CAPÍTULO 1 #2
El palo golpeó sus nudillos. No fuerte. No con ira.
Con precisión. Jen supo dónde iba a caer el golpe antes de sentirlo, porque siempre caía en el mismo sitio: los nudillos de la mano izquierda, donde los tendones están más cerca de la superficie y el dolor se sentía más nítido.
La piel se enrojeció. Un escalofrío le subió por el brazo hasta el hombro.
Jen no hizo un sonido.
—De nuevo —ordenó sin miramientos.
Jen volvió a la postura. Los pies separados. La espalda recta. Las manos extendidas. El padre caminó a su alrededor, observando, midiendo, buscando el defecto que justificara el siguiente golpe. Jen mantuvo la respiración. El lago, a sus espaldas, permaneció inmóvil.
La golpeó tres veces más: una en los nudillos, otra en el antebrazo, otra en la parte trasera de las rodillas, donde las piernas amenazan con ceder.
Jen no cayó. No porque fuera fuerte, no lo era.
Tenía el cuerpo delgado, los músculos tensos, los huesos marcados bajo la piel, sino porque había aprendido, a lo largo de muchos años de correcciones, que caer traía más golpes que quedarse de pie.
—Bien —concluyó finalmente.
Era lo más cerca de un elogio que Jen había escuchado en su vida.
Una sola palabra, dicha con el mismo tono con el que se dice llueve o se ha acabado.
Jen no sintió orgullo. Solo sintió alivio y una punzada de algo que se parecía a la rabia pero que no era lo suficientemente grande para ser rabia.
Era más bien una astilla en el centro del pecho, algo que no puedes sacar porque está demasiado profundo y que aprendes a ignorar porque ignorar es la única habilidad que tu padre te ha enseñado de verdad.
Pasaron las horas. El sol cruzó el cielo sobre el Lago Espejo y el agua cambió de color, del gris de la mañana al plateado del mediodía al dorado pálido de la tarde.
Jen se sentó en la entrada de la cueva, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en las rodillas, mirando el reflejo de las montañas.
Las manos le dolían. Los hombros le dolían.
La espalda le dolía. No obstante, el dolor era un compañero viejo, tan viejo que ya casi formaba parte de ella, como una cicatriz que deja de molestar cuando la piel se acostumbra a su presencia.
Pensó en el helado.
Siempre pensaba en el helado cuando el cuerpo le dolía demasiado y la mente necesitaba anclarse en algo que no fuera sufrimiento.
Cerraba los ojos y veía el cartel: el cono de galleta, el helado rosado, las motas rojas de la fresa.
Imaginaba el frío en la lengua, ese primer contacto entre el helado y el paladar, cuando el cuerpo entero se estremece porque algo es frío y dulce al mismo tiempo.
Imaginaba el sabor: no lo conocía, nunca lo había probado, sin embargo, lo construía con los pedazos de lo que sí conocía.
El dulzor de las bayas silvestres que recogía en primavera.
La textura del hielo que se formaba en los charcos durante el invierno.
La sensación de algo bueno que se derrite antes de que puedas retenerlo.
Eso era el helado para Jen: una fantasía construida con retazos de realidad. Un deseo que no podía cumplirse porque cumplirlo implicaría salir de la cueva, llegar a una ciudad, encontrar un puesto de helados, tener dinero, tener libertad, tener una vida.
Y Jen no tenía nada de eso.
A veces pensaba en quién había pintado el cartel.
No podía ser su madre: su madre no había visto un helado en su vida, al menos no que Jen supiera.
No podía ser su padre: su padre no hacía nada que no fuera estrictamente necesario, un cartel de helado no era necesario.
Alguien más había estado en esa cueva antes que ella.
Alguien que sabía lo que era un helado. Alguien que había decidido, por razones que Jen no podía imaginar, dejar un pedazo de felicidad pegado a la pared de un agujero húmedo junto a un lago que nadie visitaba.
Ese alguien era, para Jen, la única prueba de que el mundo fuera de la cueva contenía algo bueno.
Su padre la llamó al atardecer.
Estaban en la parte más profunda de la cueva, donde el techo era tan bajo que el padre tenía que agacharse para no golpearse.
Unas velas de sebo iluminaban el espacio con una luz temblorosa que proyectaba sombras largas en las paredes.
Su madre estaba de pie junto a la pared del fondo, con los brazos cruzados y la expresión que Jen solo le había visto en momentos importantes: los labios apretados, los ojos fijos, la mandíbula tensa.
Su padre estaba sentado en una roca plana que hacía de asiento, con un mapa desplegado sobre las rodillas, un trozo de pergamino viejo con manchas de humedad y bordes deshilachados.
Jen reconoció el mapa: lo había visto antes, de niña, cuando todavía le permitían mirar cosas sin preguntar qué eran.
