CAPÍTULO 4
"La torre de cristal negro"
La torre de Kaeros se veía desde cualquier punto de Drakheim.
No era una exageración poética ni una metáfora de los ciudadanos asustadizos.
Era un hecho arquitectónico, tan innegable como el sol que se negaba a asomarse entre las montañas o el olor a metal frío que impregnaba cada calle, cada tejado, cada piedra de aquella ciudad construida sobre la ladera de la montaña más alta como un nido de cuervos.
La torre estaba ahí, clavada en el corazón de Drakheim como una espina en la carne y no importaba a dónde fueras ni cuántas esquinas doblaras: siempre estaba ahí, esperándote, mirándote con esa presencia silenciosa y aplastante que tienen las cosas que llevan demasiado tiempo existiendo.
Jen la había visto desde el primer momento en que cruzó los portones de la ciudad, la vio desde la taberna de Brokk, la vio desde la plaza del Mercado Viejo.
Ahora la veía desde un callejón estrecho y maloliente que serpenteaba entre los edificios como una herida abierta en el costado de la montaña.
Pero verla desde lejos y estar frente a ella eran dos cosas completamente diferentes, igual que ver el mar en un mapa y sentir el salitre en la cara.
Ahora estaba cerca. Demasiado cerca.
La torre no era bonita. Aunque sospechaba que no pretendía serlo.
Era una estructura brutal, levantada con sillares de granito negro que el tiempo había pulido hasta darles un brillo aceitoso, como la piel de un reptil gigante.
La base era ancha, desproporcionadamente ancha, como las raíces de un árbol que se niega a caer y se estrechaba a medida que subía, con una inclinación tan pronunciada que parecía a punto de desplomarse sobre sí misma en cualquier momento.
En la parte superior, un balcón de piedra sobresalía como una garrapata asomándose al vacío.
Desde allí, las sombras se extendían como raíces negras que se enredaban en los muros y se arrastraban por las grietas de la piedra con una lentitud deliberada, como si tuvieran voluntad propia.
Jen se quedó mirando la torre desde la boca del callejón, con la espalda pegada a la pared húmeda y el corazón latiéndole tan fuerte que temía que los guardias pudieran oírlo desde la muralla.
No era la primera vez que sentía miedo. El miedo era un compañero viejo, tan viejo como el dolor o el hambre o las noches llorando en silencio.
Pero este miedo era diferente. No era el miedo de su padre, ese miedo conocido y predecible que sabías exactamente de dónde venía y cuándo iba a llegar.
Era un miedo más profundo, más antiguo, un miedo que no venía de fuera sino de dentro, como si algo en el interior de Jen reconociera la torre y lo que contenía, como si su cuerpo supiera algo que su mente ignoraba.
La presión empezó en el pecho.
Al principio fue sutil, como el peso de una mano invisible que se apoya sobre el esternón con cuidado de no hacer daño pero con la firmeza de alguien que no va a moverse.
Jen respiró hondo, pensando que era el nerviosismo, el calor, el olor a piedra mojada que se colaba por las grietas del callejón.
Pero la presión no se fue. Se quedó, instalada en su pecho como un huésped que no paga alquiler y con ella llegó algo más: un susurro.
No era un sonido real. No venía de ningún lugar concreto, no se podía señalar con el dedo ni decir "viene de ahí".
Era más bien una vibración, una frecuencia que se colaba por los poros de la piel y se instalaba en el oído interno como una campana que alguien ha hecho sonar muy lejos, tan lejos que apenas la oyes, pero que no puedes dejar de oír.
El susurro no tenía palabras, no tenía sentido, pero tenía una intención, esa intención era clara como el agua del Lago Espejo: *estoy aquí. Te veo. No te muevas*.
Jen sintió que los pies se le clavaban al suelo.
*Las sombras*, pensó, con una claridad que le sorprendió incluso a ella. *Las sombras de Kaeros. Son las que hacen esto. No es miedo mío. Es él. Está aquí, en algún lugar. Sus sombras me están tocando*.
La idea de que alguien pudiera tocarte sin tocarte, de que alguien pudiera sentir tu presencia desde la distancia y responderte con una presión en el pecho y un susurro en el oído, era tan aterradora como fascinante.
Jen no sabía si salir corriendo o quedarse parada hasta que la presión la aplastara como una piedra de molino.
Se quedó.
Porque había algo más. Debajo del miedo, debajo de la presión, debajo del susurro, había algo que Jen no esperaba: curiosidad.
La misma curiosidad que había sentido cuando vio la estatua de Aelith, la misma que había sentido cuando Brokk le habló de Kaeros, la misma que había sentido cuando Malachi la miró con esos ojos de carbón encendido.
Era una curiosidad terca, testaruda, que se negaba a desaparecer, aunque el resto de su cuerpo le gritara que huyera.
