CAPÍTULO 2
"Las sombras de Drakheim"
Drakheim olía a metal, a humo viejo y a algo que Jen no supo identificar hasta que una mujer pasó junto a ella cargando un cesto de pan recién horneado y comprendió que era eso: la vida.
La vida de las personas que no vivían en cuevas, que no entrenaban hasta que los dedos les sangraban, que no se despertaban cada mañana con la certeza de que el día sería exactamente igual al anterior.
Olía a gente. A gente real, con nombres y rostros y problemas que no tenían nada que ver con ella.
Jen se quedó parada en medio de la calle principal, con la boca ligeramente abierta y los ojos tan grandes que le dolían las cuencas.
A su alrededor, el bullicio era ensordecedor: vendedores gritando el precio de las verduras, herreros martilleando el acero con un ritmo que parecía el latido de un corazón enfermo, niños corriendo entre las piernas de los adultos con esa energía salvaje que solo los niños poseen y perros ladrando a todo lo que se movía, incluyendo a Jen, que probablemente parecía una presa fácil con su túnica gris y sus botas desgastadas.
*Esto es el mundo*, pensó Jen, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies aunque no se moviera. *Esto es lo que hay fuera de la cueva. Esto es lo que mis padres me negaron durante veintiocho años*.
La calle era tan empinada que Jen tuvo que inclinar el cuerpo hacia adelante para no caerse hacia atrás.
Los edificios se apiñaban a ambos lados como dientes en una boca demasiado pequeña, con tejados de pizarra negra que parecían aplastar el cielo hasta dejarlo en una tira estrecha de gris.
Las ventanas eran estrechas, como si los edificios cerraran los ojos contra el mundo y las puertas de madera oscura tenían aldabas de hierro oxidadas que parecían sonrisas torcidas.
Jen avanzó con la cautela de quien camina sobre cristales rotos. Cada paso era una aventura, cada esquina un descubrimiento, cada rostro un enigma.
Un hombre con una barba que le llegaba al pecho la miró con desconfianza desde el umbral de una tienda de cueros.
Una mujer joven con un bebé en brazos le dedicó una sonrisa que a Jen le pareció el gesto más bonito que había visto en su vida.
Un grupo de soldados pasó junto a ella con las armaduras tintineando y los ojos fijos al frente.
Jen sintió que el corazón se le aceleraba no por miedo sino por la simple novedad de ver a personas que no eran su padre o su madre.
Se perdió tres veces en la primera hora.
La primera vez fue culpa de las calles, que no tenían lógica.
No iban de un sitio a otro como los caminos del lago, que al menos se molestaban en conectar dos puntos con algo parecido a la razón.
Las calles de Drakheim serpentean, se bifurcan, se estrechan hasta el punto de que dos personas no podían pasar juntas y de pronto se abrían en plazas pequeñas donde hay fuentes secas y gatos que te miraban como si les debieras dinero.
La segunda vez fue culpa de un vendedor de pescado que le indicó la dirección equivocada con una seguridad que habría convencido a un general.
La tercera vez fue culpa de un grupo de niños que la siguieron durante cinco calles, riendo de sus botas, hasta que Jen se giró y los miró con la misma expresión que su padre usaba cuando corrige su postura.
Los niños huyeron como si hubieran visto un fantasma.
*Tal vez esa expresión es contagiosa*, pensó Jen con algo que se parecía peligrosamente a una sonrisa.
El callejón del Surdo resultó ser un pasillo tan estrecho que Jen tuvo que caminar de lado, como un cangrejo, entre dos paredes de piedra húmeda que olían a cerveza rancia y a algo que prefería no identificar.
El suelo estaba cubierto de un líquido viscoso que hacía un ruido desagradable cada vez que sus botas lo pisaban.
A mitad del callejón había un gato negro dormido sobre una caja de madera.
El gato abrió un ojo, la miró con un desprecio que solo los gatos pueden expresar con un solo ojo y volvió a cerrarlo.
—Encantada de conocerte también —murmuró Jen.
Se sorprendió de sí misma. Nunca había hablado con un gato. Nunca había hablado con nadie que no fuera su padre o su madre. La palabra le había salido sola, como un reflejo, tenía un tono que no reconocía.
¿Ironía? ¿Humor? No estaba segura de qué era, pero sabía que no le disgustaba.
La taberna "El Último Trago" estaba al fondo del callejón, hundida medio piso bajo el nivel de la calle, como si el edificio se estuviera tragando el suelo poco a poco. La puerta era de madera oscura, con bisagras oxidadas y un letrero colgado de una cadena que decía, con letras torcidas:
*El Último Trago — Si estás buscando el primero, vete a otro sitio*.
Jen se quedó mirando el letrero durante un momento, preguntándose si eso era un chiste o una advertencia. Probablemente ambas cosas.
Empujó la puerta y el interior la recibió con una oleada de calor, humo y el murmullo de voces que se solapaban como olas en un lago agitado.
