13 #2
Lizbet estaba conmocionada, pero también complacida por sus palabras.
La idea de unirse a un humano —aunque fuera un caballero de dragón— era aterradora.
Abandonar su tierra natal era un pensamiento aún más espantoso.
Nunca había estado en las tierras donde gobernaban los humanos.
Nunca había querido dejar la Isla de los Grifos. Pero si se unía a Leo…
El querido, dulce e irresistible Leo…
¿Cómo podría hacerlo?
¿Cómo podría no hacerlo?
El conflicto dentro de su corazón la hacía sentirse mareada. No sabía qué pensar. Qué hacer. No estaba segura de nada en ese momento, solo de que sentía algo cuando estaba con Leo que nunca había experimentado antes. Algo que le decía que esto era trascendental. Él era trascendental.
—Debéis contemplar muchas cosas, jóvenes. Y debéis ser pacientes mientras se toman decisiones en vuestro nombre en lugares lejanos. —Gryffid adoptó ese tono místico que usaba al impartir información sobre el futuro.
Lizbet se animó. Gryffid sabía más, pero no lo estaba contando aún.
Tendría que reflexionar profundamente sobre sus palabras y buscar cada posible matiz de significado, pues cuando el mago decidía guardarse sus secretos, lo hacía con tal firmeza que ni siquiera una manada de grifos enfurecidos podría hacerlo ceder.
*
Más tarde esa mañana, Seth regresó a la fortaleza del mago mientras aún se servía el desayuno en el gran salón.
Había dejado a Leo y Xanderanth con Lizbet y Shara.
Hrardorr había permitido que Seth lo guiara para aterrizar en el enorme patio de la fortaleza porque quería conocer al mago, de ser posible.
Al preguntarle por qué, Hrardorr solo respondió que era una oportunidad única en la vida para conversar con alguien que había caminado entre los antiguos dragones y diseñado a los grifos.
El tono respetuoso que Hrardorr empleaba al hablar del mago sorprendió a Seth, pero también lo complació.
Parecía que todavía quedaban algunas cosas en el mundo que podían despertar el interés del dragón ciego.
Seth se lo tomó como una buena señal. Para él, significaba que la actitud de Hrardorr hacia el mundo —aunque todavía sombría a ratos— estaba mejorando.
Cada éxito se apoyaba en el siguiente, y Seth esperaba que, en algún punto, Hrardorr llegara a aceptar su ceguera y siguiera adelante con su vida.
Todavía había tanto que podía hacer —tanto que había hecho desde que llegó a la Guarida costera—.
Pero él solo veía su discapacidad, en lugar de los increíbles dones que aún podía ofrecer al mundo y a todos los seres que deseaban darle algo a cambio.
La amistad, el amor, la risa y los momentos felices estaban a su alcance, si estaba dispuesto a aceptarlos.
Eso era algo que Hrardorr tendría que descubrir por sí mismo y aceptar…
o no… con el paso del tiempo. Seth estaba impresionado con lo mucho que Hrardorr había avanzado en tan poco tiempo, pero aún le quedaba camino por recorrer, y Seth juró estar allí para su amigo en cada paso de ese viaje, si Hrardorr se lo permitía.
E incluso si no lo hacía. Seth también era testarudo, y estaría allí con el permiso del dragón o sin él.
Inmerso en esos pensamientos algo militantes, Seth se unió a los demás en el gran salón, guiando a Hrardorr con instrucciones silenciosas.
El salón se había construido lo suficientemente grande para dar cabida a grifos, por lo que incluso un dragón del tamaño de Hrardorr cabía fácilmente.
Seth lo dirigió hacia un área que parecía hecha a medida para gente grande de cuatro patas, cerca de una de las enormes chimeneas.
Hrardorr se acomodó y bajó la cabeza hacia uno de los cojines que parecían estar colocados allí precisamente para tal fin. Una vez que Seth se aseguró de que Hrardorr estaba instalado, saludó a todos, cogió algo de desayunar de la mesa del bufé y se sentó a la mesa con los demás.
Livia estaba allí, al igual que Gowan, pero también el capitán O’Dare, sentado entre ambos, lo que hacía imposible cualquier conversación íntima con Livia.
Seth la saludó con un gesto de cabeza, enviándole un pequeño guiño cuando su padre no miraba, pero cualquier otra familiaridad quedaba estrictamente limitada por la presencia ceñuda del capitán.