Era el mapa de Elyrion. Las montañas de Draevorn estaban dibujadas en el centro como dientes negros.
—Siéntate —dijo el padre.
Jen se sentó en el suelo. El frío de la piedra le caló a través de la túnica.
El padre miró el mapa durante un largo momento sin decir nada. Jen conocía esos silencios: no eran pausas, eran preparativos. Su padre hablaba como quien construye un muro, piedra a piedra, sin prisa, sin adornos, sin espacio para que entre el aire.
—Mañana partes —declaró, finalmente.
Jen sintió que el estómago se le cerraba como un puño.
No de miedo. De algo anterior al miedo, algo que no tenía nombre porque Jen nunca había necesitado ponerle nombre: la sensación de que algo grande se acerca y no puedes esquivarlo.
La sensación de que el suelo que pisas ya no es seguro y que lo que viene después no te ha pedido permiso.
—¿Adónde? —preguntó y su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
—Drakheim.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo.
Drakheim.
La capital de Draevorn. La ciudad más temida del continente.
La ciudad donde vivía Kaeros, el comandante de las sombras, el elfo que llevaba cuatrocientos años gobernando con una frialdad que nadie había visto quebrarse.
Jen había oído hablar de Kaeros en susurros, en las escasas conversaciones que su madre tenía con su padre cuando creían que ella dormía.
Había oído palabras como "monstruo" e "inmortal" y "no se le puede matar".
Nunca había puesto rostro a esas palabras, pero las sentía como un peso en el pecho cada vez que alguien mencionaba Draevorn.
—Tu misión —continuó su padre, con el tono de quien da instrucciones para arar un campo— es infiltrarte en la ciudad.
Observar. Aprender. Buscar a un contacto de la resistencia en una taberna llamada "El Último Trago".
Preguntar por Durnan. Decirle que vienes del lago.
Entenderá. Darle información sobre los movimientos de Kaeros.
Volverás cuando hayas recabado lo suficiente.
Jen tragó saliva. La resistencia. Había oído hablar de ella en susurros, en las pocas veces que su madre había mencionado algo del mundo exterior.
Un grupo que se oponía al Conquistador. Un grupo que quería liberar Elyrion.
Jen siempre había pensado que la resistencia era una idea, no una cosa real, como los dioses o la justicia: algo en lo que la gente cree porque necesita creer en algo.
—No estoy preparada —susurró Jen.
—Nunca lo estarás —respondió su padre. El tono no era cruel. Era factual, como quien dice que el agua moja o que el fuego quema—. Pero la misión no espera a que estés preparada. La misión espera a que estés lista. Y ahora estás lista.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo te lo digo.
Jen cerró la boca. No tenía sentido discutir. Su padre no debatía. Su padre dictaminaba. Era como discutir con la lluvia: puedes quejarte todo lo que quieras, pero vas a mojarte igual.
Su madre habló por primera vez desde que Jen había entrado en la cueva profunda. La voz era suave, como siempre, pero había algo debajo que Jen no supo identificar. ¿Miedo? ¿Culpa? ¿Algo más oscuro que cualquiera de los dos?
—Cuidado con las sombras —instruyó su madre—. Kaeros controla las sombras. Si te ve, si te siente, si detecta el agua en tus venas… no podrás escapar.
—Entonces, ¿para qué voy? —preguntó Jen y la pregunta le salió antes de poder morderse la lengua.
Ambos se miraron. Fue un cruce de miradas breve, apenas un parpadeo, no obstante, Jen lo captó.
Había algo en esa mirada que no era un acuerdo.
Era una despedida. Era algo que habían discutido antes, en voz baja, cuando creían que Jen dormía.
Algo que habían decidido juntos y que ninguno de los dos quería decir en voz alta.
—Porque es tu propósito —declaró su padre.
Jen se levantó. Las piernas le temblaban, no de cansancio sino de algo que se parecía a la rabia pero que no era lo suficientemente grande para ser rabia.
Era más bien una punzada, un pinchazo pequeño y agudo en el centro del pecho, como una astilla que no puedes sacar porque está demasiado profunda.
—Mi propósito —repitió Jen. La palabra le supo a ceniza.
Salió de la cueva sin esperar respuesta.
El lago la recibió con su calma habitual, su superficie inmóvil, su reflejo perfecto.
Jen se arrodilló en el borde y metió las manos en el agua.
El frío le mordió los dedos, pero esta vez no había canto de control, no había orden, no había nadie que le dijera qué hacer con el agua. Solo estaba ella.
Convocó una ola pequeña. Una ola inútil, sin propósito, que se levantó unos centímetros y cayó de nuevo como un suspiro. No servía para nada. No golpeaba rocas, no demostraba poder, no impresionaba a nadie. Era solo agua moviéndose porque Jen quería que se moviera.
Era, pensó Jen con una claridad que le asustó un poco, la primera vez en su vida que hacía algo solo porque quería.