CAPÍTULO 5 #2
No hacia ella. Alrededor de él. Se aceleraron, se retorcieron con más fuerza, como si el cuerpo de Kaeros estuviera reaccionando a algo que no podía ver pero que podía sentir.
La vibración en las venas de Jen se intensificó y por un instante, solo un instante, el agua de su interior y la sombra de Kaeros se encontraron en algún punto intermedio entre los dos cuerpos, chocando, mezclándose, fundiéndose en algo que no era ni agua ni sombra sino algo nuevo.
Jen ahogó un grito.
No de dolor. De sorpresa. De la sensación de que algo dentro de ella se había encendido, como una vela que alguien ha soplado durante años y que de repente decide arder por sí misma. La vibración le subió por los brazos, le cruzó el pecho, le llegó a la garganta.
Por un instante Jen sintió que podía sentirlo todo: el frío de la piedra, el calor de las antorchas, el peso de la montaña sobre su cabeza. Debajo de todo eso, como un latido más profundo que el de su propio corazón, la presencia de Kaeros.
No su cuerpo. No su rostro. Su presencia. La esencia de alguien que llevaba cuatrocientos años sufriendo y que había aprendido a convertir ese sufrimiento en sombras porque no sabía hacer otra cosa.
*Está roto*, pensó Jen*. la palabra le dolió como un cristal clavándose en la palma de la mano. *Está roto. No como un mueble que se ha caído y se puede pegar. Roto de verdad. Roto por dentro, de una manera que no se puede ver pero que se puede sentir. Roto como yo*.
El ritual terminó.
No hubo un momento preciso, no hubo un gesto final ni una última nota.
Simplemente, las sombras dejaron de salir del cuerpo de Kaeros, se replegaron hacia él como olas retirándose de la orilla.
el silencio que llenó el templo fue tan profundo que Jen pudo oír el latido de su propio corazón como si estuviera en una habitación vacía.
Kaeros abrió los ojos.
Jen los vio.
No desde lejos. No a través de la distancia y la niebla y la luz gris del atardecer.
Los vio de cerca, a una distancia que le permitía distinguir el color exacto de sus iris: gris, pero no el gris frío y acero que había imaginado.
Era un gris más cálido, más profundo, con motas de plata que brillaban como estrellas en un cielo nublado.
Eran ojos cansados. Ojos que habían visto demasiado y que habían dejado de sorprenderse hace mucho tiempo, pero que todavía tenían la capacidad de dolerse.
Las cicatrices. Jen las vio. No las dos o tres que había imaginado, sino muchas más, de diferentes tamaños y profundidades, surcando su rostro como un mapa de una tierra que ha sufrido demasiadas guerras.
Una le cruzaba la mejilla izquierda, desde el pómulo hasta la comisura de los labios, gruesa y blanca, como una marca que alguien hubiera dejado a propósito.
Otra le atravesaba la ceja derecha, fina como un hilo, partiendo el pelo en dos mitades desiguales.
Y debajo de todas esas marcas, debajo de la dureza y la frialdad y los cuatrocientos años de sombras, había algo que Jen no esperaba.
Tristeza.
No la tristeza de alguien que ha perdido algo recientemente.
Era una tristeza más antigua, más profunda, una tristeza que se había instalado en su rostro como un mueble que ha estado tanto tiempo en el mismo sitio que ya forma parte de la casa.
Era la tristeza de alguien que ha llorado tanto que se le han acabado las lágrimas, pero no el dolor.
*No es un monstruo*, pensó Jen*. la certeza de esa idea la golpeó con más fuerza que cualquier ola que su madre la hubiera obligado a crear. *Es un hombre. Un hombre roto y triste y cansado que lleva cuatrocientos años haciendo algo que no quiere hacer porque no sabe cómo dejar de hacerlo*.
Y entonces, como si el templo hubiera decidido que Jen ya había visto suficiente para una noche, Kaeros se movió.
Se puso de pie con la lentitud de quien ha estado arrodillado durante demasiado tiempo y cuyas rodillas protestan contra el cambio de posición.
Las sombras se replegaron del todo, desapareciendo bajo su piel como agua absorbiéndose en arena.
Kaeros se sacudió la túnica con un gesto mecánico que sugería que lo había hecho miles de veces antes.
Luego levantó la cabeza y miró directamente hacia donde Jen estaba escondida.
El corazón se le detuvo.
No metafóricamente. Literalmente. Por un instante, por un parpadeo, por un latido que faltó y que después llegó con el doble de fuerza, el corazón de Jen dejó de bombear sangre.
El aire se le escapó de los pulmones. Los músculos de las piernas se tensaron, listos para huir.
Las manos se cerraron en puños, las uñas clavándose en las palmas.
