CAPÍTULO 5
"El ritual de las Crestas de Humo"
La pregunta que Jen se hizo mientras observaba el templo desde la distancia no fue si podía infiltrarse.
Fue si debería.
Contuvo la respiración. El frío de la noche le calaba los huesos a través de la túnica gris*.
el aire olía a piedra mojada, a ceniza y a algo más oscuro que no podía identificar pero que le erizaba el vello de los antebrazos.
El templo de las Crestas de Humo se alzaba ante ella como una boca abierta en el costado de la montaña: un arco de granito negro, tallado con símbolos que brillaban débilmente a la luz de las antorchas*.
detrás de ese arco, una oscuridad que no era ausencia de luz sino presencia de algo más. Algo que se movía. Algo que respiraba.
Debería irme. Debería volver a la taberna, buscar a Brokk, pedirle más información, esperar a tener un plan mejor que "colarme en un templo lleno de sombras vivas a ver qué pasa".
Pero sus pies no se movieron.
Se quedaron clavados en el suelo de piedra fría, anclados por algo que no era miedo ni valentía sino algo intermedio, algo que se parecía peligrosamente a la necesidad.
Como cuando tienes sed y sabes que el agua está fría y vas a beber de todas formas porque tu cuerpo te lo exige antes de que tu mente pueda protestar.
La necesidad de verlo.
No de matarlo. No de espiarlo. No de cumplir la misión que sus padres le habían encomendado. La necesidad, simple y desnuda, de ver al hombre que tiraba huesos de fruta a los guardias y que miraba al horizonte con la misma cara que ella tenía cuando miraba el cartel del helado.
Necesitaba saber si era verdad. Si lo que había visto desde el callejón era real o solo un truco de la luz y la distancia y la soledad acumulada de veintiocho años en una cueva.
El templo no tenía guardias visibles. No los necesitaba.
Las sombras eran suficiente disuasión: se arrastraban por los escalones de piedra como raíces negras, trepando por las columnas, enredándose en los dinteles, moviéndose con esa lentitud deliberada que sugería que no eran sombras normales sino algo con voluntad propia. Algo que vigilaba.
Jen las observó desde su escondite detrás de una columna caída, con la espalda pegada a la piedra húmeda y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía sentirlo en las muñecas, en la garganta, en las sienes.
Las sombras no se acercaban a ella. Se mantenían a distancia, como perros que han detectado un olor extraño y no saben si es presa o depredador.
*Me huelen*, pensó*. la idea le produjo un escalofrío que le recorrió la columna vertebral como una gota de agua helada. *Me sienten y no saben qué soy*.
El agua. Su agua. El poder que su madre le había metido en el cuerpo durante diecisiete años de cantos y correcciones.
Las sombras lo detectaban, igual que Malachi lo había detectado en la taberna, igual que la marca del pecho se activaba cuando la niebla estaba cerca.
Jen era agua y el templo era sombra. El agua y la sombra no se mezclan bien, como el aceite y el vinagre, como el fuego y el hielo, como dos idiomas que suenan parecido pero que significan cosas completamente diferentes.
*Pero no me atacan*, pensó, observando cómo las sombras se movían a su alrededor sin acercarse del todo. *No me atacan. Solo me observan. Como si estuvieran esperando a ver qué hago*.
La idea era aterradora y reconfortante al mismo tiempo. Aterradora porque significaba que las sombras tenían criterio propio, que no eran simples extensiones de Kaeros sino algo más complejo, más vivo. Reconfortante porque significaba que podía entrar. Que las sombras la dejarían pasar.
O eso esperaba.
Jen respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres veces.
El aire le supo a metal y a ceniza*. el olor la ancló al momento presente, al aquí y ahora, a la piedra fría contra su espalda y el latido en sus muñecas y el frío en las puntas de los dedos.
Luego, sin pensar demasiado, porque pensar demasiado era la mejor manera de no hacer nada, salió de detrás de la columna y caminó hacia el arco del templo.
Las sombras se apartaron.
No fue un movimiento brusco ni violento.
Fue un retroceso suave, casi cortés, como el de una multitud que se abre paso para dejar pasar a alguien que no conoce pero que reconoce como propio.
Las sombras se retiraron a los laterales, dejando un corredor de piedra desnuda que conducía al interior del templo y Jen avanzó por ese corredor con los pies descalzos —se había quitado las botas para no hacer ruido— y el corazón latiéndole con tanta fuerza que podía oírlo en sus propios oídos como un tambor lejano.
El interior del templo era una caverna.
No una caverna natural, sino algo excavado a propósito en la entraña de la montaña, con paredes de piedra pulida que reflejaban la luz de las antorchas como espejos oscuros.
