CAPÍTULO 2 #2
El enano la miró como si hubiera dicho que era hija de una piedra y un rayo de sol.
Luego soltó una carcajada. No una risa educada ni una sonrisa cortés, sino una carcajada de verdad, de esas que sacuden el cuerpo y hacen que la cerveza en los vasos de las mesas cercanas vibre.
Los otros hombres de la taberna giraron la cabeza para ver qué era tan gracioso. El enano no les hizo caso.
—Una sirena y un elfo —repitió, todavía riendo—. Vaya combinación. ¿Y qué sale de eso? ¿Alguien que moja las orejas puntiagudas?
Jen no supo si ofenderse o reír. Eligió no hacer ninguna de las dos cosas. Se quedó mirando al enano con la expresión más neutra que pudo reunir, que probablemente no era muy neutra porque el enano dejó de reír y la miró con algo parecido al respeto.
—Vale —dijo, pasando de la risa a la seriedad con una velocidad que resultaba inquietante—. Vienes del lago. No eres de aquí. No conoces a nadie. No sabes dónde estás. Y buscas a Durnan.
—Sí.
—Pues Durnan se fue hace tres años. Se mudó a Valcorin. Dice que aquí no se puede respirar y que la cerveza es mala.
Jen sintió que el suelo se le hundía un poco.
La única conexión que tenía con el mundo exterior, el único nombre que le habían dado como salvavidas, se había ido.
Se había mudado. Se había ido a otro lugar del mundo sin avisarle, sin dejar una nota, sin pensar ni un segundo que una niña de la cueva del Lago Espejo vendría a buscarlo algún día.
—Entonces, ¿con quién hablo? —preguntó Jen.
Su voz sonó más pequeña de lo que quería.
El enano se señaló con el pulgar.
—Conmigo. Me llamo Brokk. Soy el que se quedó cuando Durnan se fue, porque yo soy el que no tiene a dónde ir y además la cerveza no está tan mal si bebes suficiente para olvidar que no está tan bien. ¿Quieres una cerveza?
—No bebo cerveza.
—¿No bebes cerveza? —Brokk la miró como si hubiera confesado un crimen—. ¿Y qué bebes? ¿Agua? ¿Estás en una taberna y bebes agua? Eso es como ir a un incendio y pedir más fuego.
—Agua está bien —concluyó Jen.
Brokk suspiró con el peso de un hombre que ha visto cómo sus esperanzas se derrumban una a una durante décadas. Pidió un vaso de agua al hombre calvo del mostrador. El hombre calvo lo miró como si le hubiera pedido la cabeza de un rey, pero sirvió el agua.
Jen bebió. Estaba tibia y sabía a metal, no obstante, era agua y Jen conocía el agua mejor que a cualquier otra cosa en el mundo.
Brokk la observaba beber con la expresión de alguien que contempla a un animal exótico en un zoológico, con esa mezcla de curiosidad y ternura que solo los viejos saben mostrar sin que parezca condescendiente.
—Bien —dijo Brokk, apoyando los codos en la mesa y acercando la cara a la de Jen—. Vienes del lago. Tus padres te mandan aquí. Buscas información sobre Kaeros. ¿Correcto?
Jen asintió.
—¿Y qué quieres saber exactamente? ¿Su horario? ¿Su comida favorita? ¿Si está soltero?
Jen parpadeó. No estaba segura de si la última pregunta era una broma. La cara de Brokk no ayudaba: tenía la expresión de alguien que podría estar bromeando o podría estar completamente serio y la ambigüedad era, supuso Jen, parte de su encanto.
—Quiero saber cómo es —pidió Jen—. Qué hace. Dónde vive. Cuáles son sus debilidades.
—Sus debilidades —repitió Brokk, como si saboreara la palabra—. Vaya. Directa al grano. Me gusta eso en una persona. No me gusta en general, pero en ti me gusta.
Se rascó la barba. Las tres trenzas se movieron como serpientes dormidas.
—Kaeros es el comandante de Draevorn —dijo Brokk, cambiando el tono al de alguien que cuenta una historia que ha contado muchas veces, pero que todavía le parece inverosímil—.
Lleva cuatrocientos años en el cargo. Cuatrocientos.
¿Sabes lo que es eso? Es que tú nacieras, vivieras, murieras, nacieras otra vez, murieras otra vez y así cinco veces y que él siguiera ahí, sentado en su torre, con la misma cara.
Los elfos son viejos, sí, pero este elfo es viejo de una manera que a los elfos les da miedo.
Y a los elfos no les da miedo nada fácilmente.
Jen escuchaba sin pestañear, con la atención de quien bebe agua después de días de sed.
—Gobierna con mano de hierro —continuó Brokk—.
Pero no de la manera en que esperas. No grita.
No amenaza. No ejecuta gente en la plaza para que aprendan.
Simplemente… está. Su presión es como el peso del techo: no lo ves, no lo piensas, pero está ahí todo el rato, aplastándote un poco más cada día hasta que te acostumbras y piensas que así es como se siente el mundo. ¿Me explico?
Jen no estaba segura de entender, aunque asintió. Algo en la descripción le resultó familiar, como si Brokk estuviera describiendo no a un tirano sino a alguien que ella conocía, alguien que la miraba todos los días con esa misma presión silenciosa.