*Quiero verlo*, pensó Jen. *Quiero ver al monstruo. Quiero ver si es tan terrible como dicen. Deseo ver si tiene cara de monstruo o si, como todo lo demás en este mundo, resulta ser algo mucho más complicado de lo que parece*.
La torre seguía ahí, inmóvil, con sus sombras arrastrándose por los muros como serpientes perezosas. Jen respiró hondo, apretó los puños contra los muslos para que dejaran de temblar y avanzó.
El callejón se estrechó hasta el punto de que Jen tuvo que girar de lado para pasar entre las paredes.
Las piedras eran frías al tacto, húmedas, cubiertas de un musgo oscuro que olía a tierra vieja y a olvido.
El suelo estaba irregular, lleno de baches y charcos de agua estancada que reflejaban fragmentos de cielo gris como espejos rotos.
A medida que se acercaba a la torre, la presión en su pecho aumentaba, como si alguien estuviera añadiendo peso a una balanza que ya estaba al límite.
Jen llegó al final del callejón y se detuvo.
Frente a ella, a una distancia que le pareció inmensa y ridícula al mismo tiempo, la torre se alzaba con toda su imponencia.
Desde allí, a ras de suelo, parecía más grande, más oscura, más viva de lo que había parecido desde la plaza.
Los sillares de granito negro tenían vetas de cuarzo que brillaban débilmente bajo la luz gris del atardecer, como venas de plata en la piel de un gigante dormido.
Las sombras se movían a su alrededor con una lentitud hipnótica, ondulando como algas en una corriente submarina y en la base de la torre, justo donde la piedra se hundía en la montaña, había una puerta de hierro negro tan grande que parecía diseñada para un ogro, no para un elfo.
Jen buscó un lugar donde esconderse y encontró un hueco entre dos muros, lo suficientemente ancho para que cupiera su cuerpo delgado pero lo suficientemente estrecho como para que nadie la viera desde la calle.
Se acomodó con la espalda contra la piedra fría y levantó la vista hacia el balcón de la torre.
El balcón estaba vacío.
Jen esperó. Un minuto. Dos. Cinco. El sol se movía lentamente detrás de las nubes, cambiando la luz del gris plomizo al gris ceniza y las sombras de la torre se alargaban sobre los tejados como dedos negros que buscaban algo en el suelo.
Jen sintió que las piernas le empezaban a doler por la posición incómoda, que los dedos se le entumecían por el frío, que la presión en el pecho se convertía en algo más parecido a una punzada.
*Si no aparece en diez minutos*, pensó Jen con esa mezcla de resignación y humor que había empezado a desarrollar desde que llegó a Drakheim, *me voy a la taberna, me pido otra agua y le digo a Brokk que el temible Kaeros resulta ser un fantasma que no sale de su torre.
Seguro que Brokk tiene un chiste para eso*.
Y entonces, como si la torre hubiera escuchado sus pensamientos y decidiera responder con la parsimonia de quien lleva cuatrocientos años haciendo las cosas a su propio ritmo, la puerta del balcón se abrió.
No fue un golpe. No fue un crujido. Fue un sonido suave, casi elegante, como el roce de la seda contra la piedra. La puerta de madera oscura se deslizó hacia un lado y de la oscuridad interior emergió una figura.
Jen contuvo la respiración.
La figura era alta. Eso fue lo primero que notó, incluso desde la distancia, incluso con la luz gris del atardecer difuminando los contornos.
Alta y erguida, con esa postura que tienen las personas que han pasado tanto tiempo de pie que ya no saben sentarse, o que han aprendido que inclinarse es un lujo que no pueden permitirse.
Vestía una túnica oscura, negra o casi negra, que se confundía con las sombras de la torre y hacía difícil distinguir dónde terminaba la tela y dónde empezaba la oscuridad.
El rostro estaba demasiado lejos para verlo con claridad.
Jen solo pudo distinguir siluetas: la línea de una mandíbula marcada, el contorno de unos hombros anchos, la forma de un pelo oscuro que le llegaba hasta los hombros y que el viento movía con una lentitud que parecía deliberada.
No podía ver los ojos, no podía ver la expresión, no podía ver nada que le dijera cómo era ese hombre por dentro.
Pero podía sentir las sombras.
Eran diferentes a las que había sentido antes.
Antes habían sido una presión, un susurro, una vibración en el oído interno.
Ahora eran algo más. Algo vivo. Las sombras se movían alrededor de la figura como un manto, como una segunda piel, como un animal doméstico que se enrosca alrededor de su dueño.
Se arrastraban por los barrotes del balcón, se enredaban en las piedras, se extendían hacia abajo como raíces negras que buscaban suelo.
Y en algún punto de ese mar de oscuridad, Jen sintió algo que no esperaba: un latido.
No era su corazón. Era otro. Más lento, más profundo, como el latido de alguien que ha estado vivo durante tanto tiempo que su corazón ha aprendido a no tener prisa. Un latido que decía : *estoy aquí. Estoy cansado. Estoy solo. Pero estoy aquí*.