*Me ha visto*, pensó. *Me ha visto. Me ha visto y ahora voy a morir y todo ha terminado y ni siquiera he probado el helado de fresa*.
Pero Kaeros no se movió.
Se quedó de pie en el centro del círculo de piedra negra, con las sombras ya replegadas bajo su piel y los ojos grises clavados en ella.
No hizo nada. No avanzó. No retrocedió. No invocó las sombras. No la amenazó. Simplemente la miró, con esa expresión que era mitad cansancio y mitad algo que Jen no supo identificar.
¿Curiosidad? ¿Desprecio? ¿Algo más complicado que cualquiera de las dos cosas?
Jen se quedó paralizada. No podía huir: las piernas no la obedecían.
No podía hablar: la garganta estaba seca como el desierto de Zyrah.
No podía hacer nada excepto quedarse ahí, de pie en la penumbra del templo, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las orejas.
Esperar a que Kaeros decidiera qué hacer con ella.
El silencio se alargó. Un segundo. Dos. Cinco. Diez. Cada uno de ellos eterno, cada uno de ellos cargado de una tensión que hacía que el aire entre los dos fuera tan denso que Jen podía casi verlo, casi tocarlo, casi sentirlo como una pared invisible que los separaba y los unía al mismo tiempo.
Entonces Kaeros giró la cabeza hacia su guardia, un hombre corpulento que Jen no había visto hasta ahora, que estaba de pie junto a la entrada del templo con la espalda contra la pared y la expresión de alguien que lleva años haciendo el mismo trabajo y que ha aprendido a no sorprenderse de nada.
Kaeros habló.
Su voz era grave. Más grave de lo que Jen esperaba. No era una voz fuerte ni amenazante, sino una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro, raspada por siglos de silencios no dichos y órdenes dadas sin ganas.
—Esa chica nueva es torpe —dijo Kaeros, con un tono que era mitad observación y mitad algo más suave, algo que Jen no pudo descifrar—. Que no se tropiece con su propia capa.
El guardia no respondió. No se giró para mirar a Jen. Simplemente asintió, con el gesto de alguien que ha recibido una orden que no necesita ser explicada.
Jen sintió que la sangre le subía a la cara.
*Sabe quién soy*, pensó.
La idea fue tan clara y tan devastadora como un rayo cayendo en un campo seco.
*Sabe que estoy aquí. Sabe que lo he estado espiando. Y en lugar de matarme, en lugar de invocar las sombras, en lugar de hacer cualquier cosa que un monstruo haría, me ha llamado torpe y se ha preocupado por mi capa*.
La indignación, la vergüenza y algo que se parecía peligrosamente al alivio lucharon dentro de ella como tres perros peleándose por un hueso.
Jen abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, una excusa, una mentira, un "lo siento" que probablemente sonaría tan patético como se sentía, pero antes de que pudiera articular una sola sílaba, su capa se enganchó en algo.
Una vela.
El borde de la tela gris, esa tela raída y deshilachada que llevaba días arrastrando por el suelo de Drakheim, se enganchó en el soporte de hierro de una vela que estaba apoyada contra la columna donde Jen se había escondido.
El movimiento fue torpe, ridículo, exactamente el tipo de movimiento que una persona hace cuando está tan avergonzada que su cuerpo decide cooperar con la vergüenza en lugar de contra ella.
La vela se inclinó.
La llama rozó el borde de la capa.
El tejido se encendió.
No fue un incendio. No fue una conflagración épica que consumiera el templo entero y obligara a todos a salir corriendo. Fue una llama pequeña, ridícula, que saltó del borde de la capa al resto de la tela con la entusiasta rapidez de un niño que ha descubierto que puede hacer ruido con dos palos.
Jen soltó un grito ahogado, algo entre un "¡no!
" y un "¡por todos los dioses!" y un sonido que probablemente era una maldición en un idioma que no existía.
Agarró la capa con las manos, intentando apagar la llama, pero el tejido estaba seco y la llama estaba contenta de estar viva y no tenía intención de morirse tan pronto.
El guardia se movió primero. Cruzó el templo en dos zancadas, arrancó la capa de los hombros de Jen con un gesto brusco y la estampó contra el suelo de piedra con la eficiencia de alguien que ha apagado más incendios de los que quiere recordar.
La llama se extinguió con un siseo lastimero, dejando tras de sí un agujero negro y humeante en el borde de la tela y un olor a lana quemada que llenó el templo como una acusación.
Jen se quedó de pie, sin capa, con los hombros descubiertos y la cara ardiendo de vergüenza, mirando el agujero en su única prenda de abrigo como si fuera la cosa más triste del mundo.
El guardia la miró. Luego miró el agujero. Luego miró a Kaeros, que seguía de pie en el centro del círculo de piedra negra, con los brazos cruzados y una expresión que Jen no supo interpretar.