Fuego de los caídos CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

*Estoy aquí. Estoy cansado. Estoy solo. Y tú también*.

Jen apartó la vista del balcón. Miró sus manos: los nudillos todavía marcados, las uñas todavía rotas, los dedos todavía hinchados. Las mismas manos de siempre. Las manos de alguien que ha sido entrenada para matar a un hombre que tira huesos de fruta a los guardias.

*Esto va a ser más complicado de lo que pensaba*, pensó Jen.

No porque Kaeros fuera más peligroso de lo que esperaba. Sino porque era más humano. Y matar a un monstruo es fácil, al menos en teoría. Matar a un hombre que tira huesos de fruta porque está aburrido y solo y ha dejado de esperar que algo cambie, eso es otra cosa.

Jen salió del callejón con pasos lentos, pegándose a las paredes, esquivando a los transeúntes que pasaban sin mirarla.

El sol se había puesto del todo y las primeras antorchas empezaban a encenderse en los soportes de hierro forjado que colgaban de las fachadas.

La luz anaranjada bailaba sobre la piedra húmeda, creando sombras que se movían como criaturas diminutas.

Caminó sin rumbo durante un rato, dejando que los pies la llevaran por las calles empinadas de Drakheim sin pensar en adónde iba.

La ciudad cambiaba de carácter cuando caía la noche: los vendedores cerraban sus puestos, los herreros apagaban sus fraguas y los guardias encendían las antorchas de las murallas con movimientos mecánicos que sugerían que llevaban años haciendo lo mismo.

El bullicio del día se convertía en un murmullo nocturno.

El olor a pan caliente daba paso al olor a humo de leña y a la cena de alguien que Jen no conocía.

Jen llegó a la plaza del Mercado Viejo sin proponérselo.

La estatua de Aelith estaba allí, inmóvil como siempre, con los brazos extendidos y los ojos mirando el horizonte.

La luz de las antorchas bailaba sobre el mármol blanco, creando sombras que se movían como dedos acariciando el rostro de piedra.

Jen se detuvo frente a la estatua. La miró durante un momento largo, sintiendo esa opresión en el pecho que siempre sentía cuando la veía, esa sensación de reconocimiento que no podía explicar.

*Él viene aquí*, pensó Jen. *Una vez al mes. Solo él y la piedra. Cuatrocientos años de visitas a una estatua de una mujer que murió con veintiocho años*.

Y entonces pensó algo más. Algo que le llegó sin buscarlo, como una piedra que alguien lanza al agua y que forma ondas que se extienden hasta donde menos esperas.

*Tiene la misma cara que yo cuando miro el cartel del helado*.

No la cara del monstruo. No la cara del tirano.

La cara de alguien que ha perdido algo que amaba y que no puede dejar de buscarlo.

La cara de alguien que mira al horizonte porque ahí fuera, en algún lugar que no puede alcanzar, está la persona que ya no existe pero que sigue siendo la razón por la que se levanta cada mañana.

Jen sintió que los ojos se le humedecían.

No sabía por qué. No tenía sentido llorar por un hombre que no conocía, por una estatua que no era suya, por una historia que no le pertenecía.

Pero los ojos se le humedecieron igual, como si algo dentro de ella reconociera el dolor de Kaeros y lo hiciera suyo, como si la conexión que había sentido en el callejón, esa vibración en el pecho y ese susurro en el oído, hubiera abierto una puerta que no podía cerrar.

*No puedo matarlo*, pensó Jen . *No puedo matar a un hombre que tira huesos de fruta y que viene a visitar la estatua de su esposa muerta una vez al mes. No puedo matar a alguien que mira al horizonte con la misma cara que yo tengo cuando miro un cartel de helado*.

*Pero entonces, ¿para qué estoy aquí?*

La pregunta se quedó flotando en el aire, sin respuesta, como el humo de las antorchas que se elevaba hacia el cielo nocturno de Drakheim.

Jen miró la estatua una última vez, luego miró hacia la torre de cristal negro, que se recortaba contra el cielo como una espina negra.

Luego miró hacia la taberna de Brokk, que estaba a unas calles de distancia y donde seguramente el enano estaría despierto ya, bebiendo su cerveza y contando historias a cualquiera que quisiera escucharlas.

*Tengo que hablar con Brokk*, pensó Jen. *Tengo que entender qué es esto. Tengo que esclarecer qué siento. Tengo que comprender por qué un hombre que debería ser mi enemigo me hace sentir como si fuera mi reflejo*.

Jen apretó los puños. Respiró hondo. El aire nocturno de Drakheim le supo a ceniza, a humo de leña, a algo que empezaba a tener un nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar.

Caminó hacia la taberna.

Detrás de ella, en la torre de cristal negro, una figura seguía de pie en el balcón, mirando el horizonte con la mirada de alguien que ha dejado de esperar pero que no ha dejado de buscar.

Y en algún lugar entre la torre y la taberna, entre la sombra y el fuego, entre el monstruo y el hombre, un hueso de fruta rodaba por el empedrado de Drakheim, buscando su lugar en un mundo que no le había pedido permiso para existir.