Fuego de Dragón (Caballeros Dragón 13) 16 #2
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Hrardorr estaba contento por lo bien que había ido el entrenamiento de los dragones marinos esa tarde.

Había pasado gran parte del tiempo bajo el agua, donde podía «ver» lo que estaba ocurriendo, y estaba impresionado por la forma en que los dragones marinos asimilaban las nuevas habilidades.

Aprendían rápido, lo que haría que este ejercicio funcionara mucho mejor de lo que había pensado en un principio.

También se dio cuenta de que ellos podían enseñarle un par de cosas sobre natación. Eran mucho más ágiles que él, y Hrardorr tenía la intención de trabajar en sus habilidades ahora que había descubierto lo que un dragón podía hacer realmente bajo el agua.

La parte de vuelo del programa tendría que dejársela al joven Xanderanth.

Los dragones marinos podían volar, pero no lo hacían mucho.

Brincos a baja altitud alrededor de la isla y algún que otro salto desde la superficie del agua era más o menos todo lo que admitían hacer.

Eso tendría que cambiar. Hrardorr pensaba que era un crimen que no utilizaran todas sus capacidades natas.

Dragones que no volaban mucho eran algo que le resultaba anatema, aunque intentó que no se notara.

Estaban haciendo un esfuerzo, y él se alegraba de ello.

Los grifos, también, ayudarían con la parte de vuelo del entrenamiento previsto.

Los grifos habían estado realizando patrullas organizadas alrededor de Isla Grifo durante siglos.

Ellos enseñarían a los dragones marinos algunas de las habilidades que los grifos habían perfeccionado, utilizando la guía de Xanderanth sobre cualquier adaptación necesaria para alas con escamas en lugar de alas con plumas.

En general, Hrardorr estaba muy satisfecho con los resultados del trabajo del primer día.

Regresó al torreón contento con el progreso que habían hecho.

Los dragones marinos ya estaban empezando a patrullar las aguas de una manera más organizada, y mañana aprenderían más sobre patrones de patrulla de manos de los grifos.

Intentó no preocuparse por el hecho de que el joven Xanderanth hubiera decidido quedarse en la playa con la hembra de dragón marino herida una noche más.

Era cierto que ella necesitaba protección mientras estaba herida, y probablemente era un bonito gesto por su parte querer hacerle compañía, pero Hrardorr no pudo evitar notar la atracción que había entre ellos... y entre sus contrapartes de dos patas.

Lizbet y Leo daban tantas señales de estar prendados el uno del otro como Shara y Xander. Resultaba poético en cierto modo, pero definitivamente distinto a lo que los dragones terrestres habían aceptado como norma hacía ya mucho tiempo.

Hrardorr se preguntó cómo saldría todo mientras ocupaba su lugar ante la gran chimenea del gran salón.

Los sirvientes féricos le habían dejado un cestillo de melones dulces para picar, así como un cubo de agua fresca y cristalina.

Eran buenos con él, y él hacía todo lo posible por mostrar su agradecimiento.

No era tan cómodo como su revolcadero de arena en la Guarida, pero definitivamente era un lugar acogedor para dormir, calentado por el fuego a un lado, con una alfombra suave debajo y aperitivos a su alcance. Se quedó traspuesto, satisfecho.

Después de la cena en el torreón, a la que el mago no asistió, Seth fue convocado a la torre de Gryffid.

Al parecer, el mago quería interrogar a Seth sobre la vida y la política en la Guarida del Sur.

Seth había parecido reacio a traicionar nada que pudiera perjudicar a la Guarida a ojos del mago, pero Livia sabía que le diría la verdad a Gryffid cuando se la pidiera.

Se despidió de él en el gran salón, prometiéndole en silencio que se encontrarían de nuevo en su dormitorio una vez que el mago hubiera terminado con Seth.

Con Hrardorr durmiendo junto al fuego y los pocos grifos que conocía ocupados en lo que fuera que hicieran los grifos, Livia se quedó con algo de tiempo libre.

