CAPÍTULO 2 #3
—Sigue recto por la calle del Herrero, gira a la izquierda en la fuente seca y cuando veas una estatua de una mujer que parece más viva que cualquiera de los que estamos aquí, para.
No puedes perderla. Es lo único bonito en toda Drakheim, lo sabrás porque es lo único que Kaeros no ha dejado que se pudra.
Jen se levantó. Dejó unas monedas sobre la mesa, las mismas que su padre le había dado y Brokk las miró con la expresión de alguien que ve un milagro pequeño y decide no hacer preguntas.
—Volveré —dijo Jen.
—Eso dicen todos —respondió Brokk—. Y algunos vuelven. Los que no están muertos, al menos.
Jen caminó hacia la puerta. Cuando estaba a punto de salir, Brokk gritó desde el fondo:
—Oye, niña del agua.
Jen se giró.
—Tu vaso de agua —bromeó Brokk, señalando el mostrador—. ¿Lo vas a dejar a medias? Aquí no desperdiciamos nada. Ni siquiera el agua mala.
Jen volvió, cogió el vaso y bebió el resto de un trago.
El agua seguía tibia y seguía sabiendo a metal, pero esta vez le supo un poco menos peor.
Tal vez porque alguien se había fijado en que lo dejaba a medias.
Tal vez porque alguien, por primera vez en su vida, le había dicho que no desperdicie algo que es suyo.
Brokk le dedicó otra sonrisa desdentada.
—Así me gusta —dijo—. Vuelve cuando quieras. La cerveza seguirá siendo mala, pero la compañía mejora contigo aquí.
Jen salió de la taberna con algo que no había tenido cuando entró: la sensación de que alguien la había visto. No como un arma. No como una herramienta. Sino como una persona.
Jen se marchó.
La plaza del Mercado Viejo estaba a diez minutos a pie de la taberna, en una zona de Drakheim donde las calles eran un poco menos empinadas y los edificios un poco menos grises.
Había puestos de comida cerrados a esa hora, toldos de tela raída que colgaban como banderas derrotadas y un silencio relativo que contrastaba con el bullicio del resto de la ciudad.
Era el tipo de plaza que había sido importante en algún momento del pasado y que ahora sobrevivía por inercia, como un árbol que sigue en pie, aunque las raíces estén podridas.
La estatua estaba en el centro.
Jen la vio antes de entrar en la plaza. La vio desde el otro lado de la calle, a través de un arco de piedra que enmarcaba la plaza como un cuadro. Y se detuvo.
Era una mujer. Mármol blanco, esculpida con una precisión que resultaba inquietante: cada pliegue de la ropa, cada mechón de pelo, cada línea del rostro estaba tallada con el cuidado de alguien que quería que la piedra pareciera viva.
La mujer tenía los brazos extendidos, no en un gesto de súplica ni de bienvenida, sino en algo intermedio, como si estuviera a punto de abrazar a alguien o a punto de soltar algo.
La cara era joven. Los ojos estaban tallados mirando al horizonte, hacia algún lugar que no estaba en la plaza, hacia algún lugar que probablemente no existía ya.
Jen se acercó. Se quedó de pie frente a la estatua, con la cabeza ligeramente inclinada, mirando el rostro de mármol. La placa de la base decía, con letras que alguien había cuidado para que no se borrasen: *Aelith. El mundo no te merecía*.
Jen leyó la inscripción tres veces. Cada vez le dolía un poco más, aunque no sabía por qué.
No conocía a Aelith. No sabía quién era, ni cómo había muerto, ni por qué alguien había decidido que el mundo no la merecía.
Pero había algo en la estatua, algo en la forma en que los brazos estaban extendidos, algo en la inclinación de la cabeza, algo en la expresión del rostro que era, de alguna manera imposible, familiar.
No era que se pareciera a ella físicamente.
No era eso. Era algo más sutil, más profundo, algo que no estaba en la piedra sino en el espacio entre la piedra y Jen.
Era la sensación de que esa mujer, en algún momento de su vida, había querido algo que no podía tener.
Y Jen sabía, con una certeza que le salía de algún lugar que no era la mente sino el cuerpo, lo que se siente cuando quieres algo que no puedes tener.
El helado de fresa.
El cartel en la pared.
Los números debajo del cartel.
Veintiocho.
Jen se quedó frente a la estatua durante mucho tiempo.
No sabía cuánto tiempo. El sol se movió sobre la plaza, las sombras cambiaron de dirección, los puestos de comida empezaron a abrir y el olor a pan caliente invadió el aire.
Jen no se movía. Miraba a Aelith y Aelith miraba el horizonte.
Las dos estaban ahí, juntas en algo que no tenía nombre pero que era más real que cualquier cosa que Jen hubiera sentido en veintiocho años de vida.
Cuando finalmente se apartó de la estatua, Jen tenía los ojos húmedos.
No estaba llorando. No sabía por qué tendría que llorar por una mujer que no conocía.
Pero los ojos estaban húmedos, como si algo dentro de ella se hubiera abierto una rendija, una grieta pequeña por la que se colaba algo que no era dolor ni tristeza sino algo anterior a ambas cosas, algo que estaba ahí antes de que Jen supiera lo que era el dolor.
Caminó de vuelta hacia la calle del Herrero con los pasos lentos de alguien que ha visto algo que no puede olvidar.
La ciudad seguía a su alrededor con su bullicio habitual: los vendedores, los herreros, los niños, los perros, el ruido constante de una urbe que no se detiene nunca.
Pero Jen ya no la veía. Veía los brazos extendidos de Aelith.
Veía la expresión de su rostro. Veía los ojos mirando el horizonte.
Y pensó: ella también estaba esperando algo.
Algo que nunca llegó.
Jen se detuvo en medio de la calle. La gente la esquivaba con impaciencia, murmurando cosas que ella no escuchaba.
Tenía la cabeza llena de imágenes que no encajaban: el cartel del helado, los números en la pared, la cara de su madre cuando los vio, la estatua de Aelith, los veintiocho años, Kaeros en su torre de cristal negro, Malachi con su sonrisa torcida en la taberna, Brokk con su barba de tres colores y su consejo gratis.
Algo estaba conectado. Algo estaba tejido entre todas esas cosas, un hilo invisible que Jen podía sentir, pero no podía ver, como una telaraña que tocas con los dedos en una habitación oscura: sabes que está ahí, sientes los hilos, pero no puedes ver la araña.
Jen apretó los puños. Respiró hondo. El aire de Drakheim le supo a ceniza y a pan caliente y a algo que podría ser el principio de algo, aunque no sabía qué.
No sabía qué hacer a continuación. No sabía si volver a la taberna de Brokk, o buscar un lugar donde dormir, o ir a la torre de Kaeros y tocar a su puerta como una idiota. No sabía nada. Pero por primera vez en su vida, no saber no le daba miedo. Le daba algo que se parecía a la libertad.
—Voy a necesitar más agua —murmuró para sí misma y la frase le sonó a promesa.
Y siguió caminando.