Fuego de Dragón (Caballeros Dragón 13) 13 #3
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—Para atravesar mis protecciones, ha tenido que haber magia de por medio.

Ningún vulgar ladrón habría sido capaz de liberarlo de las ataduras que había puesto en toda mi biblioteca —confirmó Gryffid, frunciendo el ceño—.

He realizado un registro minucioso y solo se han llevado ese libro.

Quienquiera que fuera sabía exactamente lo que buscaba.

El hechizo más dañino de ese libro es el que liberaría a los prisioneros de la Ciudadela, por lo que nunca debe llegar tan al norte.

El libro, y su magia inherente, deben estar allí para que el hechizo funcione, lo cual es un punto a nuestro favor.

—Gryffid hizo una pausa—. Los avisos deben salir hoy mismo.

El libro tardará algún tiempo en llegar al norte, pero ellos deben prepararse.

No me cabe duda de que este Fisk tiene aliados en los que no hemos reparado.

De hecho, me atrevería a decir que todo el ataque tenía como objetivo distraernos lo suficiente para perpetrar este crimen atroz.

Incluso los ataques a lo largo de la costa y el intento de tomar Dragonscove fueron probablemente solo una finta para desviar nuestra atención de su verdadero objetivo.

—¿Cree que el libro era el objetivo de toda esta maniobra?

—preguntó O’Dare con el ceño fruncido por la preocupación—.

Tristemente, no me sorprendería de Fisk.

No le importan las vidas de sus hombres.

Los mandaría a todos a la muerte con tal de lograr sus metas.

Es un hombre terrible. —O’Dare arrojó su servilleta arrugada sobre la mesa—.

Iré tras él y recuperaré su libro. Se lo juro.

Y acabaré con Fisk de una vez por todas.

Dicho en ese tono de voz, Seth creyó de verdad que el capitán lo haría… o moriría en el intento. Seth vio la preocupación en el rostro de Livia, pero sabía —como todos— que, de los guerreros allí reunidos, solo O’Dare tenía los medios para seguir a los piratas en fuga con eficacia.

—Le agradezco su disposición para asumir esta grave tarea, capitán. Si hay sitio en sus naves, solo le pediría que se lleve con usted a algunos de mis guerreros fey. Tienen cierta inmunidad a la magia que los humanos no poseen y podrían resultar útiles también de otras formas.

—Acepto de buen grado su oferta, siempre y cuando sus guerreros entiendan que, en el mar, el capitán manda sobre cada alma de su barco.

Espero que obedezcan sin rechistar las órdenes de mis oficiales y las mías propias.

—La expresión de O’Dare era en parte desafío y en parte fortaleza.

Si Seth no estuviera tan enfadado con el hombre por mantener alejada a Livia, sin duda lo admiraría.

Gryffid miró a los oficiales fey que se habían agrupado al oír las noticias. Parecían sombríos, pero asintieron con presteza.

—Usted es el señor de su barco, capitán, eso se entiende perfectamente.

Muchos de los míos han navegado antes. Dejaré en manos de los capitanes de mi guardia, Lillith y Gerrow…

—señaló a la pareja que estaba en el pasillo y que había entrado tras Gryffid—, …

el decidir quién irá, y estarán en la playa en menos de una hora.

Antes si es posible. —Los dos oficiales se marcharon, y algunos de los otros elfos que estaban en la habitación se fueron tras ellos con rápidas reverencias.

—Los esperaré en la playa —dijo el capitán O’Dare, con aspecto de estar ya trazando planes—. Debo avisar a mis barcos de que zarpamos en una hora.

—Vaya pues, capitán, con mis cumplidos —dijo Gryffid acercándose al capitán de mar—.

Y llévese esto también. —Gryffid le entregó una bolsa que O’Dare tomó con dudas—.

Son gemas talladas y monedas de oro —le dijo Gryffid a O’Dare—.

Por si necesita sobornar a alguien por el camino o reabastecerse en algún lugar.

Poco más puedo decirle, salvo que reconocerá el libro en cuanto lo vea. Que la Diosa le acompañe.

O’Dare hizo una reverencia formal al mago y le dio las gracias antes de marcharse. Livia lo siguió fuera con el rostro lleno de preocupación.

Livia siguió a su padre hasta su habitación, ayudándole a preparar el equipaje.

