CAPÍTULO 3 #2
Malachi la miró un poco más de cerca. No con hostilidad.
Con curiosidad. Con esa curiosidad intensa y ligeramente perturbadora que tienen los perros cuando huelen algo nuevo: la cabeza ligeramente inclinada, los ojos entrecerrados, la nariz moviéndose, aunque no huelas con la nariz sino con algo más profundo.
—Agua —dijo Malachi.
Esta vez no se refería al vaso. Se refería a ella. Lo dijo con el tono de alguien que ha identificado un sabor, una textura, una frecuencia.
—Hueles a agua. No al agua del grifo ni a la agua de la taberna. A otra agua. A agua que se mueve. A agua que tiene fuerza.
Jen sintió que los hombros se le tensaban. Eso era exactamente lo que su madre le había advertido: si te detectan, si alguien siente el agua en tus venas, no podrás escapar.
—No sé de qué hablas —contestó Jen rápidamente.
La mentira le supo a ceniza en la boca.
Malachi la miró durante un momento largo. Luego se rio. No fue una risa cruel ni una risa burlona: fue una risa genuina, una risa que le iluminó la cara y le hizo cerrar los ojos y sacudir los hombros, como si la risa fuera algo que le saliera de dentro sin pedir permiso.
—Mientes fatal —dijo, secándose una lágrima de la comisura del ojo—. Mientes con la misma gracia que un toro en una cristalería. ¿Nadie te ha enseñado a mentir?
—No —contestó.
Esta vez dijo la verdad.
Malachi la miró de nuevo. Algo en su expresión cambió. La sonrisa seguía ahí, pero debajo de la sonrisa había algo más: ¿compasión? ¿Reconocimiento? ¿Algo que Malachi había sentido antes y que había decidido, por razones que Jen no podía entender, no nombrar?
—Bien —dijo, dando un golpecito en el mostrador con los nudillos—.
Vamos a hacer un trato. Yo no te pregunto de dónde vienes ni por qué hueles a agua ni por qué tienes las manos como si alguien te las hubiera metido en un torno.
Y tú no me preguntas por qué estoy aquí ni por qué tengo el pelo de un color que ofende al buen gusto, ni por qué huelo a brasas cuando la taberna no tiene chimenea. ¿Trato hecho?
Jen lo pensó durante un segundo. Luego asintió.
—Trato hecho.
—Estupendo. —Malachi hizo una seña al hombre calvo, que le trajo otra cerveza con la resignación de quien sirve a un cliente habitual—.
Entonces, Jen sin apellido del agua, ¿qué te trae a la peor taberna de la peor ciudad de la peor región del peor continente del mundo?
Y por favor, no me digas que el paisaje.
Jen casi sonrió. Casi. La sonrisa llegó hasta la comisura de los labios y se quedó ahí, como la vez anterior con Brokk, como una invitación que no terminaba de aceptarse.
Pero esta vez se quedó un poco más. Esta vez, la sonrisa se quedó el tiempo suficiente para que Malachi la viera y cuando la vio, algo se movió en su expresión que era más cálido que antes, más suave, como si la sonrisa de Jen fuera un fuego pequeño y Malachi estuviera acercándose para calentarse.
—Busco información —dijo Jen.
—¿Sobre qué?
—Sobre Kaeros.
La palabra cayó entre los dos como una piedra en un lago.
Malachi dejó de beber. La sonrisa no desapareció, pero se reconfiguró, como si alguien hubiera movido las piezas de un puzle: la misma sonrisa, pero con un significado diferente.
Ya no era la sonrisa de alguien que está pasando un buen rato.
Era la sonrisa de alguien que acaba de darse cuenta de que el buen rato se ha acabado.
—¿Sobre Kaeros? —repitió Malachi, con un tono que era mitad broma y mitad algo más serio—.
¿Y por qué querrías información sobre Kaeros?
¿Eres periodista? ¿Historiadora? ¿Asesina a sueldo?
Porque si eres asesina a sueldo, te aviso de que el seguro de vida no cubre intentos de homicidio contra elfos de cuatrocientos años con problemas de control de sombras.
—No soy asesina —farfulló Jen.
—Eso es exactamente lo que diría una asesina.
—No soy asesina —repitió Jen y esta vez el tono era más firme, más seguro, como si las palabras mismas tuvieran fuerza propia.
Malachi la miró. La sonrisa se quedó dónde estaba, pero los ojos cambiaron.
Los ojos dejaron de ser carbones encendidos y se convirtieron en algo más parecido a ascuas: más fríos, más lentos, con una luz que ya no parpadeaba, sino que observaba.