Era una estancia baja, con vigas de madera oscura que parecían troncos de árboles muertos, mesas manchadas de cerveza y un mostrador detrás del cual un hombre enorme y calvo limpiaba un vaso con un trapo que parecía más sucio que el propio vaso.
La taberna olía a tabaco, a grasa, a sudor y a algo dulce que Jen no pudo identificar, pero que le recordó vagamente al olor de las bayas silvestres que recogía en primavera.
Había quizás quince personas dentro. Todos eran hombres. Todos la miraron cuando entró. No con hostilidad, sino con esa curiosidad plana y desganada que tienen las personas que llevan demasiado tiempo bebiendo y que han visto demasiadas caras nuevas para que ninguna les importe ya.
Jen se acercó al mostrador con la determinación de quien se lanza al agua fría sin saber si hay fondo. El hombre calvo la miró sin dejar de limpiar el vaso.
—¿Qué quieres? —preguntó. El tono era el de alguien que no espera una respuesta interesante.
—Busco a Durnan —contestó Jen y su voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
El hombre calvo dejó de limpiar el vaso.
La miró un poco más de cerca, como si la estuviera reconsiderando, evaluándola con esos ojos pequeños y desconfiados que parecían haber visto demasiado.
Luego señaló con el trapo hacia una mesa del fondo, donde una figura redonda y temblorosa estaba medio desplomada sobre un barril vacío.
—Ahí —dijo—. Pero si esperas que te diga algo útil, te recomiendo que vuelvas mañana. O la semana que viene. O en otra vida.
Jen no supo si eso era una broma o un consejo real. Decidió asumir que era ambas cosas.
Caminó entre las mesas con la cautela de quien atraviesa un campo de minas. Los hombres que la miraban apartaban la vista cuando ella los miraba de vuelta, como si el contacto visual fuera algo que cobrara dinero. Jen llegó a la mesa del fondo y se quedó de pie frente a la figura desplomada.
Era un enano.
No un enano en el sentido vago de la palabra, sino un enano de verdad: bajo, ancho como un barril, con los brazos gruesos como troncos y las manos grandes como platos.
Tenía la barba larga, trenzada en tres coletas que le caían sobre el pecho, cada una de un color diferente: una roja, una gris y una que probablemente había sido rubia en algún momento de su juventud pero que ahora tenía el color de la cerveza rancia.
La cara era redonda, colorada, con una nariz bulbosa que parecía un tomate que alguien hubiera pegado a la fuerza.
Los ojos estaban cerrados. De su boca salía un ronquido que sonaba como un gato tragando piedras.
—¿Durnan? —preguntó Jen.
El enano no se movió.
—¿Durnan? —repitió, un poco más fuerte.
El enano abrió un ojo. Era un ojo pequeño, brillante, del color de la miel vieja y la miró con la expresión de alguien que ha sido interrumpido en algo importante y que considera que lo importante era dormir.
—¿Qué? —dijo. La voz era grave, ronca, con un acento que Jen no reconoció.
—Vengo del lago —explicó Jen, repitiendo las palabras que su padre le había enseñado.
El enano cerró el ojo. Abrió el otro. La miró de nuevo, esta vez con un poco más de interés, como si la palabra "lago" hubiera activado algo en su memoria.
—¿Del lago? —repitió—. ¿Qué lago? ¿Hay más de uno?
Jen se quedó paralizada. Su padre no le había dicho qué hacer si el contacto hacía preguntas.
Su padre le había dicho que dijera "vengo del lago" y que el contacto entendería.
Pero el contacto no estaba entendiendo, o estaba fingiendo no entender, o estaba demasiado borracho para entender.
Jen se encontró de pie frente a un enano dormido en una taberna de Drakheim sin la menor idea de qué hacer a continuación.
—El Lago Espejo —dijo, porque no sabía qué otra cosa decir.
El enano la miró durante un largo momento, evaluándola con esos ojos de miel vieja que parecían leer más de lo que deberían. Luego se incorporó en la silla, se restregó los ojos con los puños como un niño, bostezó con una amplitud que le mostró una cantidad alarmante de encías” dijo:
—Ah. Del lago. ¿Y bien? ¿Te mandaron aquí para quedarte de pie como un poste o para sentarte y pedir algo de beber? Porque si vas a quedarte de pie, al menos hazlo allí, que no me tapas la luz.
Jen se sentó. No porque quisiera, sino porque sus piernas lo decidieron por ella. El enano la observó con esos ojos de miel vieja, evaluándola de una manera que, por alguna razón, le recordó a su padre, aunque el enano tuviera más calor en la mirada que su padre en veintiocho años.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el enano.
—Jen.
—¿Jen qué?
—Jen Delay.
El enano frunció el ceño. El ceño de un enano, pensó Jen con esa claridad repentina que a veces tiene cuando está nerviosa, es un acontecimiento geológico: arrugas profundas como surcos, pelo áspero como raíces y una intensidad que sugiere que la montaña está considerando erupcionar.
—Delay —repitió el enano—. No conozco a ningún Delay. ¿Quién te manda?
—Mis padres.
—¿Y quiénes son tus padres?
—Una sirena y un elfo.