Sabiendo que probablemente nunca volvería a tener una oportunidad así, fue a explorar el enorme torreón, disfrutando de la piedra tallada y deleitándose con cada nueva sorpresa a medida que la descubría.

Una sala estaba dedicada enteramente a instrumentos de cuerda.

Tenía puertas herméticamente cerradas y un barómetro de agua en su interior, junto con braseros colocados estratégicamente para mantener la temperatura y la humedad en su punto justo.

Livia se cruzó con un anciano férico arrugado en esa sala, que estaba comprobando las lecturas y encendiendo solo uno de cada dos braseros.

Él le explicó el funcionamiento de la sala y lo sensibles que eran algunos de los instrumentos a los cambios ambientales.

Esa sala, según le dijo, albergaba algunos de los mejores instrumentos de cuerda jamás fabricados.

Cada uno era un tesoro, y Gryffid los mantenía a salvo y disponibles para que los maestros bardos los tocaran cuando quisieran.

También estaban allí para que los artesanos los estudiaran e intentaran replicar las habilidades de los grandes maestros de antaño.

Era un regalo, le había dicho el anciano, manipular y tocar instrumentos de tan fina factura, y un honor para él ser uno de los que los cuidaban, asegurándose de que perduraran en perfecta afinación para las próximas generaciones.

Pasó una buena media hora con el amable anciano, y este le sugirió más salas para explorar. Había salas similares dedicadas a instrumentos de viento madera y otra para trompas de metal. Otra para tambores. Y cada instrumento guardado en estas salas especiales, le aseguró, era el mejor de su clase.

Livia pasó una hora o más yendo de sala en sala en la sección musical de la gran mansión. Estaba encantada con todo lo que veía, pero especialmente cuando dio por casualidad con una sala dedicada a cristales y gemas, talladas y sin tallar. Las paredes centelleaban con ejemplares en vitrinas.

El hecho de que el mago pudiera dejar cosas tan valiosas ahí, a la vista de todos para ser contempladas y tocadas, decía mucho de la confianza que tenía en su gente.

Una vez más, pensó en la posibilidad de que alguien pudiera haber traicionado su confianza, y la sensación no le cuadraba.

¿Por qué iba alguien a volverse un traidor contra un hombre que, por todo lo que ella había visto, realmente cuidaba de su gente y confiaba en ella?

Había hablado con muchos de los féricos durante sus días allí y, según todos los testimonios, no había pobreza en esta isla.

Nadie carecía de las necesidades básicas de la vida.

Si a alguien de su familia le ocurría algo malo, la comunidad se unía para ayudar, como ocurría en las mejores ciudades humanas de Draconia y de otras partes del mundo.

Al pueblo férico incluso se le permitía entrar y salir de la isla como desearan, aunque hasta hacía poco habían tenido que ocultar sus orígenes.

Cuando Gryffid revirtió el hechizo que había ocultado la isla durante tanto tiempo, el mundo volvió a ser consciente de su existencia y la necesidad de secreto disminuyó.

Sin embargo, hasta ahora, no se había permitido atracar a ningún barco humano, y muy pocos humanos habían sido bienvenidos a tierra.

No había comercio entre la isla y el continente, pero Livia esperaba cambiar todo eso.

Una vez que las cosas se calmaran, sacaría el tema de abrir una línea comercial entre Isla Grifo y Dragonscove, utilizando la compañía naviera de su padre.

Ahora no era el momento de preguntar por ello, por supuesto, pero cuando llegara el momento adecuado, propondría la idea.

Había estado planeando cómo funcionaría todo en sus minutos libres, aunque estos eran bien escasos.

Estas horas robadas recorriendo la magnífica casa eran algo inusual en su vida últimamente, y Livia las disfrutó al máximo.

Fue de habitación en habitación, avanzando hacia un extremo del enorme torreón.

Serpenteó más o menos en una línea con dirección al este, partiendo del gran salón central y recorriendo la mitad oriental de la casa.

Su habitación de invitados estaba en el lado occidental y un piso más arriba, así que tendría que volver al gran salón y a las muchas escaleras que conducían a otras partes de la estructura.