Jen sintió que la mirada de Malachi le atravesaba la piel, no con violencia sino con precisión, como un rayo de sol que se cuela por una rendija y alumbra lo que está escondido.
—Vale —dijo Malachi, después de un silencio que duró lo suficiente para que Jen empezara a sentirse incómoda—.
No eres asesina. Entonces eres algo peor.
Eres alguien con preguntas. Y las personas con preguntas son más peligrosas que las personas con espadas, porque las espadas solo cortan el cuerpo, pero las preguntas cortan todo lo demás.
Malachi bebió el resto de su cerveza de un trago, dejó el jarro vacío sobre el mostrador con un golpe seco y se giró en el taburete para mirarla de frente.
La sonrisa volvió, pero era una sonrisa diferente: más pequeña, más honesta, como la de alguien que ha decidido dejar de jugar y empezar a hablar en serio.
—Kaeros es mi jefe —explicó casi ronroneando—.
Mi jefe, mi amigo, mi carga, mi cruz y, cuando la noche es larga y la cerveza es mala, mi única razón para no prenderle fuego a la torre e irme a vivir a una playa.
Llevo cuatrocientos años a su lado. Cuatrocientos años de sombras, de silencio, de noches en las que él mira al horizonte y yo finjo que no lo veo.
Cuatrocientos años de ser el perro de fuego que ladra cuando hay que ladrar y se calla cuando hay que callarse.
¿Sabes lo que es eso? ¿Cuatrocientos años de ser el lado gracioso de alguien que no tiene gracia?
Jen no sabía qué decir. No porque no tuviera palabras, sino porque las palabras de Malachi eran demasiado grandes para el espacio que tenían entre los dos.
Eran palabras que salían de un lugar profundo, de un lugar que Malachi había mantenido cerrado durante siglos y que ahora se abría frente a una desconocida en una taberna de mala muerte porque, supuso Jen, a veces es más fácil abrirse ante un extraño que ante alguien que te conoce.
*Tiene cuatrocientos años*, pensó Jen con algo que se parecía al asombro. *Cuatrocientos años riendo para no llorar. Cuatrocientos años de bromas y sonrisas y cerveza, debajo de todo eso, un hombre que está roto*.
—No quiero hacerle daño —explicó Jen y su voz sonó más suave de lo que pretendía.
—Eso lo deciden todos al principio —respondió Malachi.
La sonrisa se volvió triste, lo que era una combinación desconcertante: una sonrisa triste, como una vela que se apaga pero todavía humea—.
Pero te diré algo, Jen sin apellido del agua.
Si viniste aquí a hacerle daño, te va a salir mal.
No porque Kaeros sea invencible, que lo es.
No porque yo te vaya a detener, que lo haré.
Sino porque Kaeros ya está roto. Lleva cuatrocientos años roto.
Romper algo que ya está roto es como patear un cristal que ya está en el suelo: no hace daño al cristal, solo te ensucias los zapatos.
Jen guardó silencio. Miró a Malachi y Malachi la miró a ella. En ese silencio pasó algo que Jen no esperaba: lo entendió. No las palabras, que eran claras, sino lo que había debajo de las palabras. Lo que Malachi no estaba diciendo. Lo que Malachi llevaba cuatrocientos años sin decir a nadie.
Malachi amaba a Kaeros. No de la manera en que los cuentos hablan de amor, con besos y abrazos y promesas bajo la luz de la luna.
Era otra cosa. Era la lealtad de alguien que ha decidido, con plena consciencia, que hay una persona en el mundo que vale más que él mismo.
Era la devoción de alguien que ha visto lo peor de otra persona y ha decidido quedarse.
Era, pensó Jen con una claridad que le asustó un poco, lo más parecido al amor sin que nadie lo llame amor.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Jen y se dio cuenta de que sonó más pequeña de lo que quería.
Malachi parpadeó. Por un instante, solo un instante, la sonrisa desapareció del todo y debajo de ella había algo desnudo, algo que Malachi no quería que se viera pero que ya era demasiado tarde para esconder.
—Porque nadie me lo ha preguntado en cuatrocientos años —dijo—. Tú no me has preguntado directamente, pero me has mirado como si quisieras saber. Y yo llevo cuatrocientos años esperando que alguien me mire así.
Jen sintió algo moverse dentro de ella, algo cálido y doloroso que se parecía a la comprensión.
No sabía qué hacer con esa sensación. No sabía si abrazarlo o salir corriendo o simplemente quedarse allí, en el taburete, con el vaso de agua entre las manos y el corazón latiendo más rápido de lo habitual.