Fuego de los caídos
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CAPÍTULO 1
"La forja de la espada"
En la actualidad, en algún lugar de Elyrion:
Jen se despertó antes del amanecer, como siempre.
No necesitaba que nadie la despertara. El cuerpo lo hacía solo, como un animal amaestrado que ha aprendido a obedecer incluso en sueños.
Los ojos se abrían, los pies tocaban el suelo frío de la cueva y las manos, aún entumecidas, aún doloridas del entrenamiento del día anterior, buscaban la ropa doblada en la esquina.
Todo eso sucedía antes de que la mente estuviera lista. Antes de que Jen fuera realmente Jen.
Tenía veintiocho años. Los había cumplido tres semanas atrás, aunque la palabra "cumplir" implicaba una celebración que nunca había existido.
Nadie le había dicho feliz cumpleaños. Nadie le había dado un regalo.
Su madre había murmurado algo esa noche, una frase en la lengua de las sirenas que Jen no entendió del todo y su padre no había dicho nada, porque su padre nunca decía nada que no fuera una corrección.
Veintiocho largos años viviendo en una cueva junto a un lago que no era su hogar sino su prisión.
Entrenando un poder que no pedía, siendo una herramienta afilada por dos manos que nunca la acariciaron con cariño de verdad o al menos no con la frecuencia que una niña necesita para creer que merece ser querida.
Jen se estiró con cuidado, sintiendo cómo los hombros le crujían como ramas secas bajo el peso de la tensión acumulada.
Se miró las manos: los nudillos todavía tenían las marcas del palo del día anterior, líneas rojizas que cruzaban la piel como surcos de arado.
Las uñas estaban rotas a ras. Los dedos, hinchados en las articulaciones.
Eran las manos de alguien que ha trabajado hasta romperse, pero no de alguien que ha elegido trabajar.
Jen no había elegido nada en su vida.
Se vistió con la misma túnica gris de siempre, esa tela áspera que le llegaba hasta las rodillas y que olía a humedad permanente porque nunca se secaba del todo en la cueva.
Se ató el cinturón de cuerda a la cintura y calzó las botas de cuero desgastado que habían pertenecido a alguien más antes que a ella.
No tenía joyas. No tenía adornos. No tenía nada que fuera solo suyo, excepto el cartel del helado en la pared y eso tampoco era suyo: alguien lo había pintado ahí sin pedirle permiso, igual que todo lo demás en su vida.
Salió de la cueva y el aire de la mañana le golpeó la cara como una bofetada educada: frío, limpio, con ese olor a piedra mojada y a musgo húmedo que era el único perfume que conocía.
El Lago Espejo extendía ante ella su superficie inmóvil y Jen se vio reflejada en el agua: una figura pequeña, delgada hasta la delgadez sospechosa de quien come lo justo para no morir, con el pelo oscuro recogido en un moño apretado que le tiraba de las sienes y los ojos del color del cielo nublado.
No se reconoció. Nunca se reconocía. El reflejo le parecía el de una desconocida, alguien que podría ser cualquiera, alguien que no tenía rasgos que la distinguieran de cualquier otra semihumana de veintiocho años.
Eso era, pensó Jen con esa frialdad consigo misma que había desarrollado como caparazón, lo más triste de todo. No el dolor. No el hambre que nunca se iba del todo. No las noches llorando en silencio para que el padre no viniera a corregirla por hacer ruido. Era esto: verse en el agua y no verse.
Su madre apareció primero.
Emergió del lago como si el agua fuera una extensión de su cuerpo, mojada, con el pelo pegado a la cara y los ojos del color del fondo del mar: claros, transparentes, con algo oscuro escondido en las profundidades que Jen nunca había podido nombrar.
Era una sirena hermosa. Jen lo sabía porque lo había calculado, no porque lo sintiera.
Las proporciones de su madre eran correctas: la mandíbula afilada, los pómulos altos, los hombros estrechos, la piel con ese brillo húmedo que tenían las sirenas cuando salían del agua.
Era una belleza funcional, como la de un cuchillo bien forjado.
—Agua —dijo su madre con esa voz que siempre conseguía helarle la sangre.
Era toda la instrucción que necesitaba. Ni más ni menos. Como quien dice "pásame la sal" o "llueve". Un solo empaquetado para sílabas que contenía horas de trabajo y montañas de dolor.
Jen se acercó al borde del lago, se arrodilló en las rocas mojadas y metió las manos en el agua. El frío le mordió los dedos, pero eso no importaba. Lo que importaba era lo que venía después.
Su madre empezó a cantar.
Era el canto de control. Una melodía que sonaba como sirena, con esas notas largas y vibrantes que hacían que el aire temblara, pero que se sentía como una cadena.
Jen conocía cada nota, cada pausa, cada subida y bajada de tono.
La había escuchado todos los días de su vida.
La conocía mejor que la voz de su propia madre cuando hablaba, porque su madre casi nunca hablaba. Cantaba.
