Fuego de los caídos CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—Tengo que irme —dijo Malachi, de repente, como si algo le hubiera recordado que el mundo seguía existiendo fuera de aquella taberna—. Kaeros me espera. Siempre me espera. Es lo único que hace bien: esperar.

Se levantó del taburete. Se sacudió la túnica, que no tenía nada que sacudirse y se pasó la mano por el pelo rojo como si quisiera asegurarse de que todavía estaba ahí.

Sus ojos de carbón la miraron durante un momento largo, Jen vio en ellos algo que no había visto antes: la misma soledad que ella sentía cuando miraba el cartel del helado.

Caminó hacia la puerta. Jen lo vio alejarse, con ese paso que era mitad andar y mitad rebotar, con esa energía contenida que hacía que cada gesto pareciera un fuego que se niega a apagarse. Cuando llegó a la puerta, se giró.

—Oye, Jen.

—¿Qué?

Malachi la miró con una expresión que era mitad sonrisa y mitad algo que no tenía nombre. Algo que estaba entre la advertencia y la súplica, entre la broma y la verdad, entre el fuego y la ceniza.

—Cuidado con el agua —dijo.

Jen frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que a veces lo que te salvará —dijo Malachi, con la voz más baja que Jen le había oído, casi un susurro, casi un secreto que se le escapa antes de poder atraparlo— es lo que te destruirá.

Y se fue.

La puerta de la taberna se cerró detrás de él con un golpe suave y el aire caliente que dejó a su paso tardó un momento en disiparse, como si el fuego de Malachi se resistiera a desaparecer del todo. Jen se quedó en el taburete, con el vaso de agua entre las manos, mirando la puerta cerrada.

Cuidado con el agua.

Las palabras le retumbaron en la cabeza como una campana.

No eran una broma. No eran un capricho. Eran algo más.

Algo que Malachi sabía y que ella no. Algo que Malachi había detectado en ella con esa mirada de perro, con esa nariz que olfatea más que olores, con esa intuición de cuatrocientos años que le había dicho, en el instante en que Jen entró en la taberna, que había algo en ella que no era normal.

El agua. Su agua. El agua de sus venas, el agua de su poder, el agua que su madre le había metido en el cuerpo con el canto de control durante años.

Jen se miró las manos. Las mismas manos de siempre: pequeñas, huesudas, con los nudillos marcados y las uñas rotas.

Pero ahora sabía algo que no sabía antes: que alguien podía oler el agua en ella.

Que alguien podía sentir el poder que llevaba dentro sin necesidad de verlo.

Que su marca, su secreto, su arma, era para ciertas personas tan invisible como una hoguera en la oscuridad.

Cuidado con el agua.

Jen bebió el último trago de su vaso. El agua estaba tibia.

Sabía a metal. Pero esta vez, al bajar por su garganta, Jen no pensó en la sed ni en el sabor ni en el frío que no tenía.

Pensó en Malachi. En su sonrisa torcida.

En sus ojos de carbón. En la manera en que había dicho "cuatrocientos años" como quien dice "cuatrocientos días" o "cuatrocientos minutos", como si el tiempo fuera una herida que ha dejado de sangrar pero que nunca ha cerrado del todo.

Pensó en Kaeros, en la torre de cristal negro, en el elfo que llevaba cuatrocientos años mirando al horizonte.

Y pensó en sí misma, sentada en una taberna de Drakheim, bebiendo agua, con una misión que no entendía, un contacto que se había ido a Valcorin, un enano borracho que le había dado más información en diez minutos que sus padres en diecisiete años” un hombre de fuego que le había dicho, antes de desaparecer por la puerta, que lo que la salvaría era lo que la destruiría.

Jen dejó el vaso vacío sobre el mostrador. El hombre calvo lo recogió sin mirarla.

—¿Volverás mañana? —preguntó el hombre calvo, con el tono de alguien que ya sabe la respuesta.

—Probablemente —contestó Jen.

—Te serviré agua.

—Gracias.

Jen salió de la taberna. El sol de Drakheim le golpeó la cara, tibio y perezoso, como un gato que se estira.

Las calles estaban llenas de gente, de ruido, de olores, de vida.

Jen se quedó de pie en el umbral de "El Último Trago", con el sol en la cara y el corazón latiendo más rápido de lo habitual.

Pensó que tal vez la ciudad no era tan distinta del lago.

El lago era frío, inmóvil, impredecible.

La ciudad era caliente, caótica, impredecible.

Las dos te obligaban a estar atenta. Las dos te miraban. Las dos te esperaban.

La diferencia era que el lago nunca le había hablado.

Y Drakheim, a través de un hombre de fuego con una sonrisa torcida y cuatrocientos años de silencio a cuestas, acababa de hacerlo.

Jen apretó los puños. Respiró hondo. El aire de la ciudad le supo a ceniza, a pan caliente, a algo que todavía no podía nombrar pero que empezaba a tener forma.

Caminó hacia la plaza del Mercado Viejo, hacia la estatua de Aelith, hacia la torre de cristal negro que se alzaba en el centro de Drakheim como una pregunta que nadie sabe formular.

Todavía no sabía qué hacer.

Pero por primera vez, tenía a alguien que le había hablado como si ella importara.

Y eso, pensó Jen mientras el sol de la mañana le calentaba la cara y el recuerdo de la sonrisa de Malachi le calentaba algo más profundo, era un comienzo.