Seth decidió sentarse cerca de Gowan, que casualmente estaba en una silla muy próxima al lugar donde Hrardorr se había acomodado. El asiento libre a su lado situaría a Seth justo al lado del dragón, lo cual parecía un buen lugar para estar cuando el padre de Livia le lanzaba miradas asesinas.
Varios miembros del pueblo feérico se habían unido a ellos esa mañana.
Seth reconoció a algunos de la tienda de mando de cuando estuvo allí el día anterior.
Gowan le presentó a varios de los oficiales elfos de los que se había hecho amigo, y conversaron durante toda la comida, que de otro modo habría sido silenciosa.
Silenciosa, al menos, hasta que Gryffid irrumpió en la sala con sus túnicas ondeando a su paso y un bastón de poder en la mano, que ardía con el calor de una magia colérica.
Los elfos se pusieron en pie de un salto con la alarma reflejada en sus rostros pálidos.
Al sentir el rápido cambio de humor, Gowan y Seth también se levantaron, al igual que el capitán O’Dare.
—Alguien ha logrado burlar todas mis protecciones durante la batalla —dijo Gryffid sin preámbulos, mirando a los guerreros allí reunidos—. ¡Se han llevado algo que podría arruinarnos a todos!
—Fisk —juró el capitán O’Dare, arrugando la servilleta con una mano y con el rostro convertido en una máscara de ira—. Sabía que había huido con demasiada facilidad. —O’Dare buscó la atención del mago—. ¿Qué ha robado?
—Un libro. Un libro muy valioso que contiene, entre otras cosas, el hechizo que podría liberar a mis descarriados hermanos de su prisión de hielo en la Ciudadela.
En ese momento, Seth se dio cuenta de que Hrardorr se había puesto en pie y que su cuerpo temblaba alarmado.
— Eso no puede permitirse —dijo Hrardorr, con una voz que resonó con fuerza en la mente de todos. El mago lo miró, como si reparase en él por primera vez.
—Tiene mucha razón, sir Hrardorr —asintió Gryffid—. Alguien debe ir tras él. Y alguien debe informar al rey Roland de Draconia.
Gowan dio un paso al frente de inmediato.
—Genlitha y yo buscaremos al rey, si nos confía la misión.
—Lo haré, y de buen grado, sir Gowan. ¿Ha informado su amiga dragón de algo sobre los barcos que partieron de aquí ayer?
—preguntó Gryffid entrecerrando los ojos.
Genlitha había estado en guardia permanente todo el día de ayer y había intentado seguir a los barcos que habían logrado escapar de la batalla.
—Fue extraño, señor. Pudo seguirlos a bastante distancia de su isla, pero en un momento dado apareció un banco de nubes y los perdió de vista.
Cuando aclaró de nuevo, no se veía ni rastro de ellos.
Debería haber podido localizarlos con facilidad.
Las nubes son un obstáculo con el que nos topamos constantemente.
Pero simplemente desaparecieron. Decidió regresar porque estaba anocheciendo, y su camuflaje natural funciona mejor durante las horas del día.
—Una decisión prudente. No puedo reprocharle nada por ello.
Por favor, exprésele mi gratitud por haberlo intentado.
Me temo que el libro puede estar otorgándoles acceso a ciertas magias que no se han visto en este mundo desde hace siglos.
Ocultar una flota de barcos sería un truco sencillo con ese libro en su poder.
Por eso alguien debe seguir su estela. —Gryffid se giró para mirar directamente al capitán O’Dare—.
Pueden evitar ser vistos desde arriba pero, como sabe, capitán, los barcos dejan un rastro a su paso.
Si logra acercarse lo suficiente a su estela, podrá verlos, sin importar la magia que tengan en su poder.
—Señor, habla del libro como si fuera algo más que una simple lista de hechizos. ¿Es mágico en sí mismo? —preguntó Livia en voz baja, al lado de su padre. Parecía preocupada y Seth anhelaba consolarla, pero no era el momento.
—Sí, querida. Un libro como el que me robaron ayer de la biblioteca es mágico por derecho propio.
Ha perdurado durante muchos siglos, y cada ser que lo ha manejado en todos estos años —especialmente durante las eras en las que la magia era más abundante en este mundo que en la actualidad— ha dejado rastros de su magia personal en sus páginas.
Con un libro así, una persona ni siquiera tendría que ser un mago muy poderoso para hacer funcionar muchos de los hechizos.
El libro en sí es un objeto peligroso, por eso se guardaba bajo llave —y con muchas protecciones mágicas— en mi biblioteca privada.
—Hace mucho que se dice que Fisk andaba metido en las artes oscuras —gruñó O’Dare.