—Ten cuidado, padre, ¿me lo prometes? Si ese Fisk está usando magia… —Livia estaba haciendo su petate, incapaz de mirarlo mientras su mente trabajaba a toda prisa.

Su padre se detuvo frente a ella, le puso las manos en los hombros y la obligó a sostenerle la mirada.

—Haré lo que deba hacerse, cielo. Ni más ni menos. Pero haré todo lo que esté en mi mano para tener éxito y volver a tu lado. Tenemos muchos años que recuperar, hija. —Se inclinó y le besó la frente, estrechándola contra él en un rápido abrazo.

La soltó con aparente renuencia y volvió a mirarla.

—Ahora, quiero que te quedes aquí, si Gryffid lo permite. Creo que es el lugar más seguro ahora mismo.

—¿Pero qué pasará con los negocios? —preguntó Livia.

—Stuart puede encargarse de todo por ahora —dijo O’Dare con desdén—. Quiero que estés a salvo.

—Si puedo volver a Dragonscove con seguridad, lo haré, y seguiré como hasta ahora, dirigiendo el negocio.

Hay ese asuntillo del nuevo cargamento de hojas de diamante por cortar.

Voy a hacer que preparen más botiquines de curación para dragones y los enviaré al palacio. Si llegamos a la guerra, harán falta.

O’Dare suspiró.

—Está bien. Pero solo si es seguro regresar. Podrías quedarte aquí unos días y aprender todo lo que puedas de la gente de Gryffid. No vendrá mal tener contactos sólidos aquí, ahora que la isla está abierta de nuevo a los negocios.

Livia sonrió ante aquello.

—Exactamente lo que yo pensaba. Me alegra ver que sigues pensando como un comerciante. Por un momento pensé que te habías convertido en pirata, por la forma en que te lanzaste a la batalla ayer.

Los ojos de su padre se entornaron, y ella no comprendió a qué se debía aquella mirada esquiva, pero él volvió a abrazarla y ella no le dio más vueltas.

Estaba aprendiendo, pensó Livia. Quizá… solo quizá…

estaba empezando a entender que ella era una adulta y capaz de ayudar, de dirigir el negocio y de tomar decisiones en su ausencia.

—No te preocupes por nada de lo que ocurra aquí.

Mantendré el flujo de fondos hacia nuestra flota según sea necesario y conseguiré el mejor trato posible por el nuevo suministro de diamantes.

Creo que se nos debe al menos una parte de ellos por tus acciones de ayer…

y por tu disposición a aceptar esta nueva misión.

—Casi compadezco a los elfos con los que vayas a negociar —dijo él sacudiendo la cabeza con una sonrisa—. ¿Cuándo te has hecho mayor, Livia? ¿Y cómo es que no me he dado cuenta?

Su tono se había vuelto nostálgico y su mirada sobre ella era inquieta, aun a pesar de su sonrisa. Ella sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos.

—Estabas de luto, padre —dijo ella con voz queda—.

Al igual que yo. —Tragó saliva, intentando desprenderse de parte de su amargura—.

Ojalá te hubieras apoyado en mí. Fue muy solitario estar en casa sin ti, pero aprendí a depender de mí misma.

Al final, eso me hizo más fuerte, pero siempre eché de menos tu presencia.

—Pensó detenidamente en lo que quería decir.

Tal vez nunca tuviera otra oportunidad de aclarar las cosas con él de esta manera.

Tenía que decirle un par de cosas mientras pudiera —.

Ya soy mayor, padre. Te sigo necesitando, pero no como un niño necesita a alguien que lo discipline.

Te necesito como amigo. Como mentor. Alguien que me guarde las espaldas pero que no intente decirme lo que tengo que hacer.

—Te he fallado tantas veces, mi Livia. —Su mirada parecía brillante, pero no dejó que cayera ninguna lágrima—. Solo puedo rogarte que me perdones y decirte que voy a intentar hacerlo bien cuando regrese. Quiero ser todo eso para ti. Y especialmente quiero ser tu amigo.

Ella lo abrazó, rodeándole la cintura con los brazos y apretando con fuerza. Se sentía muy bien estar en sus brazos protectores. Había echado de menos esto, habiendo crecido sin él en casa.

—Te quiero, papá —susurró ella.

—Te quiero yo también, cielo.