*Tal vez*, pensó Jen con una amargura que le sorprendió , *todos los hombres que mandan se parecen al final*.
—Tiene un segundo al mando —continuó Brokk—.
Un tipo de fuego llamado Malachi. Ese sí que es peligroso, pero de la manera estúpida.
De la manera en que un borracho con una espada es peligroso: no porque sepa usarla, sino porque no sabe dejar de moverla.
Malachi hace bromas en los momentos más inapropiados.
Una vez le dijo a un general que parecía un saco de patatas con bigote.
El general no lo tomó bien. Malachi se rio.
Kaeros no hizo nada. Eso es lo peor de Kaeros: nunca hace nada cuando debería hacerlo y siempre hace algo cuando no debería.
Brokk pidió otra cerveza. El hombre calvo se la trajo sin que la pidiera, como si supiera que la segunda era inevitable.
—¿Y las sombras? —preguntó Jen.
—Ah, las sombras. —Brokk bebió un trago largo, se limpió la barba con el dorso de la mano y puso los ojos en blanco con el gesto de alguien que ha visto demasiado y ha entendido demasiado poco—.
Las sombras de Kaeros no son como las sombras normales.
Las normales se quedan quietas. Las de Kaeros se mueven.
Se retuercen. Se arrastran por las paredes como raíces negras.
Cuando Kaeros entra en una habitación, las velas se apagan.
No porque sople: porque las sombras se las comen.
Es un espectáculo, si te gustan los espectáculos que te dejan sin ganas de dormir durante una semana.
Jen pensó en su padre. En cómo su padre la miraba.
En cómo su padre nunca la tocaba con cariño, solo con corrección.
Y pensó: tal vez las sombras de Kaeros no son tan distintas de las de mi padre.
Las dos te rodean. Las dos te oscurecen.
La diferencia es que las de Kaeros son mágicas y las de mi padre son de otra cosa.
—¿Dónde vive? —preguntó Jen.
—En la torre. La de cristal negro. La que se ve desde cualquier punto de la ciudad. No puedes perderla: es la única cosa en Drakheim que es más deprimente que el clima.
Jen casi sonrió. Casi. La sonrisa llegó hasta la comisura de sus labios y se quedó ahí, como una invitación que no terminaba de aceptarse. Brokk la notó y le dedicó una sonrisa propia, una sonrisa ancha y desdentada que le iluminó la cara como una vela en una habitación oscura.
—Mira —dijo Brokk, bajando la voz—. No sé quién eres realmente, ni por qué tus padres te mandan aquí, ni qué pretendes hacer con la información sobre Kaeros.
Pero te voy a dar un consejo gratis, que es lo único gratis que vas a encontrar en esta ciudad: no intentes matarlo.
No porque no puedas, que probablemente no puedas, sino porque ya lo han intentado antes.
Muchos. Y aquí seguimos, bebiendo cerveza y hablando de él como si fuera el tiempo: todos sabemos que está ahí, nadie puede hacer nada al respecto y lo mejor que podemos hacer es no pensar demasiado en ello.
Jen guardó silencio durante un momento. Luego preguntó algo que no tenía previsto preguntar:
—¿Tiene debilidades?
Brokk la miró largamente. La expresión de su cara cambió, como si estuviera decidiendo algo importante. Algo que podía cambiar el curso de la conversación, o tal vez el curso de la vida de Jen. Finalmente, suspiró.
—Una —dijo—. Hay una estatua en la plaza del Mercado Viejo.
Una mujer. Se llama Aelith. Fue su esposa.
Murió hace más de cuatrocientos años. Kaeros no habla de ella.
Nadie habla de ella. Pero la estatua sigue ahí y una vez al mes, cuando nadie lo ve, Kaeros baja de su torre y se queda de pie frente a ella durante una hora.
Sin sombras. Sin guardias. Solo él y la piedra.
Jen sintió algo frío recorrerle la espalda. No era miedo. Era reconocimiento. Era la misma sensación que tenía cuando miraba el cartel del helado: el dolor de desear algo que ya no existe. El dolor de alguien que ha perdido algo y que no puede recuperarlo pero que tampoco puede dejar de buscarlo.
—¿Murió joven? —preguntó Jen.
Su voz sonó más suave de lo que pretendía.
—Tenía veintiocho años —dijo Brokk.
La palabra cayó en la mente de Jen como una piedra en un pozo. Veintiocho. El mismo número que estaba tallado en la pared de la cueva. El mismo número que su madre había tapado con el cartel del helado con las manos temblando. Veintiocho años. La esposa de Kaeros había muerto con veintiocho años.
Su misma edad.
Jen tenía veintiocho.
No sabía por qué esa cuenta le produjo un escalofrío.
No sabía por qué el número veintiocho parecía perseguirla como un perro que ha olfateado sangre.
Solo sabía que algo estaba conectado, que algo estaba tejido entre la cueva y la torre y el lago y la estatua y el helado y los números en la pared y que esa red era demasiado grande para que ella la viera entera desde donde estaba.
—¿Dónde está la plaza? —preguntó Jen.
Su voz sonó más urgente de lo que quería.