CAPÍTULO 1 #3
De noche, Jen no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de la cueva, que era roca desnuda, fría, con gotas de humedad que brillaban a la luz de una vela moribunda.
Su madre dormía en la parte interior de la cueva, recogida sobre sí misma como una ostra.
Su padre no estaba: a veces se iba por las noches, sin explicación y volvía al amanecer con los ojos más vacíos de lo habitual.
Jen se levantó. Fue al cartel del helado.
Se sentó frente a él, con las piernas cruzadas y lo miró.
El rosado del helado se había desvanecido hasta casi desaparecer.
Las motas rojas de la fresa eran apenas manchas pardas.
La palabra de debajo era ilegible. El cartel estaba muriendo, igual que todo lo que rodeaba a Jen: lentamente, sin que nadie lo notara.
Pasó los dedos por la pared, debajo del cartel. No buscaba nada. Solo quería sentir algo que no fuera dolor.
Los dedos se engancharon en algo.
Jen apartó el cartel con cuidado. El papel viejo se despegó de la roca con un sonido húmedo, como una venda arrancándose de una herida. Debajo, en la pared de la cueva, había algo grabado.
Dos fechas.
Estaban talladas en la piedra con algo afilado, probablemente un cuchillo o un clavo. La primera fecha estaba borrada: alguien la había raspado con insistencia, hasta dejar solo un surco profundo en la roca donde habían estado las cifras. Ya no se podía leer. Pero la segunda fecha era clara.
Veintiocho.
Dos números. Tallados con más cuidado que la primera fecha, como si quien los había grabado quisiera que permanecieran. Que alguien los encontrara.
Jen pasó los dedos por los números. La piedra estaba fría. El dos era elegante, con una curva pronunciada. El ocho era perfecto, un círculo cerrado sobre sí mismo. No había más: no había palabras, no había símbolos, no había nada que explicara qué significaban.
Veintiocho. ¿Veintiocho qué? ¿Veintiocho años? ¿Veintiocho días? ¿Veintiocho algo que Jen no podía imaginar?
Miró el espacio raspado donde había estado la primera fecha. Alguien la había borrado deliberadamente. Alguien no quería que Jen la viera. Pero la segunda fecha, el veintiocho, alguien la había dejado. Alguien quería que Jen la encontrara.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de su madre sonó detrás de ella como un latigazo. Jen se giró. La sirena estaba de pie en la entrada de la parte interior de la cueva, con el pelo suelto y los ojos brillando en la oscuridad con esa luz tenue que tenían las sirenas cuando estaban asustadas.
Jen no se movió. Señaló los números en la pared.
—¿Qué es esto?
La madre se acercó. Vio los números. Y Jen vio algo que nunca había visto en el rostro de su madre: miedo.
No el miedo contenido y disciplinado que su madre mostraba durante los entrenamientos.
No el miedo que disfrazaba de dureza. Era un miedo desnudo, animal, el miedo de alguien que ve algo que no quería ver.
Se puso pálida. Literalmente pálida: el brillo húmedo de su piel se apagó, como si alguien hubiera soplado una vela dentro de ella.
—No te preocupes por eso —dijo.
Las manos le temblaban. Jen lo vio. Las manos de su madre, que nunca temblaban durante los cantos de control, que nunca temblaban cuando le golpeaba los nudillos con el palo, que nunca temblaban para nada, temblaban ahora, frente a dos números tallados en una pared.
—¿Mamá?
—No te preocupes por eso —repitió la madre.
Esta vez la voz no era suave. Era una orden. Una orden disfrazada de calma, como una espada envuelta en seda.
Arrancó el cartel del helado de las manos de Jen y lo volvió a pegar sobre los números, tapándolos. Presionó el papel contra la roca con ambas manos, como si quisiera que se fusionara con la piedra, como si quisiera que los números desaparecieran de la existencia.
Luego se dio la vuelta y se retiró a la parte interior de la cueva con pasos rápidos, con los hombros tensos, con las manos todavía temblando. No dijo buenas noches. No dijo duérmete. Se fue, como quien huye de algo que no quiere enfrentar.
Jen se quedó frente al cartel, mirando el helado descolorido, sabiendo que debajo había algo que su madre no quería que viera.
Veintiocho.
La palabra le quedó grabada en la mente como un tatuaje invisible.
No sabía qué significaba. No sabía por qué su madre se había puesto pálida al verlo.
No sabía por qué alguien había borrado la primera fecha y había dejado la segunda.
Solo sabía que esos números estaban ahí por una razón y que la razón tenía algo que ver con ella.
Además, estaba convencida de que probablemente no le gustaría descubrir cuál era.
Volvió a su rincón. Se acostó. Cerró los ojos y no durmió.
No obstante, cuando el amanecer filtró la primera luz grisácea por la entrada de la cueva, Jen ya tenía la ropa puesta, el cinturón atado y las botas calzadas.
Se miró las manos una última vez: los nudillos seguían marcados, las uñas seguían rotas, los dedos seguían hinchados.
Pero las manos se sostenían. Las manos funcionaban. Las manos eran suyas.
Y por primera vez en veintiocho años, iban a hacer algo que nadie les había ordenado.
No sabía qué. Todavía no. Pero algo dentro de ella, algo pequeño y terco que había sobrevivido a muchos años de correcciones y a más años de silencio previos, algo que se alimentaba de helados imaginarios y de carteles viejos, ese algo le decía que cruzar la puerta de Drakheim no era el final de su historia.
Era el principio.
Jen salió de la cueva sin mirar atrás. El lago la despidió con su calma habitual, su superficie inmóvil, su reflejo perfecto. Pero esta vez Jen no buscó su reflejo en el agua.
Esta vez, buscó el camino.