El techo se perdía en la oscuridad, demasiado alto para que la vista lo alcanzara*.
el suelo estaba cubierto de símbolos tallados en la roca: los mismos que había visto en la puerta, los mismos que había sentido en las paredes de la cueva junto al Lago Espejo, aunque ahora eran más grandes, más densos, más vivos.
En el centro de la caverna, un círculo de piedra negra.
Y dentro del círculo, Kaeros.
Jen se detuvo.
No porque quisiera. Porque sus pies se negaron a moverse. Porque su cuerpo entero se negó a moverse, como si cada músculo, cada hueso, cada célula de su ser hubiera decidido, de forma unánime y simultánea, que el momento presente merecía ser vivido sin distracciones.
Kaeros estaba arrodillado.
No de la manera en que se arrodilla alguien que reza o que pide perdón.
Se había arrodillado como quien se rinde: con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, las manos apoyadas en los muslos con los dedos ligeramente curvados, como si sostuviera algo invisible que se le estuviera escapando.
La túnica era negra, tan negra que se confundía con las sombras que se movían alrededor de él*.
el pelo oscuro le caía sobre la cara como una cortina que ocultara lo que no quería mostrarse.
Las sombras emergían de su cuerpo.
Jen lo vio y el aire se le escapó de los pulmones como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
Las sombras no venían de fuera. No eran sombras normales, las que proyecta un cuerpo cuando la luz le da por la espalda.
Eran sombras que salían de dentro de él, que brotaban de su piel como raíces negras que buscaran suelo, que se retorcían y se extendían y se enroscaban sobre sí mismas con una vitalidad enfermiza que era mitad belleza y mitad horror.
Salían de sus muñecas, de sus hombros, de la base de su cuello, de cada punto donde la piel se tensaba sobre los huesos.
Y a medida que salían, el cuerpo de Kaeros se tensaba, los músculos se marcaban bajo la tela, la mandíbula se apretaba, las venas del cuello se hinchaban como cuerdas a punto de romperse.
Estaba sufriendo.
Era evidente. Innegable. La expresión de su rostro y Jen podía verlo ahora, de cerca, a una distancia que le permitía distinguir cada línea, cada marca, cada surco, era la de alguien que ha aprendido a sufrir en silencio, que ha convertido el dolor en un ritual tan familiar que ya no lo distingue de la respiración.
Jen no se movió. Se quedó de pie en la penumbra del templo, con la espalda contra una columna de piedra y los ojos clavados en Kaeros*. sintió algo que no esperaba.
No era miedo. No era fascinación. No era compasión.
Era reconocimiento.
La misma sensación que había sentido al ver la estatua de Aelith. La misma que había sentido al leer los números en la pared de la cueva. La misma que había sentido cuando Malachi le había dicho "cuatrocientos años" con la voz de alguien que ha dejado de contar pero que no ha dejado de cargar.
Reconocimiento. Como si algo dentro de ella, algo más antiguo que sus años y más profundo que su entrenamiento, supiera exactamente lo que significaba sufrir en silencio. Como si su cuerpo supiera algo que su mente ignoraba.
Y entonces ocurrió.
Las venas de Jen vibraron.
No fue una metáfora. No fue una sensación vaga o ambigua.
Fue una vibración real, física, que le recorrió los brazos desde las muñecas hasta los hombros, como si alguien hubiera pulsado una cuerda de arpa dentro de su piel.
El agua de su interior, ese poder que su madre le había metido en el cuerpo con el canto de control durante diecisiete años, reaccionó a la presencia de las sombras como un imán reacciona al hierro: con una atracción instantánea, irresistible, que no pedía permiso ni ofrecía explicación.
*No es miedo*, pensó Jen, con una claridad que le asustó. *No es miedo. Es reconocimiento. Mi cuerpo reconoce el suyo. Mi agua reconoce su sombra. Como si hubieran estado juntos antes. Como si estuvieran hechos para estar juntos*.
La idea era absurda. Imposible. Jen no conocía a Kaeros.
No había estado nunca en el templo. No había sentido nunca las sombras antes de llegar a Drakheim.
Y, sin embargo, su cuerpo reaccionaba como si lo hubiera hecho mil veces, como si el agua dentro de ella supiera exactamente qué hacer cuando la sombra estaba cerca: vibrar, resonar, buscar el contacto.
*Esto no es normal*, pensó Jen*. la voz en su cabeza sonó extrañamente calmada para alguien que estaba experimentando algo que no podía explicar. *Esto no es lo que mi madre me enseñó. Esto no es lo que mis padres prepararon. Esto es algo diferente. Algo más*.
Las sombras de Kaeros se movieron.