Fuego de los caídos CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

"El perro de fuego"

Jen volvió a "El Último Trago" al día siguiente porque no tenía a dónde más ir.

Había pasado la noche en un albergue que Brokk le había recomendado, un sitio llamado "La Cama Dura" que cumplía su promesa con una literalidad que resultaba casi poética.

La habitación era un cuadrado de tres pasos por tres, con una cama que tenía más nudos que un marinero borracho y una ventana tan pequeña que la luz entraba de lado, como si tuviera vergüenza de asomarse.

Jen durmió mal, pero estaba acostumbrada a dormir mal, así que la diferencia entre dormir mal en una cueva y dormir mal en un albergue de Drakheim era, en el mejor de los casos, una cuestión de decoración.

Al amanecer, se lavó la cara en un cuenco de agua oxidada que olía a hierro viejo, se peinó con los dedos hasta que el pelo dejó de parecer un nido de pájaros abandonado y se puso la misma túnica gris de siempre.

No tenía otra. La túnica olía a humo de la taberna, a la niebla de la noche anterior y a algo indefinible que podría ser la ciudad misma empapándose en la tela.

Se miró en el espejo opaco del albergue y vio lo mismo que siempre: una cara que no reconocía del todo, unos ojos que cambiaban de color según la luz y una expresión que estaba a medio camino entre la determinación y el estupor de alguien que se ha lanzado al vacío sin comprobar primero si hay red.

—Vale —se dijo en voz alta, porque hablar sola era algo que hacía desde niña y a esas alturas no tenía intención de dejarlo.

—Vas a una taberna. Buscas información. Hablas con gente. Es fácil.

No era fácil. No tenía la menor idea de cómo se habla con gente que no es tu padre o tu madre o un enano borracho que se llama Brokk.

Pero Jen había decidido algo durante la noche, mientras miraba el techo de "La Cama Dura" y contaba las grietas como si fueran constelaciones: iba a volver a la taberna, iba a hablar con Brokk y le iba a pedir más información sobre Kaeros, sobre la torre, sobre Malachi, sobre todo lo que Brokk supiera.

Y después iba a decidir qué hacer. No antes. Después.

Llegó a "El Último Trago" a la hora en que la taberna abría, que era una hora sorprendentemente temprana para un sitio que parecía diseñado para gente que no tiene prisa por empezar el día.

El hombre calvo del mostrador la miró con la misma expresión que el día anterior: la de alguien que no espera una respuesta interesante.

—Agua —dijo Jen, sentándose en el mismo taburete de antes.

—Otra vez agua —murmuró el hombre calvo, sirviéndola con la resignación de un sacerdote que administra un sacramento en el que no cree.

Jen bebió. El agua seguía tibia, seguía sabiendo a metal, pero esta vez Jen la bebió sin pestañear porque tenía otras cosas en las que pensar. Miró hacia la mesa del fondo. El barril estaba vacío. La silla estaba vacía. Brokk no estaba.

—¿Dónde está Brokk? —preguntó al hombre calvo.

—Durmiendo —respondió, como si la respuesta fuera obvia—.

Brokk no se levanta antes del mediodía. —Brokk no se levanta antes de que el sol esté directamente sobre su cabeza y no tenga excusa para seguir acostado.

Brokk es, con diferencia, el ser más perezoso que ha pisado este local y mira que aquí entra gente que se toma su tiempo.

Jen sintió una punzada de algo que podría haber sido decepción o podría haber sido alivio. Se quedó en el taburete, con el vaso de agua entre las manos, mirando la taberna vacía. No sabía qué hacer.

En la cueva, siempre había algo que hacer: entrenar, comer, dormir, entrenar de nuevo.

La cueva no dejaba espacios vacíos. La cueva no te ponía delante de una hora entera sin nada que hacer y te decía “arréglate".

Pero Drakheim sí y Jen se encontró sentada en una taberna a primera de la mañana sin un solo plan en la cabeza, sintiéndose como un pez que alguien ha sacado del agua y ha dejado en una mesa: vivo, sí, pero sin la menor idea de qué hacer con las patas.

La puerta de la taberna se abrió.

Jen no le prestó atención al principio. Estaba ocupada intentando decidir si pedir otra agua o simplemente quedarse mirando el fondo del vaso hasta que algo pasara.

Pero entonces el aire cambió. No fue un cambio sutil: fue algo físico, algo que se sintió en la piel como el paso de una brisa caliente en un día frío.

El olor de la taberna, humo, grasa, cerveza rancia, se mezcló con algo nuevo: un olor a brasas, a madera ardiendo, a algo que estaba entre el fuego y el tabaco y la mañana de verano.

Jen levantó la vista.

El hombre que había entrado no se parecía a nadie que Jen hubiera visto en su vida.

Era alto, más alto que ella, con el cuerpo delgado, aunque no frágil: delgado como una llama, con esa sensación de que la energía está contenida en un espacio mínimo y podría salir disparada en cualquier dirección.

