Fuego de los caídos CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

*Eso es Kaeros*, pensó Jen. *Eso es lo que se siente estar cerca de él. No es solo miedo. No es solo poder. Es soledad. Cuatrocientos años de soledad convertidos en sombras*.

La figura del balcón no se movió. Se quedó de pie, inmóvil, con las manos apoyadas en la barandilla de piedra y la mirada perdida en el horizonte.

Jen no sabía qué miraba. No había nada en el horizonte que valiera la pena mirar: solo montañas grises, nubes plomizas y el borde lejano del bosque de Sylvaen, donde los árboles se perdían en la bruma como fantasmas.

Pero Kaeros miraba y en esa mirada había algo que Jen reconoció sin poder explicar cómo.

Era la misma mirada que ella tenía cuando miraba el cartel del helado.

La cara de alguien que añora algo imposible.

La cara de alguien que ha perdido algo y que no puede recuperarlo pero que tampoco puede dejar de buscarlo.

Jen sintió que algo se movía dentro de ella, algo cálido y doloroso que no tenía nombre.

No era compasión, exactamente. No era miedo.

Era algo más parecido al reconocimiento, como si en algún lugar profundo de su memoria, más allá de los años de entrenamiento y dolor y silencio, hubiera un eco de algo que ella también había perdido y que todavía estaba buscando.

*El helado*, pensó Jen. *Él busca su helado. Su Aelith. Su algo imposible. Igual que yo*.

La figura no se movió. Jen no se movió. Las sombras se movían alrededor de la torre con esa lentitud hipnótica que hacía que el tiempo pareciera detenido.

El viento soplaba entre los edificios con un sonido que era mitad susurro y mitad lamento y el sol seguía hundiéndose detrás de las nubes, tiñendo el cielo de un gris cada vez más oscuro.

Y entonces, sin previo aviso, sin ningún gesto que delatara lo que iba a pasar, Kaeros se inclinó ligeramente hacia adelante, sacó algo de un bolsillo de su túnica y lo tiró al vacío.

Lo que cayó del balcón fue un hueso de fruta.

Un hueso pequeño, redondo, de esos que tienen las ciruelas o los albaricoques, amarillento y ligeramente mordido.

Cayó describiendo un arco elegante en el aire, girando sobre sí mismo con una lentitud casi poética.

Aterrizó con un golpe seco y exacto en la cabeza de un guardia que estaba de servicio en la puerta de la torre.

El guardia, un hombre corpulento con una barba que le cubría media cara y una expresión de aburrimiento que sugería que llevaba horas sin que pasara nada interesante, se llevó la mano a la cabeza con un gesto de indignación perfectamente justificada.

Miró hacia arriba, hacia el balcón, con los ojos entrecerrados y la boca abierta, listo para soltar lo que seguramente habría sido una cadena de improperios digna de un marinero borracho.

Pero entonces vio quién estaba en el balcón.

La boca del guardia se cerró con un chasquido que Jen oyó desde el callejón.

La indignación se borró de su rostro como si alguien la hubiera limpiado con un trapo, reemplazada por una expresión que estaba a medio camino entre el terror y la resignación.

El guardia se tocó la cabeza, miró el dedo para comprobar que no sangraba, murmuró algo que Jen no alcanzó a oír y volvió a su posición con la espalda más recta y la expresión más vacía de lo que la tenía antes.

Arriba, en el balcón, Kaeros no se había movido.

Jen se quedó paralizada durante un momento largo, con la boca ligeramente abierta y el cerebro intentando procesar lo que acababa de ver.

El temible Kaeros, el comandante de las sombras, el elfo inmortal de cuatrocientos años que gobernaba Draevorn con mano de hierro y frialdad impenetrable, acababa de tirar un hueso de fruta a la cabeza de un guardia.

Un hueso de fruta.

A la cabeza de un guardia.

Desde su balcón.

Como un niño aburrido que tira piedras a las flores desde la ventana.

Jen sintió que algo se agrietaba dentro de ella.

No era dolor. No era miedo. Era algo mucho más peligroso: era la imagen del monstruo que se rompía.

La imagen de Kaeros como ser de pesadilla, como entidad incomprensible, como el mal absoluto que sus padres le habían pintado durante veintiocho años, se agrietó como un espejo al que le lanzan una piedra” a través de esas grietas se coló algo que Jen no esperaba: humanidad.

*¿Este es el temible tirano?*, pensó Jen.

La pregunta le sonó en la cabeza con una mezcla de incredulidad y algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

*¿Este es el monstruo que gobierna Draevorn con mano de hierro? ¿El elfo inmortal que aterroriza a los siete reinos? Parece un anciano malhumorado que tira huesos de fruta a los guardias porque no tiene nada mejor que hacer*.

La risa le subió por la garganta como una burbuja de aire caliente.

Jen la tragó, la contuvo, la empujó hacia abajo con toda la fuerza de su disciplina.

No podía reírse. No podía. Estaba espiando al hombre más peligroso de Draevorn desde un callejón maloliente, con el corazón latiéndole a mil por hora y las manos todavía temblando por la presión de las sombras” no podía reírse.

Pero la risa se resistía. Subía por su garganta como el agua sube por una bomba, con esa terquedad de las cosas que quieren salir y no aceptan un no por respuesta.

Jen se tapó la boca con la mano. Los hombros le temblaron. Un sonido ahogado, algo entre un bufido y un sollozo, se le escapó entre los dedos.

*Cálmate*, se ordenó a sí misma. *Cálmate, Jen. Esto no es gracioso. Esto no es.*..

Pero lo era. Era gracioso. Era absurda, ridícula y estúpidamente gracioso.

El hombre que sus padres habían descrito como la encarnación del mal, la figura que le habían pintado como un monstruo sin corazón, el tirano que había mantenido a Draevorn bajo su bota durante cuatrocientos años, acababa de tirarle un hueso de fruta a un guardia desde su balcón.

*Padres*, pensó Jen, limpiándose una lágrima de la comisura del ojo, *me habéis mentido sobre muchas cosas. Pero la más grande es que Kaeros no tiene sentido del humor. Porque tiene uno. Es terrible, pero lo tiene*.

La risa se fue tan rápido como había venido, reemplazada por algo más serio, más profundo.

Porque Jen había visto algo más que un hombre tirando un hueso de fruta.

Había visto la mirada de Kaeros antes de tirarlo.

No era la mirada de alguien que se divierte.

No era la mirada de alguien que juega. Era la mirada de alguien que lleva cuatrocientos años mirando al horizonte y que ha dejado de esperar que algo cambie, pero que no ha dejado de mirar.

La misma mirada que ella tenía cuando miraba el cartel del helado.

La cara de alguien que añora algo imposible.

Jen se quedó en el callejón un rato más, con la espalda contra la pared fría y la mirada fija en el balcón.

Kaeros no volvió a moverse. Se quedó de pie, inmóvil, con las manos apoyadas en la barandilla y los ojos perdidos en el horizonte.

Las sombras se movían a su alrededor como un manto vivo.

El susurro seguía ahí, en el fondo de la conciencia de Jen, como una campana que alguien ha hecho sonar muy lejos.

Pero el susurro ya no era tan aterrador. Ya no decía *estoy aquí, te veo, no te muevas*. Ahora decía algo diferente. Algo que Jen no podía leer del todo pero que intuía, como se intuye la lluvia antes de que caiga.