que busca algo que ya no existe*.

Jen abrió los ojos. El techo de “La Cama Dura” estaba ahí, inmóvil, con sus vigas de madera y sus grietas que parecían constelaciones en un cielo de yeso.

El frío de la noche se colaba por el agujero de su capa, que estaba doblada sobre la silla junto a la cama, con el borde quemado recordándole que su principal logro de la jornada había sido prenderse fuego la ropa en el templo del hombre más peligroso de Draevorn.

*Brillante, Jen*, pensó. La voz en su cabeza sonó sospechosamente a la de Brokk cuando se burlaba de los soldados.

*Verdaderamente brillante. Tus padres estarían orgullosos.

Su arma definitiva, la que iba a acabar con Kaeros, resulta ser una chica que se incendia con las velas y vomita en las plazas públicas*.

La risa le subió por la garganta. La tragó. No podía reírse. No ahora. No cuando tenía que decidir qué hacer.

Porque tenía que decidir.

La misión seguía ahí, como un peso que no se quitaba.

Infiltrarse. Observar. Dar información a la resistencia.

Volver cuando hubiera recabado lo suficiente.

Las palabras de su padre, dichas con esa voz plana y neutra que era su estado predeterminado, resonaban en su memoria como un eco que no se apaga.

Pero la misión ya no era tan simple. Ya no era “observar a Kaeros y reportar”. Ahora era algo más complicado, más peligroso, más...

*Personal*, pensó Jen. La palabra le supo a algo que no sabía nombrar. *Se ha vuelto personal. Desde que sentí la vibración en el templo. Desde que mis venas reconocieron sus sombras. Desde que lo miré a los ojos y vi que no era un monstruo sino un hombre roto que busca algo que ya no existe*.

*¿Qué busco yo?*

La pregunta llegó sin avisar, como todas las preguntas importantes. Jen la dejó flotar en el aire de la habitación, sin intentar responderla, porque sabía que la respuesta era demasiado grande para una sola noche y demasiado aterradora para una mente que todavía no estaba lista.

Pero había otra pregunta. Más pequeña, más concreta, más inmediata.

*¿Qué hago mañana?*

Jen se incorporó en la cama. El frío le mordió los hombros a través de la túnica.

El agujero de la capa humeaba en la silla como una herida que no termina de cerrar.

Y en algún lugar de Drakheim, detrás de las paredes de piedra y las sombras vivas, Kaeros dormía, o no dormía, o hacía alguna de las miles de cosas que un hombre de cuatrocientos años hace cuando el mundo ya no le ofrece sorpresas.

*Voy a luchar contra él*, pensó Jen.

La idea llegó como un relámpago en una noche sin tormentas: repentina, cegadora, irracional. No era un plan. No era una estrategia. Era una necesidad, tan bruta y tan simple como la necesidad de respirar o de beber agua o de mirar el cartel del helado cuando el dolor era demasiado.

Necesitaba enfrentarse a él. Necesitaba sentir su poder contra el suyo. Necesitaba saber si lo que había sentido en el templo era real o solo una ilusión de la soledad y el miedo y los veintiochoaños acumulados en una cueva junto a un lago que no era su hogar.

*¿Y si me mata?*

La pregunta era racional. Sensible. El tipo de pregunta que una persona cuerda se haría antes de atacar al hombre más peligroso de Draevorn.

Pero Jen no estaba cuerda. Nunca lo había estado.

Había crecido en una cueva, entrenada como un arma, criada por dos personas que la miraban como una herramienta y no como una hija.

Había pasado veintiochoaños sin un amigo, sin un deseo cumplido, sin una sola razón para creer que el mundo fuera de su cueva contenía algo bueno.

Y ahora tenía una vibración en las venas y un hombre que tiraba huesos de fruta y una pregunta que necesitaba respuesta.

*No me va a matar*, pensó Jen.

La certeza de esa idea la asustó más que la posibilidad contraria.

*No sé por qué lo sé. Pero lo sé. Kaeros no me va a matar. No después de lo del templo. No después de mirarme como me miró. No después de llamarme torpe con esa voz que sonaba a... a..*.

¿A qué?

Jen no lo sabía. Pero sabía que tenía que averiguarlo.

Se levantó de la cama. Se puso las botas. Se echó la capa agujereada sobre los hombros. Y salió de “La Cama Dura” con los pies pisando el suelo frío de Drakheim y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.

La ciudad dormía. Las calles estaban vacías, iluminadas por las antorchas que colgaban de los soportes de hierro forjado, creando sombras danzantes que se movían como criaturas diminutas.

El olor a metal frío y a humo de chimenea impregnaba el aire.

el silencio era tan profundo que Jen podía oír sus propios pasos como si fueran los latidos de un corazón gigante.

Caminó sin rumbo durante un rato, dejando que los pies la llevaran por las calles empinadas de Drakheim sin pensar en adónde iba.

No necesitaba pensar. Su cuerpo sabía adónde ir.

Su agua sabía adónde ir. La vibración en sus venas actuaba como una brújula, tirando de ella en una dirección concreta, señalándole el camino con la precisión de alguien que ha estado aquí antes, aunque Jen nunca lo había hecho.

La plaza apareció ante ella como una herida abierta en el costado de la ciudad.

Era grande, desproporcionadamente grande para los edificios que la rodeaban, con el suelo de losas de piedra irregular y una fuente seca en el centro que parecía un esqueleto de metal.

Las antorchas estaban apagadas; solo la luz de la luna, filtrándose entre las nubes grises, iluminaba el espacio con un resplandor plateado que hacía que todo pareciera irreal, como un sueño que alguien está teniendo y del que tú eres parte sin haberlo pedido.

Y en el centro de la plaza, junto a la fuente seca, Kaeros.

Estaba de pie. Inmóvil. Con las manos cruzadas a la espalda y la mirada perdida en algún punto del horizonte que solo él podía ver.

Las sombras se movían alrededor de él con esa lentitud hipnótica que Jen ya reconocía: no como sombras normales, proyectadas por la luz, sino como extensiones de su cuerpo, como miembros adicionales que obedecían a una voluntad que no era la de nadie más.

No la había visto. O eso parecía. O eso quería parecer.

Jen se detuvo en el borde de la plaza. El corazón le latía con tanta fuerza que podía oírlo en sus propios oídos, como un tambor que alguien ha colocado dentro de su caja torácica y que ha decidido tocar una marcha de guerra.

Las manos le temblaban. No de frío, aunque hacía frío.

No de miedo, aunque tenía miedo. Temblaban de algo más, algo que no tenía nombre pero que se parecía a la anticipación de quien se lanza al vacío sin saber si hay red.

*Esto es una estupidez*, pensó Jen.

La voz en su cabeza sonó sorprendentemente calmada para alguien que estaba a punto de hacer algo que probablemente la mataría.

*Esto es la estupidez más grande de mi vida. Mayor que la del templo. Mayor que la de la capa. Mayor que la de haber nacido en una cueva con padres que me miraban como una herramienta*.