El cabello era rojo. No rojo como el otoño ni rojo como el atardecer: rojo como las brasas de una hoguera cuando el fuego se está muriendo, pero todavía no ha decidido si quiere apagarse.

Tenía los ojos del color de los carbones encendidos: oscuros, brillantes, con algo que parpadeaba en el fondo como una chispa que se niega a morir.

La piel era pálida, demasiado pálida para alguien con ese pelo y tenía marcas oscuras en los antebrazos que podían ser cicatrices o podían ser algo peor.

Pero lo que más llamó la atención de Jen fue la sonrisa.

La tenía puesta cuando entró, como quien lleva un abrigo: no porque haga frío, sino porque es lo primero que te pones al salir de casa.

Era una sonrisa torcida, asimétrica, con un lado más alto que el otro, que le daba al rostro una expresión perpetua de estar a punto de decir algo inapropiado.

Era la sonrisa de alguien que ha decidido que el mundo es un chiste malo y que su trabajo es reírse de él antes de que se ría de ti.

El hombre caminó hasta el mostrador con un paso que era mitad andar y mitad rebotar, como si el suelo fuera un trampolín y él estuviera considerando seriamente usarlo.

Se sentó dos taburetes más allá de Jen, pidió una cerveza al hombre calvo con un gesto de la mano que sugería que era un ritual habitual” entonces giró la cabeza y la miró.

Jen sintió que algo se movía dentro de ella.

No era miedo, aunque había miedo. No era curiosidad, aunque había curiosidad.

Era algo más parecido a la sensación que tiene un animal pequeño cuando detecta a un depredador: un estremecimiento en la columna, una alerta en la sangre, una voz interna que dice "esto es peligroso" al mismo tiempo que otra voz, más pequeña, no obstante, más terca, dice “pero es interesante".

—Agua —dijo el hombre, mirando el vaso de Jen.

La voz era cálida, ronca, con un tono que sugería que estaba a medio camino entre la broma y la confidencia—.

Estás en la peor taberna de Drakheim, a primera hora de la mañana, bebiendo agua.

Eso o significa que eres muy valiente o significa que no tienes ni la menor idea de dónde estás.

Jen no respondió. El hombre no pareció ofendido por el silencio. De hecho, pareció disfrutarlo, como si el silencio fuera una pelota que le habían lanzado y él estuviera decidiendo si devolverla o quedarse con ella.

—Me llamo Malachi —dijo, extendiendo una mano.

La mano estaba caliente. Jen lo supo antes de tocarla: podía sentir el calor desde donde estaba, como si Malachi tuviera una hoguera en el bolsillo—.

Bueno, no me llamo Malachi. Todos me llaman Malachi.

Mi nombre real es otra cosa, pero ya nadie lo recuerda, incluido yo, así que Malachi está bien.

Es corto, es fácil de pronunciar y no tiene letras que se traben en la garganta. ¿Y tú?

—Jen —dijo Jen, porque no sabía qué otra cosa decir.

—Jen —repitió Malachi, como si estuviera probando el nombre, pasándolo de un lado a otro de la boca como quien prueba un vino—.

Jen. Sin apellido. Sin adornos. Directa al grano.

Me gusta. Los nombres largos son para la gente que quiere parecer importante.

Yo prefiero los nombres cortos. Son más honestos.

Jen no sabía qué hacer con todo eso. Era demasiadas palabras a la vez, demasiado calor, demasiada sonrisa.

En la cueva, la comunicación se reducía a órdenes, correcciones y silencios.

En la taberna de Brokk, la comunicación se había reducido a frases cortas y pausas largas.

Pero Malachi no hacía pausas. Malachi llenaba el espacio entre las palabras con más palabras, como si el silencio fuera un enemigo al que hay que derrotar antes de que te derrote a ti.

*Es peligroso*, pensó Jen. *Es un hombre de fuego que habla demasiado y sonríe demasiado y huele a brasas. Si mi madre estuviera aquí, me diría que me aleje. Si mi padre estuviera aquí, me diría lo mismo, pero con un palo*.

Pero su madre no estaba. Y su padre no estaba. Y Jen estaba sola en una taberna de Drakheim con un hombre que tenía los ojos como carbones encendidos y una sonrisa que prometía problemas y por alguna razón que no podía explicar, no quería irse.

—¿De dónde vienes, Jen sin apellido? —preguntó Malachi, bebiendo un trago de cerveza con la misma naturalidad con la que otros respiran.

—Del lago —contestó Jen y se maldijo por dentro. Era la misma respuesta que le había dado a Brokk” empezaba a sospechar que no era una buena respuesta. "Del lago" no decía nada. "Del lago" era como decir "de algún sitio" o "del mundo" o "de ninguna parte que te importe".

—Del lago —repitió Malachi y algo cambió en sus ojos.

No fue un cambio grande: fue un parpadeo, una chispa que se movió un poco más rápido, una sombra que cruzó el carbón encendido de sus pupilas y desapareció.

Pero Jen lo vio. O creyó verlo. Era la mirada de alguien que ha detectado algo que no esperaba, algo que huele diferente, algo que no encaja con el resto del tablero.