CAPÍTULO 12 #3
—No me crees —dijo—. No te creo. No porque mientas mal, que mientes muy mal, sino porque tus ojos dicen otra cosa.
Tus ojos dicen que no quieres matarme. Tus ojos dicen que quieres algo que no sabes nombrar.
Y yo llevo cuatrocientos años leyendo ojos, Jen.
Sé cuándo alguien quiere matarme. Y tú no quieres.
Jen sintió que el corazón se le detenía.
—¿Entonces qué quieres? —preguntó Kaeros, con una voz que sonaba como si le hubieran pasado papel de lija por dentro.
Jen no respondió. No podía. Las palabras se le atascaron en la garganta como huesos de fruta en un desagüe.
Kaeros no la presionó. Se quedó mirando al lago durante un momento largo, con los pies en el agua y las manos apoyadas en los muslos, sin sombras alrededor, sin poder, sin la armadura de cuatro siglos de soledad.
—Mi nombre —dijo de repente, con una voz que ya no tenía nada de comandante—. Kaeros. No es mi nombre.
Jen lo miró.
—¿No?
—No. Es el nombre que me puso el Conquistador. El día que acepté la inmortalidad. Me dijo: "Te llamas Kaeros. El que olvida. Porque olvidarás todo." Y olvidé. Olvidé mi nombre. Olvidé mi cara. Olvidé todo lo que era antes de ser esto.
Jen sintió que el corazón se le encogía.
—¿Y tu nombre real? —preguntó, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía.
—No lo sé —respondió Kaeros—. Quiero decir… Sí lo recuerdo, pero me obligo a olvidarlo. Pero no está. El Conquistador me lo borró. Y sin nombre, no hay persona. Solo hay un monstruo con un título.
Jen sintió que las lágrimas le caían por las mejillas. No las limpió. Dejó que cayeran.
—Pero yo sé que existió —continuó Kaeros, con una voz más baja que nunca—.
Sé que hubo un hombre antes de que yo fuera Kaeros.
Un hombre que vivía en un bosque y que amaba a alguien.
Un hombre que tenía un nombre que olía a hojas mojadas y a luz del sol.
Ese hombre ya no existe. Pero a veces, cuando estoy aquí, en este lago, sin sombras, sin poder, sin nada que me recuerde lo que soy, casi lo recuerdo. Casi escucho su nombre. Casi lo digo.
Jen no dijo nada. Se quedó mirando a Kaeros, sintiendo que las palabras le llegaban como piedras cayendo en un pozo: una a una, lentas, pesadas, con un sonido que retumbaba en la distancia.
*Kaeros no es su nombre*, pensó. *No es su nombre. Es una cadena. Como el canto de control de mi madre. Como la marca en mi pecho. Como todo lo que nos han puesto encima sin pedirnos permiso.*
—Kaeros —dijo Jen, y la palabra le supo a algo que no sabía nombrar.
—¿Qué?
—Yo tampoco sé quién soy. No sé si soy Jen. No sé si soy el arma que mis padres crearon. No sé si soy la pieza del Conquistador. No sé nada. Solo sé que estoy aquí, sentada junto a un lago, con un hombre que no es un monstruo, aunque todo el mundo diga que lo es.
Kaeros la miró. Y por primera vez, los ojos grises no estaban fríos.
—Entonces estamos iguales —respondió—. Dos personas que no saben quiénes son, sentadas junto a un lago que tampoco tiene nombre.
—Yo le pondría uno —dijo Jen.
—¿Qué nombre?
Jen miró el lago. Las aguas estaban quietas, cristalinas, reflejando las montañas con una fidelidad que resultaba casi obscena.
El viento soplaba entre los pinos, trayendo el olor a resina y a tierra húmeda.
Y en algún lugar, muy lejos, un pájaro cantaba una canción que sonaba a algo que Jen no sabía nombrar pero que le produjo una opresión en el pecho que era mitad dolor y mitad ternura.
—El lago de los susurros —dijo Jen.
—¿Por qué?
—Porque aquí los dos hemos susurrado verdades que no habíamos dicho nunca. Y las verdades susurradas son las que más se oyen.
Kaeros la miró un momento largo. Luego, por primera vez desde que Jen lo conocía, sonrió.
No fue una sonrisa grande ni alegre. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, como la primera grieta en una pared que lleva siglos sin reparar.
Pero estaba ahí. Y Jen la vió. Y la guardó en algún lugar profundo de su memoria, junto al cartel del helado y al sabor del vino de la cena y al recuerdo de Kaeros cortándole la carne en silencio.
—El lago de los susurros —repitió Kaeros, probando las palabras—. Me gusta.
—A mí también —respondió Jen.
Se quedaron en silencio durante un rato más, sentados en la orilla del lago que ahora tenía nombre, con los pies en el agua y el sol de la mañana calentándoles la cara.
No hablaron. No hacía falta. El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era compartido. Era un espacio donde las verdades susurradas podían existir sin ser juzgadas.
Y en algún lugar profundo de la memoria de Kaeros, en ese rincón que el Conquistador no pudo borrar porque estaba demasiado hondo, un nombre antiguo resonó como un eco lejano.
Un nombre que olía a hojas mojadas y a luz del sol.
Un nombre que sonaba a algo que Kaeros había olvidado hacía mucho tiempo.
*Thalion.*
No lo dijo en voz alta. No podía. Todavía no. Pero lo sintió. Por primera vez en cuatrocientos años, lo sintió como suyo de nuevo.
Y eso, pensó Kaeros mientras el lago de los susurros brillaba bajo el sol de la mañana, era suficiente.