CAPÍTULO 5 #3
—Señor —dijo el guardia, con la voz plana de alguien que informa del tiempo—. La chica ha prendido fuego a su capa.
—Ya lo veo —respondió Kaeros.
El silencio que siguió fue tan denso que Jen podía sentirlo presionándole los tímpanos.
Jen tragó saliva. Miró a Kaeros. Kaeros la miró a ella. El guardia miraba a ambos con la expresión de alguien que preferiría estar en cualquier otro sitio del mundo.
—Lo siento —dijo Jen.
Sonó tan ridícula que se habría dado una bofetada a sí misma si hubiera podido.
—La capa se enganchó. La vela estaba... estaba ahí. Y yo estaba... estaba...
Se detuvo. Apretó los dientes. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.
*Brillante, Jen. Verdaderamente brillante.
Te has colado en el templo del hombre más peligroso de Draevorn, has espiado su ritual, has sentido que tus venas vibraban como cuerdas de arpa.
La manera en que te has descubierto es prendiéndote fuego la capa.
Eres la peor espía del mundo. Tus padres estarían orgullosos*.
Kaeros no dijo nada durante un momento largo. Luego, sin moverse del centro del círculo, sin cambiar de postura, sin alterar en absoluto esa expresión que era mitad cansancio y mitad algo que Jen no podía leer, habló.
—Vete —ordenó.
Una sola palabra. Dicha con la misma voz raspada y grave que había usado para hablar con el guardia.
No era una orden amenazante. No era un "vete o te mato".
Era un "vete" dicho con el tono de alguien que ha decidido que la noche ya ha tenido suficientes sorpresas y que prefiere que la intrusa se marche antes de que ocurra algo más.
Jen no se movió durante un segundo. Luego, sin decir nada, sin mirar atrás, sin pensar en lo que estaba haciendo, agarró los restos de su capa del suelo, se la echó sobre los hombros —el agujero humeante dejaba pasar el frío, pero eso era lo de menos— y salió del templo con los pies descalzos, la cara ardiendo y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las puntas de los dedos.
En cuanto salió se puso los zapatos a toda prisa como si las sombras fueran a atraparla.
Las sombras se apartaron a su paso. Igual que al entrar. Como si la estuvieran escoltando. Como si supieran que no era una amenaza. Como si supieran algo que ella no.
Jen cruzó el arco del templo, bajó los escalones de piedra, pisó el suelo frío de la calle descalza y siguió caminando sin rumbo por las calles oscuras de Drakheim.
El frío de la noche le calaba los huesos a través de la capa agujereada, pero ella no lo sentía.
No sentía el frío, no sentía el suelo bajo sus pies, no sentía nada excepto la vibración que todavía le temblaba en las venas como el eco de una campana que alguien ha hecho sonar muy lejos.
*Mi agua reconoce su sombra*, pensó.
La idea le pareció al mismo tiempo la cosa más absurda y la más verdadera que había pensado en su vida.
*Mi cuerpo sabe algo que mi mente ignora. Algo que no me enseñaron en la cueva. Algo que no tiene nada que ver con matar ni con espías ni con misiones*.
*Algo que tiene que ver con él*.
Jen se detuvo en medio de una calle vacía.
El cielo nocturno de Drakheim se extendía sobre ella como un techo de terciopelo gris, salpicado de estrellas que brillaban con una intensidad que nunca había visto en el Lago Espejo.
El frío le mordía los pies descalzos. El humo de la capa quemada le llegaba a la nariz.
Y en algún lugar detrás de ella, en el templo de las Crestas de Humo, un hombre de cuatrocientos años seguía de pie en un círculo de piedra negra, probablemente preguntándose por qué la chica nueva era tan torpe.
Jen se llevó la mano al pecho. La marca del Conquistador, la marca que le habían implantado cuando era un bebé, estaba fría bajo sus dedos.
Pero debajo de la marca, más profunda, más antigua, más suya, había otra cosa.
Algo que no tenía nombre pero que vibraba al mismo ritmo que la sombra de Kaeros.
*Esto no es lo que mis padres planearon*, pensó Jen.
La revelación le produjo algo que se parecía peligrosamente a una sonrisa.
*Esto no es lo que la resistencia espera. Esto no es lo que nadie esperaba*.
*Esto soy yo*.
*Y no tengo ni la menor idea de qué hacer con ello*.
Jen apretó los restos de su capa alrededor de los hombros. Respiró hondo. El aire nocturno de Drakheim le supo a ceniza y a humo de lana quemada y a algo más, algo más cálido, algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.
Caminó hacia la taberna de Brokk.
Detrás de ella, en el templo, Kaeros seguía de pie en el círculo de piedra negra.
Las sombras se movían a su alrededor, lentas, perezosas, como un animal que se despierta después de una larga siesta.
Y en algún lugar dentro de esas sombras, dentro de esa oscuridad que era suya y que lo era a él, algo había cambiado.
Algo pequeño, casi imperceptible, como la primera grieta en una pared que nadie ha reparado durante años.
Algo que olía a agua.