El canto hacía algo con el agua. No era magia, al menos no como Jen entendía la magia.
Era más bien una orden, una frecuencia que el agua obedecía igual que un perro obedece al silbido de su amo.
Cuando la madre cantaba, el agua se movía y cuando eso pasaba, algo dentro de Jen también resonaba, aunque no quisiera.
Las manos empezaron a temblar. El agua subió por sus brazos como una corriente inversa, trepando por la piel, colándose por los poros, llenándole las venas de un peso que no era suyo.
Jen apretó los dientes. El dolor era conocido: un ardor en los antebrazos, como si le estuvieran inyectando plomo derretido.
Era el dolor del poder que no le pertenecía, del agua que el canto de su madre forzaba a circular por un cuerpo que no estaba diseñado para tanta presión.
—Más —ordenó sin emociones.
Jen obedeció. Convocó una ola pequeña, un levantamiento de la superficie del lago que levantó espuma y cayó de nuevo como un suspiro acuático. No era suficiente. Nunca era suficiente.
—Más.
La ola creció. Golpeó las rocas con un ruido húmedo que resonó en las paredes de la cueva.
Jen sintió que los dedos le sangraban por dentro, que los vasos pequeños de las manos se rompían bajo la presión del agua que no era agua sino poder, el poder de su madre filtrado a través de su cuerpo como un veneno que cura y mata al mismo tiempo.
Tres horas. Tres horas de oleadas, de olas que golpeaban las rocas con la fuerza de un puño, de agua que subía y caía según el capricho de una melodía que Jen odiaba con cada fibra de su ser.
Cuando su madre dejó de cantar, Jen cayó al suelo de bruces, con las manos extendidas hacia el lago, con los dedos sangrando y los brazos temblando como cuerdas de un instrumento que alguien ha tensado demasiado.
Se quedó ahí, con la cara contra la tierra húmeda, respirando el olor a musgo y a sangre seca.
El lago volvió a su calma. El reflejo volvió a ser perfecto.
Como si nada hubiera pasado.
Su padre apareció al mediodía.
Era un elfo. Jen lo sabía porque se lo habían dicho, no porque lo pareciera.
Los elfos, según lo que Jen había leído en los pocos libros que su madre le había dejado, eran seres de gracia y longevidad, con movimientos fluidos y ojos que guardaban la sabiduría de los siglos.
Su padre no se parecía a eso. Su padre era alto, sí.
Delgado, sí, tenía las orejas ligeramente puntiagudas que marcaban su linaje.
Pero sus ojos no guardaban sabiduría. Guardaban algo más parecido al agotamiento, o a la resignación, o a esa forma particular de vacío que tienen las personas que han dejado de esperar algo de la vida.
Tenía las manos grandes. Jen lo había notado desde niña, cuando esas manos la levantaban del suelo después de una caída, no con suavidad sino con eficiencia, como quien recoge una herramienta del suelo.
Las manos grandes sostenían el palo. Un trozo de madera desnudo, liso por el uso, con marcas oscuras que podrían ser sudor o podrían ser algo peor.
El padre la miró como un carpintero examina una tabla antes de tallarla. Sin aprobación, sin orgullo, solo con el cálculo de qué falta, qué sobra, qué hay que cortar.
—Los pies —concluyó.
Jen separó los pies hasta la anchura de sus hombros.
—La espalda.
Jen enderezó la espalda.
—Las manos.
Jen extendió las manos, palmas arriba, como le habían enseñado.
El padre recorrió su postura con la mirada, buscando el defecto y Jen conocía esa mirada tan bien que ya no le dolía.
Bueno, le dolía, aunque de una manera sorda y familiar, como un dolor de muelas que llevas meses arrastrando y que has aprendido a ignorar porque ir al dentista duele más.
—Tu equilibrio ha empeorado —explicó con dureza. El tono era neutro, como quien constata que ha llovido—. La ola del tercer intento te desplazó dos palmos hacia la izquierda. Si hubieras estado en combate, estarías muerta.
—Estaba cansada —murmuró Jen con cierto recelo.
Fue un error. Lo supo en el instante en que la palabra salió de su boca, como quien pisa una baldosa suelta sabiendo que debajo hay agua sucia. El padre no aceptaba excusas. Las excusas eran grietas y las grietas se corrigen con repetición.
—Cansada —repitió el padre, como si probara la palabra y la encontrara desabrida—. Cuando estés en combate, ¿le dirás a tu enemigo que estás cansada? ¿Esperarás a que descanse?
Jen no respondió. No tenía sentido responder.
El padre no hacía preguntas; hacía trampas.
Cualquier respuesta era incorrecta, porque la respuesta correcta no existía.
Lo que el padre quería no era una respuesta.
Quería silencio. Quería obediencia. Quería que Jen tragara las palabras y las convirtiera en algo útil: disciplina, concentración, dolor que no se queja.